La eterna resurrección de Cotapa

Con 55 años de historia, Cotapa se reinventa como una cooperativa de trabajadores. Luego de su momento de mayor éxito, como cooperativa de tamberos, se dio paso a una etapa en la que el Estado tuvo mayor participación accionaria, luego fue una empresa privada y ahora transita un presente donde el destino está en manos de quienes trabajan. Hoy intentan recuperar terreno y volver a imponerse.

Por: EXEQUIEL FLESLER

Fotografía: Raúl Perriere

“Autorizar la continuación de la explotación de la fallida a cargo de la Cooperativa de Trabajo Cotapa Limitada por el plazo de dos años a partir del dictado de la presente, sujeto a caducidad según el avance de la liquidación falencial. La explotación se desarrollará por parte de la cooperativa de trabajo mencionada –a su exclusivo cargo– bajo la vigilancia de la Sindicatura”. Así comienza la resolución que firmó el juez Ángel Luis Moia el 30 de diciembre de 2022. Da inicio, de esta manera, a la última etapa de Cotapa. Esta vez como una cooperativa de trabajadores. Un intento último por salvar a una marca insignia de la capital entrerriana y de la región. Pues, como dirán luego los protagonistas, Cotapa vale por lo que produce, por los bienes de trabajo, por la comunidad que forman sus trabajadores y sus familias y, en un alto grado de importancia, por la marca. Por lo que significa emocionalmente para la ciudad, si se quiere. Pero también y, sobre todas las cosas, por su inserción comercial, por lo impuesta que aún está, según algunos relevamientos, porque queda el registro de la calidad de sus productos. Vale por lo material y también tiene su valor por lo inmaterial. Cotapa es un activo productivo con 55 años de historia en Entre Ríos.

“En marzo del año pasado (2022) se paralizaron las actividades de la empresa y, por ejemplo, Enersa cortó el suministro eléctrico por falta de pago. Ahí no apareció nadie. En marzo nos quedamos sin luz, sin nada, cuidando la fábrica”, describe el comienzo de la última etapa Carlos Strada, presidente de la cooperativa de trabajo Cotapa.

Desde la división internacional del trabajo sabemos que se plantea que los mecanismos de producción se globalicen a fin de eficientizar los procesos mediante la especialización en la elaboración de determinados bienes. Aplica a la producción a escala global, pero también a determinados productos hacia dentro de los países o regiones. Esto, sumado a los procesos de concentración, hace que muchas empresas directamente desaparezcan o se conviertan en expresiones mínimas.

En este contexto, la idea de que los centros urbanos se nutran con producción de cercanía en lo que hace a productos perecederos de primera necesidad, como los alimentos, suena algo tan razonable como un fin loable. Sin embargo, distintos procesos económicos y sociales hacen de esto algo que se aleja del horizonte de posibilidades.
Consumir la leche que se ordeña en la cercanía, comer los quesos de la zona con las particularidades del terruño, untar la rodaja de pan con dulce de leche del pueblo. Algo posible. Algo cada vez más lejano.

Es este el mundo en el que Cotapa, a través de sus trabajadores, intenta sobrevivir. Quizás con la certeza de que si empezaran de cero un emprendimiento sondearían otras posibilidades, otra actividad. Pero con la seguridad de que tienen la necesidad de conservar fuentes de trabajo que son sustento de familias y con la certeza de mantener una nave insignia de la ciudad de Paraná.

 

Breve historia

 

La Cooperativa de Tamberos de Paraná (Cotapa) se creó en 1965, como una cooperativa, precisamente, de productores tamberos. La exigencia de comercializar leche pasteurizada, instaurada por la ley Número 4.685, del año 1967, hizo necesaria y viable la aparición de estas empresas que también comenzaron a producir derivados lácteos.

En ese contexto y momento histórico, Cotapa erigió una planta en terrenos que le había cedido la Municipalidad de Paraná, sobre avenida Almafuerte. En ese entonces, la planta no presentaba ningún problema urbanístico ni social en su emplazamiento. Como veremos, en el presente es uno de los problemas a corregir. Luego, con el devenir de los años, la cooperativa fue creciendo y diversificando sus productos, convirtiéndose en una marca reconocida en la región.

Pasado el crack de 2001, hacia 2003, los problemas económicos y financieros fueron agravándose por altos costos, por la necesidad de mejorar los sistemas administrativos, la baja productividad operativa, la localización, la pérdida de proveedores, la insuficiencia de capital de trabajo, los déficits de gestión y el elevado endeudamiento, principalmente con la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), según describe El Portal de las Cooperativas (cooperativas.com.ar).

El gobernador Sergio Urribarri promovió, en 2010, la constitución de una sociedad anónima con mayoría accionario del Estado provincial, que retuvo el 56,37 por ciento de las acciones; un 43,17 por ciento a cargo de la Cooperativa; y un 0,46 por ciento en manos de la Municipalidad de Paraná.Desde el concurso preventivo de acreedores, dictado en 2004, y con ello la quiebra, hubo muchas idas y vueltas con soluciones o intentos de ellas.

Desde 2011, y mayormente en 2012 y 2013, cuando el Estado, producto de la estrechez de la economía, se dispuso a ajustar las cuentas, el entonces ministro de Desarrollo Social, Carlos Ramos, planteó la posibilidad de comprar leche y otros productos lácteos a Cotapa. Resolvía así dos problemas: por un lado, eficientizaba las compras del Estado; por el otro, contribuía a la permanencia a flote de una empresa que iba de mal en peor.

Desde el Ministerio se compraba leche en polvo en bolsas de cinco kilos (lo que imposibilitaba la reventa, puesto que además llevaban el sello de “prohibida su venta”) y, en la mayoría de los casos, era la empresa la encargada de distribuirla en los comedores escolares, merenderos y otros espacios sociales. A la facilidad de la distribución se sumaba que, a diferencia del sistema tradicional, en el que cada uno compraba donde podía, aquí existía un precio único. Luego, se sumaron otros productos, como la lecha chocolatada y otras leches saborizadas.

La experiencia se discontinuó por diversos factores. Uno, clave, es que la centralización de las compras, por más eficiente que resulte si el gestor es bueno, quita poder de maniobra a otros actores. El otro aspecto, también importante, fue que la empresa no siempre pudo cumplir con las obligaciones en la medida de los requerimientos de los comedores escolares y de los merenderos. Lo cierto es que el gerenciamiento estatal no funcionó y se decidió privatizar Cotapa. Se inició entonces una búsqueda de inversores. Con idas y vueltas, llegaron momentos de relativa calma, donde, si bien se conocía al gerente, nunca estuvo muy claro el origen del capital que se inyectaba en la empresa.

Después, el último crack, a principios de 2022. Los trabajadores en la calle. Quema de gomas sobre avenida Almafuerte, la planta con su producción paralizada. Fue en medio de este ruido que llegó la idea del asociativismo. La idea de formar una cooperativa no ya de productores tamberos sino de trabajadores de una industria láctea. Comienza así el inicio de una nueva etapa, la última, que camina llena de dificultades pero que, si se alinean los planetas, puede ser el puntapié del relanzamiento de la marca. Depende de un sinfín de factores, desde la producción de leche, la energía, las vaivenes económicos del país, el rumbo político que adoptemos en las elecciones; pero en alto grado de importancia obedece a la decisión y la fuerza de los trabajadores por sostener su puesto de trabajo, la manutención de sus familias y, con ello, la salvación de una marca registrada de Paraná.

Hoy, después de la autorización del juez Moia para explotar la planta y utilizar la marca, la Cooperativa de Trabajo Cotapa cuenta con 45 asociados, de los cuales dos son mujeres. Hay solo siete que prefirieron no entrar en la organización y esperar a cobrar si el juicio de quiebra avanza.

 

El último período

 

“Empezamos a ver qué hacíamos. Teníamos comentarios que iban a desmantelar la planta y venderla como chatarra. Un vecino nos dio luz y hacíamos guardia para cuidarla. La fábrica estuvo parada dos meses hasta que nos autorizaron y pudimos volver a producir. Por suerte no fue tanto tiempo, de lo contrario, las máquinas habrían quedado inservibles. Nos dieron la fábrica y sus instalaciones para que pudiéramos trabajar y generar nuestros ingresos”, dice Strada desde un despacho en las instalaciones de avenida Almafuerte 1251. Ese predio, instalado en uno de los ingresos a la ciudad, tuvo en otros tiempos otro brillo, con un local a la calle de venta minorista de productos lácteos de la empresa. Hoy está con los vidrios tapiados. En el interior del espacio hay varios galpones y construcciones donde conjugan la parte de producción, almacenamiento y la de administración logística. Aires acondicionados ruidosos, escritorios gastados, maquinarias a reparar, el gas sin conexión. Todo lo que otrora fue de avanzada y vio correr el paso de los años, hoy pide refacción o cambio. La constante es, cuando no, el empuje de los trabajadores para sacar adelante una empresa y con ella sacarse adelante ellos mismos. Como asociados. Como personas.

“La tecnología avanza todos los días y la parte industrial también. Obviamente uno defiende su terruño, lo local. Siempre se buscó que la leche de Entre Ríos se mantuviera en Entre Ríos, pero nunca se logró”, introduce Mario Mildenberger, secretario general de la Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina en Paraná (Atilra), cuando es consultado acerca de la necesidad de que se comercialice e industrialice leche del pago cercano. “Entonces, volviendo a lo tecnológico, antes los tambos no tenían enfriamiento de la materia prima, hoy sí lo tienen y pueden transportar la leche hasta por dos días”, agrega.

Este hombre, que está al frente de la Seccional Paraná de Atilra desde hace 18 años, ejemplifica: “Al haber distintas zonas productoras, inclusive hoy por hoy hay industrias de Entre Ríos que traen leche desde Buenos y Santa Fe porque la consiguen a mejores precios hasta pagando fletes. Aunque, claro, siempre se trata de conseguir de lo más cerca”.

Ricardo Etchemendy, presidente del Instituto de Promoción de Cooperativa y Mutualidades de Entre Ríos (Ipcymer), cuenta que se está gestionando financiamiento a través del área y que, además, se les da una mano a los trabajadores con el papeleo. “Lo positivo es que, independientemente de que está todo atado con alambre, 60 familias tienen una fuente laboral por dos años más. Ya tienen muestras de leches que están sacando y avanzan en los proyectos productivos”. Entusiasmado, adelanta que la Municipalidad de Paraná, la Provincia y la Nación “acompañan el proceso”. Repite algo que es una constante: “El problema más grande es la ubicación”.

Emiliano Gómez Tutau, delegado del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (Inaes) en la Región Centro, también forma parte de los que, desde el Estado, pusieron su mano a disposición en esta última etapa.

“Lo primero que hicimos fue articular cuando la sociedad Cotapa cayó en situación de quiebra (falta de pago con proveedores y demás) a principios de 2022. Cuando a fines de 2022, luego de la quema de gomas, se encontraron sin la fuente laboral, sin sueldos, sin ingresos, algunas organizaciones nos acercaron la idea para que desde el Inaes se inicie el camino de lo cooperativo. También con el Movimiento de Fábricas Recuperadas, que tiene una experiencia valiosa en la primera etapa de los plazos. Lo que hicimos fue acelerar los plazos tradicionales para que se concretara la personería jurídica de la cooperativa, que pudiera intervenir en el juicio y que el juez le permitiera explotar la marca”, explica Gómez Tutau, también secretario general del Movimiento Evita en Entre Ríos, y explicita: “Nuestra intervención estuvo muy vinculada al marco de la obtención de la matrícula de la cooperativa y de la gestión de lo que es la administración del ejercicio de gestión cooperativa”, dando cuenta de la necesidad de conocer los vericuetos de la burocracia para que los expedientes caminen por los escritorios del Estado. “También el marco organizativo y de vínculo con distintos organismos. Programas con subsidios, por ejemplo, porque las máquinas son viejas o están deterioradas, para que esos artefactos pudieran actualizarse de modo que tengan mayor eficiencia, para tener mejores bienes de capital”, agrega y sintetiza: “Venimos teniendo un vínculo relacionado con la experiencia del trabajo”.

En este lugar surge un río de preguntas. Dudas que están flotando en el aire. La primera: ¿es viable una cooperativa? La vacilación aparece porque muchas veces, al menos en este presente histórico, se llega a conformar una cooperativa luego del fracaso de otros formatos, después de la fuga de un empresario o del vaciamiento que produce tal grupo económico. Muchas veces parece ser la última instancia. Es cierto también que, como cuenta Etchemendy, hay en nuestro suelo cientos de ejemplos exitosos de cooperativas fundadas desde cero.

“La figura es la correcta para que los trabajadores puedan solucionar los temas. El problema es que el sector lácteo no es solamente la cooperativa, es que los tambos chicos desaparecieron, que hay mayor concentración y en determinados casos pagan cash y el productor no puede esperar a que la cooperativa le pague a 90 días. Por ese lado es complicada la viabilidad”, se juega Etchemendy, pero, a la vez, pone en contexto. “La economía de mercado ya demostró que lo único que le interesa es la concentración de riqueza. Con el Consenso de Washington y con la teoría del derrame, que claramente nunca pasó. Los pueblos siempre tuvimos derrame pero de sangre, sudor y lágrimas; de beneficios, nunca. Esta es la economía que defiende el Papa, y el mundo está llegando a eso: al asociativismo, al emprendedurismo, a la economía social”, arriesga. “Sabemos que el movimiento cooperativo actual tiene muchos años de trayectoria porque lo trajeron nuestros bisabuelos, los inmigrantes. La primera cooperativa nació en Inglaterra, en un país capitalista y del primer mundo. En la Argentina ya cumplimos 160 años de vida. Tenemos mucho para mostrar y, es más, tenemos buenos números para mostrar”, dice orgulloso sobre un tema que maneja desde siempre y que lo tiene como funcionario desde hace 18 años.

“Nosotros tenemos claro, como economía social, que hay dos enemigos: los enemigos inconscientes y los enemigos conscientes. Los enemigos inconscientes son aquellos que repiten cualquier cosa, como que las cooperativas son para emparchar crisis o que son de los movimientos sociales. ¿Cómo se combate esto? Mostrando lo que hacemos. Los enemigos conscientes son aquellos que saben que hoy estamos disputando poder económico”, expone Etchemendy.

“En el rol de un Estado que favorece la participación de los trabajadores en la producción, acá se resolvió un conflicto para no judicializar todo y resolver todo mal. Tanto el juez como los actores vinculados al capital nos dejaron entrar para salvar todo este lío. Entonces debe destacarse el rol del Estado. Discutimos que lo que no resuelve la política lo resuelve la justicia. Acá hay un ejemplo de un buen trabajo, en el que si los cooperativistas asumen el compromiso también van a pagar a los proveedores”, destaca Gómez Tutau.

“Cotapa fue una marca registrada, no solo en el sentido formal. Está impuesta. Era un sentimiento. Cotapa en Entre Ríos era parte de la familia. Venían productos de Sancor u otras empresas y la gente prefería Cotapa por la calidad de los productos. La marca Cotapa se había impuesto, y sigue impuesta. Es una marca en lácteos, como Sancor o La Serenísima”, narra con un orgullo difícil de describir Mildenberger, que además es empleado de Cotapa “desde hace unos 40 años” –hoy en uso de licencia–, y agrega: “En su momento pisaba fuerte y hoy sigue existiendo. Estaba impuesta en la gente, en el consumidor; y todavía sigue, aunque no de la misma forma que tiempo atrás. Por algo la marca está dentro del concurso. Hoy se la presta a los muchachos de la cooperativa de trabajo. Eso marca la importancia de la marca. Incluso cuando este último empresario (Juan Carlos Acevedo Díaz) cambió el logo, la gente de la ciudad pedía que dejaran el anterior. Son marcas impuestas; a la gente no le interesa de quién es, ¿entendés? Muchos no sabrán qué significa la sigla, pero está impuesta”.

“Sobre la marca propiamente dicha, dije que es un sentimiento. Siempre quise mantener a Cotapa porque es la empresa en la que tengo más de 40 años. Hoy es una cooperativa de trabajo liderada por compañeros que se han puesto a dar batalla y les deseo el mayor de los éxitos. El sueño de Cotapa puede hacerse realidad. Que los acompañen el sueño y la lucha”, resume, emocionado, Mildenberger.

“Para la gente de acá, para la mayoría, Cotapa es lo único que han tenido porque empezaron muy jovencitos. Yo, particularmente, empecé de joven y ésta siempre fue mi actividad principal. Siempre la sentí como mía, la sentimos nuestra. Tenemos la camiseta puesta. Estamos todos en la misma, no queremos que esto desaparezca. Entonces, nos hemos puesto en la cabeza sacrificarnos en algunas cosas pero sacarla adelante y demostrar que nosotros podemos. Y demostrarnos también a nosotros que podemos manejarla”, opina Strada sobre sí y sobre la empresa.

“Lamentablemente esto pasó por manos de gente cuyo objetivo no era mantener la fábrica. Nos dejaron tirados, hasta sin luz y sin saber qué hacer. Lo que nosotros queremos es trabajar y que nuestro objetivo sea fabricar, comercializar, administrar. Trabajar y mantener a nuestras familias. Acá todos ponemos nuestra predisposición para que esto salga adelante”, resume con respecto al objetivo que el grupo humano se propuso.

“Nosotros estábamos acostumbrados a ser empleados de una sociedad anónima o de la cooperativa, pero de los tamberos. Éramos empleados, somos empleados. Bah, no. Hoy somos asociados”, así, con este devenir de palabras, el presidente de Cotapa da cuenta de lo difícil, de lo disruptivo que es saberse un ex empleado para pasar a ser un asociado a una cooperativa. Un ser-tu-propio-jefe pero sin el marketing del siglo XXI, que en ese término ve los vericuetos para no pagar lo que se debe por el trabajo. En este caso, ser-tu-propio-jefe es real. Supone una responsabilidad distinta y, si todo sale bien, una paga diferente. “No es fácil. Hemos hablado con gente de otras cooperativas y nos contaron que necesitaron psicólogos para pasar la página de ser empleado a ser asociado. La fábrica pasa a ser tuya y cada uno tiene sus responsabilidades. El empresario busca generar rentabilidad y acá generamos rentabilidad, pero para repartirla entre los asociados”, describe Strada, y cuenta además que “hay gente para la que es más fácil y otra para la que es más difícil. Se hacen asambleas y se discute mucho, seguimos un orden jerárquico, con una comisión y con asambleas”.