La pesadilla blanca del monte

Entre Ríos ha demostrado que hay asuntos para los que no está preparada, por más graves que resulten ser. En enero se van a cumplir 20 años de la desaparición de una familia campesina en pleno monte entrerriano: los Gill-Gallegos. ¿Y si estamos en presencia de la obra de un asesino en serie que logró burlarse de toda una provincia?

Por: JORGE RIANI

“El caso Gill es un caso Fernanda multiplicado por cien”. La frase fue pronunciada por un abogado empapado en el primero de ellos y refiere a dos hechos en los que hay que hablar de desapariciones continuadas de personas: el que ocurrió en 2002 con una familia de campesinos que vivían y trabajaban en un campo del departamento Nogoyá (caso Gill), y el que sacudió a la opinión pública argentina en 2004, con una niña de 13 años como víctima, de la que, como la familia aquella, nunca se supo más nada desde que fuera raptada en San Benito (caso Fernanda Aguirre).

El autor de la frase que abre esta nota conoce muy bien el caso Gill. Actuó en él y lo sufrió. Sufrió la desidia judicial, el paso del tiempo y también sufrió en carne propia el elitismo-clasismo tan característico de gran parte del Poder Judicial entrerriano porque representaba a gente pobre y malograda.

Decimos “gran parte del Poder Judicial” por no decir todo. Sabemos que hay gente en el Poder Judicial entrerriano que no es elitista, ni clasista, ni chetófila, ni aporofóbica. Pero la Justicia, como un todo, parece que sí lo fuera. Basta darse una vueltita por su casa matriz para advertir que si alguien entra a la sede de sitio del Banco de Entre Ríos Sociedad Anónima (Bersa) a cobrar un cheque judicial, no será una persona pobre; en cambio, si a otra persona la llevan esposada rumbo a la gayola, sí lo será.

Del sistema de medios de comunicación podemos también pronunciar una crítica general para, luego, rescatar a algunos trabajadores o trabajadoras de prensa aislados que dieron brazadas solitarias en el mar de la indiferencia mediática.

En general, el periodismo entrerriano ha tenido una actitud que no se sabe bien de qué está nutrida; si de fatiga, de falta de oficio, de ausencia de sensibilidad, de inoperancia o de todas esas cosas juntas.

Cada mes de enero, la prensa entrerriana escribe lo mismo: se cumplen tantos años de la misteriosa desaparición de la familia Gill. Cada año se cambia el numerito y se repite la misma nota, con el mismo adjetivo: misteriosa o misterioso, según si se habla de desaparición o caso.

De la Policía, ni hablar. Hay policías buenos (algunos) en medio de otros policías malos. Eso sí: la obra de los malos es la que siempre parece terminar dando el pulso institucional a los casos. Si esto no fuera así como lo decimos, la misma Policía habría aclarado quién, entre sus filas, asesinó e hizo desaparecer a los jóvenes paranaenses Martín Basualdo y Héctor Gómez, en 1994, en otro caso resonante y penoso. Las desapariciones ocurrieron (ganaron los malos), pero sus esclarecimientos no (perdieron los buenos).

Horror en el monte

La familia Gill-Gallegos estaba constituida por Rubén Gill, el peón al que le decían Mencho y que tenía 56 años cuando fue hecho desaparecer; su esposa, Norma Margarita Gallegos, cocinera de una escuela del paraje cercano al campo La Candelaria, donde vivió hasta los 26 años, edad que tenía cuando fue desaparecida; y vivían también allí dos hijos y dos hijas del matrimonio: María Ofelia (12 años), Osvaldo José (9), Sofía Margarita (6) y Carlos Daniel (4).

A diferencia de su hermanito y hermanitas, el chiquito de la familia era rubio y eso llevó a que, además de Carlitos, lo apodaran Rusito. Era el preferido del dueño del campo La Candelaria, Alfonso Goette.

Goette decía que el Rusito era su hijo. Lo decía por lo bajo, lejos de su casa, pero cerca de su campo. Es que Goette tenía un escenario para cada una de sus dos vidas. En Seguí, donde tenía su típica finca de descendientes de alemanes del Volga, era el buen padre de familia, el que iba a misa todos los domingos, el productor con actuación en la Federación Agraria, el insigne vecino que colaboraba con cooperadoras. En Crucesitas Séptima, donde tenía La Candelaria, era el que perseguía a la esposa del peón, y a las esposas de cuantos hombres estuvieran fuera de su casa. Era el hostigante de alguna docente que, se cree, podría estar sabiendo más del caso pero que no habla, aún después de que Goette muriera en un accidente con su camioneta, en 2016. En el campo, Goette no se limitaba a ser un pretendido donjuan de mujeres hostigadas. Era además, el patrón racista, explotador y patotero.

Su familia siempre le cubrió la espalda y lo defendió de las sospechas por la desaparición de la familia empleada. Es probable que los familiares de Goette hablen en serio, al defenderlo, por efecto de la renegación, ese mecanismo de defensa inconsciente y de sustitución de la realidad por una opuesta.

Goette, descendiente de los pueblos que arrastraron un hambre ancestral durante cientos de años por Alemania y Rusia, y que encontraron libertad, nacionalidad, ciudadanía y prosperidad en Argentina, se autopercibía alemán.

Goette decía que él era alemán y que su peón era judío. Tenía una obsesión con el tema judío. Afirmaba que Mencho era hijo de una judía y que por eso tenía “la lepra judía”. No es un chiste, ni un invento salido de la nada. Lo que Goette repetía es un cliché filonazi. Algo que repiten quienes le dedican horas al odio. Horas y algo más, como ponerse a aprender algo que sirva a la causa blanca, es decir, al odio.

En el último tiempo, este cronista escuchó una gran cantidad de testimonios de personas que actuaron en torno al caso o que fueron tocados por el mismo. Abogados querellantes, jueces, policías, familiares de unos y otros, periodistas, docentes, vecinos, médicos forenses dieron testimonios en off para una investigación que desarrolla un equipo integrado por la periodista Paola Angelino, por el director de cine Julio Gómez y por el cronista que firma esta nota, de cuya responsabilidad y visión quedan excluidos los otros mencionados.

Las entrevistas realizadas dejaron resultados asombrosos y espeluznantes: tres personas, no menos, pero probablemente podrían ser más, coincidieron en decir que Goette era “esclavista” y “nazi”.
En un primer momento se tomó la palabra nazi como una característica genérica, lejos de connotaciones raciales o prácticas. Como si se tratara de una forma de describir sucinta, pero eficazmente, la personalidad controvertida o dañina de alguien. Pero luego… luego continuamos con la ronda de consultas y supimos más de Goette.

El paraguayo por el que nadie pregunta

Antes de que Gill llegase como peón a la estancia La Candelaria, Goette tuvo un peón de nacionalidad paraguaya que desapareció como si se lo tragara tierra. ¡Como si se lo tragara la tierra! Antes de sus repentinas desapariciones, los peones desarrollaban una vida social. Era una vida social rudimentaria. La que podían permitirse entre mandado y mandado, entre trámite y trámite, pero vida social y, como tal, conformada por personas, gente, relaciones, amistades de paso.

Así que las desapariciones de los peones (“el Paraguayo” y “el judío Mencho”) no se produjeron sin dejar una estela de intriga e inquietud en Crucesitas Séptima. Todo lo contrario: da la idea de que la gente sabe todo, entiende todo, conoce todo. Y, por miedo, calla todo.

Las desapariciones del Paraguayo y de Mencho, como la de la familia de éste, se produjeron con la atención bien despierta de una sociedad circundante que hasta hoy hace silencio porque siente sobre sus rostros el gélido aliento del terror.

Nacht und Nebel”, decían los nazis. Noche y niebla. En la noche y en la niebla hacían desaparecer personas. De Goette se conocen muchas cosas, menos cómo hizo su fortuna, aunque sobrevuelan algunas sospechas. Más aún entre quienes lo conocieron desde los tiempos en que tenía una motoneta como único bien patrimonial.

Esa misma gente lo vio convertirse en socio de un ex diputado radical al frente de una farmacia y droguería. El pobre diputado murió y Goette siguió con la farmacia.

El patrón de La Candelaria convivió durante muchos meses con funcionarios policiales, oficiales de Justicia, médicos forenses, perros rastreadores, abogados, buzos tácticos en La Candelaria. Todos ellos y más llegaron al campo una vez que la causa cayó en manos de un nuevo juez, Gustavo Acosta.

La causa siempre tuvo buenos querellantes. Primero fue Elvio Garzón y luego Guillermo Vartorelli. Y no siempre tuvo un buen juez. Primero fue Jorge Sebastián Gallino y luego el ya mencionado Gustavo Acosta, que decidió trabajar el caso.

Gallino no hizo nada cuando tenía muchas cosas por hacer y Acosta hizo todo cuando ya era tarde. No es culpa de Acosta haber sido juez de Nogoyá en el momento en que le tocó serlo. Garzón, que hoy es juez, vivió en carne propia el desprecio y el ninguneo de Gallino. De cuna radical y hacendada, Gallino le creyó a Goette. Ambos –el juez Gallino y el patrón Goette– repetían lo mismo sobre los Gill: “Ya van a volver”.

Desde el minuto uno, Crucesitas Séptima supo que los Gill no se habían ido de vacaciones, ni de viaje, ni a visitar familiares. Pero el juez Gallino tenía el oído puesto en otro lado.

Quizás el juez creyó que los Gill, por ser pobres, eran inestables, irresponsables, vagos, negligentes, poco confiables al punto de irse dejando todo y saliendo como si nada. No tuvo en cuenta que el patrón nunca les dio vacaciones y que a la familia jamás se le dio por escaparse, porque su casa estaba en La Candelaria y porque pobreza no es sinónimo de irresponsabilidad, como habrá creído el juez.

Goette les había puesto en la mente a los Gill que en caso de que se fueran de vacaciones, los terneros guachos morirían de hambre. Y jamás salieron más que por algunas horas a visitar familiares.

Macabros mensajes

En medio de la presencia de médicos, buzos, policías, periodistas y abogados que llegaron a La Candelaria cuando –luego de años de inacción por las trabas del juez Gallino– se decidió intervenir en el campo, Goette solía hacer alarde de todo lo que había aprendido de química en su droguería.

Allí estaban los forenses del Poder Judicial de Entre Ríos, con Luis Moyano a la cabeza, y profesionales del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF).

De modo que era una de guardapolvos blancos que iban y venían. Y eso, según parece, motivaba a Goette a hablar de sus dotes de idóneo en química. Fue así que contó que una vez envenenó las gallinas de un matrimonio de chacareros ancianos, con la esperanza de que los viejitos comieran de sus malogradas aves para que siguieran el mismo destino. Cuentan que se jactó de haber cargado de veneno un zapallo y granos de maíz con los que se alimentaban las gallinas del matrimonio vecino.

Goette no agotaba así nomás su imaginación al momento de mandar mensajes intimidantes a los investigadores.

Un médico jura que en el carromato de campaña, esos que se instalan en los campos durante los días de cosecha, pero que los forenses utilizaban para guardar sus cosas, apareció, más de una vez, una víbora enroscada en el picaporte. Goette se enteró de que un día arribarían perros rastreadores traídos de Rosario. El día que llegaron, en La Candelaria aparecieron varias cabezas de perros diseminadas. Eran perros que sirvieron como mensaje ante la llegada de la brigada canina.

A propósito de los perros rosarinos. Hay que hablar del día en que tuvieron una actuación memorable: cuando indicaron la presencia de olor cadavérico en La Candelaria. El hecho se dio así: un policía rosarino, que arribó al campo con los perros, le sugirió al abogado Guillermo Vartorelli, representante del hermano de Mencho Gill, que la búsqueda se realizara en zonas de tierra junto a la casa de los puesteros o peones. El policía se respaldó en una terrible experiencia personal: contó que a su madre había sido asesinada por una pareja que tenía la mujer, y que el femicida la enterró junto a la casita. En estos casos, eso casi siempre ocurre así por una prevención respecto al merodeo de animales carroñeros. Si se dejan los cuerpos enterrados cerca de la casa habitada, se puede espantar a los carroñeros.

La búsqueda consistía en clavar en la tierra un hierro en punta. Si se hundía, es decir, si el suelo cedía, eso era señal de que la tierra había sido removida recientemente. Al método lo usan los forenses, pero también Vartorelli cada vez que veía un fierro que no era utilizado.

Un día, Vartorelli clavó el hierro y vio cómo se enterraba sin dificultad. Hubo entonces una orden de excavar en el lugar. Se removió la tierra hasta dar con una suerte de bóveda de cemento. La construcción era relativamente nueva, según un estudio que se hizo luego en alguna dependencia técnica de la Universidad Nacional del Litoral (UNL).

Más allá del cemento había una especie de cámara llena de tierra. Cuando se agujereó la bóveda, brotó un fuerte olor a cadáver humano. Los perros rosarinos se inquietaron, las moscas cadavéricas llegaron de la nada, las personas no paraban de hacer arcadas y taparse la nariz.

–Mirá quiénes llegaron –le dijo un forense a otro.
Eran las moscas necrófagas.
Entonces muchos se acordaron del peón de nacionalidad paraguaya.
–Ahí había un pozo negro –se apresuró a decir el patrón Goette.
Siempre tenía una explicación repentina que sacaba con admirable rapidez ante cualquier eventualidad. Como cuando el Luminol, ese compuesto químico que se activa ante la presencia de sangre, dio positivo en la casa de los Gill:
–Es sangre de la esposa de Mencho, que parió en el piso –fue la respuesta que dio sin ruborizarse.
La única vez que Goette perdió la compostura fue cuando recibió un llamado anónimo en su casa familiar, en Seguí. Era un policía –no de los malos, sino de los buenos– que le advirtió al productor agropecuario que los cuerpos habían sido hallados.

¿Cómo reaccionó Goette ante el señuelo? Salió disparando en su camioneta hacia el campo de Crucesitas Séptima para relojear desde afuera de la propiedad rural, con evidente nerviosismo. Nunca supo que el policía bueno lo miraba con binoculares desde un campo cercano. El policía se entregó obsesiva y noblemente al caso, pero la desidia judicial del primer momento le arruinó su deseo de esclarecer el caso.

Unos días antes de que fuera escrita esta nota, el EAAF volvió a realizar un rastrillaje en La Candelaria. Esta vez en un lugar donde un vecino rural dijo haber visto a Mencho Gill cavar en la tierra uno de los tantos pozos que Goette le hizo abrir sin indicarle para qué serían. El resultado de la búsqueda fue negativo, otra vez, porque la voluntad actual sucumbe ante la desidia inicial.
Veinte años después, hay que cambiar las preguntas y formular las correctas: ¿quién asesinó a la familia Gill y dónde dejaron sus cuerpos?