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Por: MARTÍN GERLO

La más maravillosa música

En un escenario comunicacional en constante ebullición, donde los criterios comerciales y las urgencias informativas suelen modelar el abanico de opciones que tenemos los oyentes, lectores y televidentes, aún existen propuestas que marchan orgullosamente a destiempo y se permiten construir un vínculo distinto con quien está del otro lado, procurando una utilización más cuidada y premeditada de los recursos disponibles.

Contra este tipo de apuestas, es sabido, conspiran elementos por demás conocidos: los altos costos, la precarización que deriva en el pluriempleo de los comunicadores, las erráticas o nulas políticas públicas y, muchas veces también, la falta de apoyo del sector privado a las iniciativas que surgen en la región. En momentos de crisis, este cuadro emerge con mayor fuerza, pero el problema, lamentablemente, está siempre ahí.

De todos modos, todavía se sostienen, para alegría de muchos, proyectos como radio Madrigal, que hace casi tres décadas comparte desde el 97.9 del dial paranaense una cuidada selección de piezas musicales de diversos géneros, sin desatender un uso amigable y pausado de la palabra que hoy ya es una marca de la emisora. Del jazz a la música de cámara, del bolero al tango o del folclore a las bandas sonoras de películas, el oyente percibe el amor por la música que fue guiando esa propuesta radial “única en su estilo”, como fue catalogada alguna vez al recibir una mención especial en los premios ETER.

En este contexto, en el cual la radio celebra sus 10 mil días ininterrumpidos en el aire, Cicatriz se propuso conocer la historia de esta particular emisora, indagar en sus propósitos y saber cuál es el vínculo que ha construido con el radioescucha en todos estos años.

Miguel Codaglio, un pionero

Resulta imposible hablar de Madrigal sin remontarse a la trayectoria de Miguel Codaglio, músico, comunicador y difusor de la cultura entrerriana que, tal vez desde muy joven, soñó con plasmar la riqueza musical de la región y el mundo en una emisora plural y al alcance de todos. Su hijo Sergio conjetura que posiblemente “diseñó la radio, anheló tener una radio”, desde la primera vez que sintonizó en el dial la música que desde chico lo impactó y lo formó, y fue la posibilidad que se abrió con las FM la que fue encaminando el proyecto.

Codaglio nació en Diamante en 1933. Se formó como autodidacta en el piano, interpretando “de oído” la música popular que fue forjando su identidad artística. A los 13 años comenzó a tocar en una orquesta profesional que se presentaba en fiestas y bailes de la zona y empezó a ganarse un nombre en el circuito de su ciudad y en las aldeas cercanas. Cuando llegó el momento de definir su futuro profesional decidió mudarse a Rosario para estudiar agrimensura. Su idea, más que obtener un título que nunca buscó, era formarse en un ambiente cultural más rico y con mayores posibilidades, sin abandonar la inclinación por la música litoraleña. Antes debió adelantar el servicio militar, con el objetivo de librarse de ese peso y despejar el horizonte para la construcción de una carrera artística que consagró en la localidad santafesina con la conformación de los Cuimbaé, un grupo vocal dedicado exclusivamente a la música del Litoral.

Al cabo de algunos años, el grupo se trasladó a Buenos Aires, donde comenzó a cantar y pudo grabar algunos discos. De manera paralela, Codaglio inició una carrera solista y se vinculó con Ariel Ramírez, Raúl Barboza y Jaime Torres, entre otros músicos que llegarían a consagrarse en la escena folclórica. Un encuentro casual en las calles porteñas con un funcionario entrerriano terminó torciendo nuevamente su destino: “Miguel, vos sos útil allá”, le dijeron, y decidió volver a la provincia que lo vio nacer, esta vez a Paraná.

En esta etapa volvió a vincularse con la radio, ya no como oyente, sino como conductor y productor musical. Esto es folclore, su programa en LT 14, salió al aire durante 23 años, hasta que Codaglio decidió llevar a la función pública su vocación cultural e interrumpió esa propuesta. “La cultura no es solo hacer festivales y espectáculos, eso es una parte. Él quería formar personas, trabajar con los hacedores de la cultura para que mejoraran sus posibilidades”, reflexiona Sergio. Fue con ese objetivo que se desempeñó como director y subsecretario de Cultura durante el gobierno de Mario Moine en la provincia, mientras seguía diseñando en su cabeza las alternativas para poner al aire la radio que soñaba. En aquella época comenzó a perder la visión y eso aceleró su jubilación. Promediando la década de 1990, una confluencia de factores hizo plausible el anhelo y la radio comenzó a tomar forma.

Los primeros pasos

La explosión de las emisoras de frecuencia modulada, paralela a la consolidación de la recuperada democracia, abrió nuevos horizontes en el plano de la comunicación. Fue ese el contexto en el cual comenzó a tomar forma la idea que, con los años, derivó en la creación de Madrigal. Hubo primero otras iniciativas que no llegaron a plasmarse: sobre fines de la década de 1980, Codaglio proyectó junto a dos socios el lanzamiento de una emisora con cierta inclinación por lo musical, pero sin descuidar la parte periodística. “La radio iba a ser como una AM en su funcionamiento, pero como una FM en la parte musical. Papá quería ponerle buenas noticias a la FM”, recuerda Sergio. La hiperinflación y la crisis truncaron esa iniciativa, que poco después dio paso a un segundo proyecto, “menos ambicioso” y más enfocado en lo musical. Siempre había “un escollo” para concretar estas iniciativas: el lugar. “Siempre dependíamos de otro”, señala Codaglio hijo, quien en esa época comenzó a seguir más de cerca y acompañar los proyectos comunicacionales de su padre, limitado por su trabajo en la función pública.

Si bien las ideas iniciales se frustraron, en este proceso comenzaron a tomar forma algunas propuestas y se delineó una divisa que aún hoy marca el espíritu de la radio: “Pretender sacar a la gente, que no sienta el agobio de la realidad”. Una forma de comunicar menos frenética, que pueda compartir con el oyente las creaciones artísticas del repertorio regional y universal que no tienen la circulación que se merecen en los medios tradicionales.

Pronto, una serie de circunstancias hizo posible que los Codaglio logren sortear ese “escollo” que se presentaba cada vez que pensaban en su radio: Sergio, que trabajaba en el Banco Municipal y había logrado acceder a una vivienda a través de los créditos blandos que les otorgaban a los empleados bancarios, puso a disposición el inmueble cuando se hizo inminente el cierre de la entidad y debió buscar nuevos horizontes. Esa situación, que marcó un quiebre en su vida profesional, coincidió con la jubilación de su padre. “Los dos quedábamos desempleados, así que mi papá me preguntó si me animaba a hacer la radio”, resume.

Fueron muchos meses de trabajo intenso: compra de equipos, acondicionamiento del lugar, definición del perfil artístico y búsqueda de la frecuencia, entre otros. “Estuvimos meses explorando el dial, y quedaron dos frecuencias. Elegimos, pero en realidad no debería ser así: tendría que intervenir el Estado. Nosotros pedimos permiso: hicimos una nota al Comfer (Comité Federal de Radiodifusión); nos denegaron. Fuimos a la Justicia Federal con un recurso de amparo y ganamos. Ellos apelaron y pasó a la Corte Suprema. Eso nos permitió estar legales hasta que saliera la ley”, señala. Con la parte técnica encaminada, faltaba algo fundamental: la denominación de la radio. En esas reuniones creativas se barajaron una gran cantidad de posibles nombres: “Madrigal estaba entre los últimos. Pero a papá le gustó mucho, porque decía que era musical. Eso es Madrigal: poesía y música. Se resumió solo”, recuerda Sergio.

En el aire

El 2 de enero de 1996, con una grilla integrada en su mayoría por programas originales y en vivo, la radio comenzó a transmitir de manera oficial. En épocas donde las redes sociales todavía no existían, la novedad se comunicó de manera artesanal: los impulsores del proyecto repartieron una tarjeta entre posibles interesados, invitando a sintonizar a partir de ese día el 97.9 del dial. “La idea era que todos fueran espacios conducidos. Previamente, mi papá había invitado a personas conocidas o que tenía referenciadas”, indica Codaglio, repasando algunos de los primeros conductores que tuvo Madrigal: Luis Erguy, Juani Lazzaneo, Jorge Beades, Miguel Zurdo Martínez, Ramiro Gallo, Ernesto Méndez, Chola Zapata y René Bonfils, entre otros. Luego se irían sumando otras personas vinculadas al mundo de la música, como también profesionales y trabajadores melómanos que volcaron allí su pasión e hicieron sus primeras armas en el mundo de la comunicación.

“La mayoría de la gente que llegó a Madrigal no tenía experiencia. Muchos se preguntaban por qué. Pero a nosotros no nos interesaba la experiencia radial, las voces microfónicas. Siempre nos interesó el contenido, la propuesta”, reflexiona.

La radio transmitía de 9 a 20, mientras buscaba consolidarse, encontrar su perfil y generar un vínculo con los oyentes. “Los primeros años fueron difíciles, como en cualquier emprendimiento; uno normalmente invierte todo lo que tiene en el proyecto y no quedan ahorros para sostener”, explica Sergio. En esos primeros años, casi 70 personas entraban y salían por semana de la emisora para hacer sus programas, en una radio que no interrumpía su programación habitual los feriados, como tampoco los 24 y 31 de diciembre, fechas en las cuales se hacía un programa especial de Navidad y Año Nuevo, respectivamente.

Junto a los amantes de la música que despuntaban el vicio y hacían sus primeras experiencias frente a un micrófono, en la grilla había propuestas motorizadas por verdaderos maestros: Reinaldo Zemba, recordado director de la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos, tenía un programa propio llamado El podio, donde hablaba, entre otras cosas, de dirección orquestal. Conductor durante más de tres décadas del cuerpo orquestal que distingue a Entre Ríos, Zemba falleció en 2012, dejando un legado cultural en la región. Otros músicos de primer nivel también formaron parte de la programación, y algunos de ellos se sostienen hasta la actualidad.

A poco de andar, la radio iluminó dos proyectos que marcaron su historia. En 1998, de una reunión entre conductores y amigos de la emisora, surgió el primero de ellos: Voces de Madrigal, un disco que “pretende reflejar el compromiso de la gente de la radio con la buena música”. En ese CD hay grabaciones originales de Miguel Zurdo Martínez, Lidia Cerro, Luis Bertolotti, el grupo Vocal 6, Ricardo Couchot, Mala Junta, Chango Pirola, Ernesto Méndez, Karen y Román y Chola Zapata. De la misma época data otra iniciativa que subsiste hasta la actualidad: el Club de Amigos. La propuesta surgió como un sistema que permite a los oyentes que lo deseen colaborar con el sostenimiento de la emisora, mediante un aporte mensual. Si bien el club nunca superó el centenar de adherentes, desde la radio destacan la fidelidad de muchos miembros de este círculo, que llevan años acompañando el proyecto y en momentos difíciles son pilares de Madrigal.

La selección musical

La propuesta radiofónica de Madrigal comienza cada mañana a las 8, con Clásicos de siempre, y culmina a las 23, precedida por un segmento idéntico de una hora. En el medio, a lo largo de la jornada, se seleccionan bloques musicales de los más variados estilos, incluyendo seis programas originales nuevos y dos ya emitidos que van guiando al oyente con información histórica, artística y técnica sobre las obras difundidas.

Cuando se consulta por el criterio de la selección musical, la primera respuesta es amplia: “Toda la música que existe desde el año 1.100 hasta hoy, menos pop, rock y sus vertientes, y toda esta última música”. Las exclusiones no responden, en general, a gustos o impugnaciones estéticas, sino a la sobreoferta de estos géneros en otras emisoras. El radioescucha atento, remarcan, puede identificar emisoras con una cuidada selección en materia de rock internacional, por ejemplo, pero mucho menos en jazz o música clásica. Ese es el espacio que pretende ocupar Madrigal.
“En algún momento nos dijeron que discriminábamos. Y sí, uno siempre elige, discrimina. No en el sentido racial o religioso, sino que uno siempre está eligiendo, discriminando. La mayoría de los medios discrimina mucho más que nosotros, que pasamos muchísimos más géneros. Y le damos mucha importancia a la música nacional. Hay radios que son de música extranjera todo el tiempo”, señala Codaglio.

Entre los programas, hay propuestas que apuntan a explorar nichos muy específicos de la música de la mano de especialistas. La reconocida arpista Marcela Méndez, quien durante tres décadas fue parte de las orquestas de Entre Ríos y Santa Fe, lleva adelante dos propuestas: Eurindia, que profundiza en los vínculos que retroalimentaron los sonidos de América y Europa; y De música y músicos, una emisión donde se destacan diferentes obras, con predilección por aquellas interpretadas en arpa. Alejandro Campos Carlés desarrolla un programa sobre música de cámara, y siguen en el aire propuestas musicales como la del abogado y organista Jorge Beades, entre otras. Por otro lado, María del Carmen Schaller, locutora de la radio, desarrolla todas las noches Suave como el anochecer, un clásico que cumplió 26 años al aire. Además, Codaglio selecciona semanalmente programas ya emitidos que fueron realizados por personas que pasaron por la radio y fallecieron, como Silvia Reula, con su emisión dedicada de manera exclusiva a la ópera; y Bochi Zuázaga, con su programa de tangos.

Otro aspecto a destacar es que, evaluando su carácter de emisora cultural, cinco radios internacionales “confiaron sus producciones” a Madrigal, que durante algún tiempo difundió periódicamente trabajos radiofónicos de gran nivel realizados en el extranjero. Estas fueron Radio Nederland Wereldomroep (Holanda), Deutsche Welle (Alemania), Radio France Internationale (Francia), Radio Exterior de España y Radio Suiza International. El programa Podium Neerlandés, conducido por el argentino Carlos Micháns, de Radio Nederland, aún sigue al aire los sábados de 21 a 22.

El futuro

“No sé si llegaremos a los 30 años”, resume Sergio Codaglio cuando se busca conocer cuál será el futuro de esta emisora, asediada, como muchos otros proyectos comunicacionales, por los problemas ya mencionados y otras dificultades que erosionan y desgastan a quienes trabajan por su sostenimiento.

El 19 de mayo, Madrigal cumplió 10 mil días ininterrumpidos al aire, y a pesar de los vaivenes, ajustes y cambios que debió atravesar para subsistir en estas casi tres décadas, Codaglio considera que el actual “es el peor momento en lo económico”.

A lo largo de este tiempo, la radio recibió distinciones por parte de los gobiernos provincial y municipal, entre otros organismos y entidades, aunque eso no se tradujo en un interés del Estado por pautar en la emisora, lo que podría aliviar su situación: “No somos atractivos para ellos”, lamenta. Por estos días evalúan la posibilidad de acortar las horas de aire para ahorrar energía y siguen en carpeta proyectos para retransmitir online la radio, que hoy solo puede escucharse en el dial paranaense.

“Es difícil desde lo económico y desde las posibilidades. Lo que siempre quedó pendiente es poner la radio por internet. Es una deuda. Pero viendo la realidad actual no sé si la radio va a perdurar, no sé si llegaremos a los 30 años. No lo sé. Nunca se pretendió que la radio diera dinero, y yo lo acepté así. Pero hace varios años que no alcanza para sostenerse, y es un hobby caro. Tampoco me agobia eso”, remarca Codaglio, quien actualmente se ocupa “de lunes a domingo” de la operación técnica, la administración y la selección artística de la emisora, entre otras tareas necesarias para la puesta en el aire.

Superados los 10 mil días de aire, Madrigal sigue en pie a la espera de buenos nuevos tiempos. Mientras, continúa ofreciendo a través del dial algo más que la más maravillosa música: comparte un testimonio de la riqueza cultural del país y la región, de nuestra forma de apropiarnos del repertorio universal y de la enorme pasión y conocimiento en materia musical que puede exhibir un número significativo de entrerrianos. No es poco.

Por: JUAN CRUZ VARELA

Una fiscal de jeans y zapatillas

Ser fiscal significa representar a la sociedad en un proceso judicial. Josefina Minatta es la abogada de los ciudadanos que habitan desde el centro hacia el este de la provincia ante la Justicia Federal. Es quien investiga los delitos más graves, cometidos por las mafias del narcotráfico y la trata de personas, los casos de contrabando, delitos aduaneros y lavado de dinero, por ejemplo. La naturaleza de su trabajo reside en lograr que los delitos lleguen a juicio oral y para eso debe juntar las pruebas y llevárselas al juez para que las evalúe; no se trata de determinar si una persona es culpable o inocente sino individualizar a los responsables, encuadrar su conducta en algún delito y determinar si hay elementos para llevar a esa persona ante un tribunal. Muchas veces lo consigue, pero no siempre.

Hay dos maneras de ser fiscal: detrás de un escritorio, escrutando papeles y libros sobre dogmática o teoría del delito; o saliendo al territorio a enfrentarse cara a cara con los puntos de conflicto. Ella elige esta última: “Me parece una forma más humanizada y más cercana a las necesidades que puede tener la gente”.

La idea se refuerza con un cuadro en su despacho, justo detrás del escritorio principal. Es una foto tomada en una improvisada oficina en un barrio periférico, probablemente de la Ciudad de Buenos Aires, donde se reciben denuncias, se dictan talleres de formación en derechos y se brinda asesoramiento general a las personas buscando generar un vínculo distinto al que puede darse en las frías oficinas de los tribunales. La imagen representa la idea de acortar la distancia entre la población más vulnerable y ese ideal llamado justicia y está acompañada por una leyenda, “una justicia más cerca del pueblo”, que resume aquel concepto que describe la fiscal.

En el camino, algunas veces ha sido testigo del fracaso de la ley para conseguir soluciones justas, pero también ha tenido triunfos en pequeñas batallas que seguramente la llenan de satisfacción, como el testimonio de ese pescador entrado en canas, con el rostro ajado por el sol y los años que la llevó a través de ríos y riachos del delta hasta una quinta que había sido un centro clandestino de detención durante la dictadura; recibir el reconocimiento de las mujeres rescatadas de redes de trata o el llanto emocionado de víctimas de violencia de género por la contención y el apoyo.

Una chica de provincia

María Josefina Minatta es una de cuatro hijos de padres nómades: nació el 22 de octubre de 1978 en Gualeguay, un poco por casualidad y otro poco porque su madre, una profesora de literatura que había nacido en la tierra de los poetas entrerrianos, así lo quiso. Pudo haber sido en Feliciano, Federal, Concordia, donde también vivió y adonde siempre vuelve, o en cualquier otro punto del mapa al que fuera trasladado su padre, un veterinario del Senasa, entre los primeros ochenta y los tormentosos noventa.

En algunos momentos de la charla permite que le radiografíen las entrañas de su intimidad… pero solo cuando ella lo dispone. Se presta a compartir una mañana de trabajo y prefiere escapar a los rigores de una entrevista formal. Incluso la conversación discurre entre las actividades diarias de la fiscalía, cortada por un zoom en el que analiza estrategias que le permitan encarrilar la investigación por los vuelos de la muerte en el delta entrerriano y se afloja una vez que la cinta del viejo grabador deja de correr.

La puerta de la oficina permanece todo el tiempo abierta y en la charla se mezclan las voces de los estudiantes del histórico Colegio Superior del Uruguay Justo José de Urquiza que asoma enfrente.

Mientras habla –siempre mirando a los ojos–, mueve las manos de dedos regordetes y uñas esmaltadas en rojo. A la cara le llegan rebotes de luz en las paredes blancas y le alimentan los ojos.

La charla se acomoda a un ritmo diferente, a un presente atravesado de recuerdos que van y vienen con cierto frenesí: la infancia en Federal, donde andaba “libre como pájaros en un lugar que era como un pueblito”; la nostalgia por la vida en el campo y una decisión que marcó su destino: Yo pensaba estudiar agronomía porque mi infancia había sido siempre en contacto con la naturaleza. Mi papá era veterinario, mi abuelo y mi tía eran ingenieros agrónomos y siempre tuvimos mucha conexión con la tierra y la naturaleza. Mi papá nunca fue militante pero tenía algunas cosas muy claras: por ejemplo, nunca en su vida usó agroquímicos. Recuerdo que cuando íbamos al campo veíamos carteles al costado de la ruta que decían “peligro paratión”, que es un tóxico que después fue prohibido en la Argentina, y papá siempre se quejaba de la irresponsabilidad de esa gente que lo usaba en las plantaciones de naranjas. Estaba a favor de la biodiversidad, hizo lombricultura desde toda la vida, abonaba la tierra con compost orgánico, así que yo tenía eso muy internalizado y me parecía que podía ser el camino. Pero cuando se los planteé a mis viejos intentaron disuadirme para que no lo hiciera porque era mujer y la iba a pasar mal en ese mundo. Entonces hice un test de orientación vocacional y estaba entre sociología, antropología, abogacía y decidí por abogacía.

Con las patas en el barro

A los 18 años, y en los estertores del menemismo, la chica de provincia, de clase media, desembarcó en la metrópolis. “Vivía en un pensionado que se llamaba El Centavo, con otras ochenta chicas del interior, sin televisión y con la plata recontra justa. Era una época muy dura porque todo el tiempo recibíamos noticias que al papá de alguna chica lo habían echado, que otro se había quedado sin trabajo o que lo jubilaban”, recuerda.

Mientras hacía la carrera, trabajó como telemarketer en una empresa de medicina y fue preceptora en el Colegio Carlos Pellegrini. Paralelamente, hizo trabajo social y de escolarización en la Villa 31, Barrio Cildáñez o Ciudad Oculta y recibió por eso el reproche de algunas tías que hubiesen preferido verla en Patio Bullrich y “no ahí donde te llenás de olor a humo”.

Se inició en la profesión en un estudio al que recuerda como “una especie del under jurídico porteño”, en el que confluían distintos abogados que resistían a los noventa, y después fue convocada por Alberto Bovino, abogado reconocido, master en derecho, consultor internacional en materia de reforma del sistema judicial y derechos humanos y crítico de la administración de justicia.

Josefina tiene maestros, o referentes, y no terminales políticas. Así los define cuando se le pregunta. Son varios: el historiador y ensayista Norberto Galasso, con quien estudió la historia de la deuda externa e hizo cursos de formación más allá del derecho; Alberto Bovino; y docentes como Eugenio Zaffaroni, Daniel Rafecas, Lucila Larrandart, Cristina Caamaño y Alberto Binder, que le aportaron “una mirada crítica dentro de la formación conservadora” que ofrecía la UBA (“no es que hice la carrera tratando de zafar sino que intentaba elegir sus cátedras, los buscaba, y me lo agradezco enormemente porque son referentes que me marcaron muchísimo”, dirá). El de Alejandra Gils Carbó es otro nombre que no puede faltar. El vínculo nació en 2012, cuando ella trabajaba en el área legal de la Unidad de Información Financiera (UIF) y Gils Carbó la convocó para sumarse a la Procuración General de la Nación. “Me hizo una entrevista que fue como rendir un examen porque me preguntó sobre criterios y cuestiones jurídicas”, recuerda hoy. Su curriculum dice que fue prosecretaria y subsecretaria letrada, en ambos casos por concurso, pero no que tenía su escritorio en una oficina contigua a la de la procuradora ni el nivel de confianza que fueron construyendo a partir de la responsabilidad que implicaba revisar cada uno de los dictámenes que hacían los otros procuradores para contarle a Gils Carbó de qué iba la cosa antes de remitirlos a la Corte Suprema, o hasta proyectarle sus propios dictámenes. Admite que esa sí “era una tarea mucho más de escritorio”. Al principio abarcaba distintos temas, pero con el tiempo se quedó solo con los asuntos penales y así estrechó también la relación con Eduardo Casal, el procurador interino.

Una foto

En un punto, Minatta parece una típica trabajadora judicial, se cuida de no inmiscuirse en el fango de la discusión política, del cual nadie sale indemne. Ella lo sabe, lo padeció. Le causa gracia el mote de kirchnerista que le han puesto y aclara que si alguna vez tuvo militancia política fue cerca de Franja Morada (“de hecho estuve afiliada durante mucho tiempo al partido radical”, dirá en otro momento), allá lejos, cuando estaba en la universidad y el gobierno de Carlos Menem introducía la posibilidad de establecer restricciones para el ingreso y el arancelamiento de la educación pública.

Aquella es una mochila que carga desde hace años, cuando los diarios y portales viralizaron una foto que la mostraba exhibiendo una remera que decía “Argentina o buitres”, durante una disertación que dio Domingo Cavallo en un foro sobre política monetaria que había organizado la Universidad Católica Argentina (UCA). El 22 de agosto de 2014, “el gran diario argentino” publicó una noticia titulada Dos funcionarios K participaron del escrache a Cavallo. Una de ellas era Josefina Minatta, que ya se desempeñaba como subsecretaria letrada de la Procuración General de la Nación. Clarín estaba desde hacía años en una guerra abierta contra el Gobierno nacional y tenía cuentas por cobrarle a Gils Carbó desde que era fiscal ante la Cámara en lo Contencioso Administrativo y bloqueó la fusión de Cablevisión con Multicanal. Y las esquirlas la salpicaron.

En ese momento, Josefina integraba una agrupación que se llamaba Colectivo por la Justicia Social, que era un espacio de pensamiento crítico que, entre otros temas, estudiaba la criminalidad económica. Era hipercrítica de Cavallo por su rol durante la última dictadura, por la estatización de la deuda privada y por su política económica en los noventa. “Nos parecía muy loco que Cavallo estuviera dando cátedra sobre cómo debía salvarse la Argentina y decidimos asistir a la UCA para interpelarlo desde un lugar intelectual. Ese día, por ejemplo, propuso la dolarización de la economía bajo un modelo similar al de Ecuador y cuestionó que la Argentina no tomara deuda externa. Son dos cosas que a mí siempre me parecieron modelos que dejan a los países sumidos a los mandatos externos y con poca capacidad de autodeterminación. Lo que pasó fue que llegué tarde y no había visto los huevazos que le pegó Quebracho; y durante la disertación queríamos hablar y no nos dejaron porque dijeron que solo lo haría el ex ministro. Quedamos pegados a una situación que había provocado Quebracho y la prensa lo tomó como algo mucho más violento de lo que verdaderamente fue”.

-¿No te arrepentís?

-No me arrepiento porque la prensa debería cuestionarse el modo en que comunicó lo que pasó, y si me preguntás si me arrepiento de haber cuestionado ese tipo de políticas, como las que pregonaba Cavallo, por supuesto que no.

Internet no perdona ni olvida y cuando Cristina Fernández mandó su pliego para la fiscalía federal de Concordia, el senador Alfredo de Angeli sacó aquella foto del cajón para oponerse a su designación. Dijo que existían dudas sobre su imparcialidad, que había “demostrado públicamente ser una militante” y que “su actitud intolerante frente a alguien que piensa distinto es un rasgo preocupante que no nos asegura la objetividad que queremos para la justicia en Entre Ríos”.

Aquel episodio obturaba que había obtenido el puntaje más alto en los exámenes escrito y oral (45 puntos sobre 45 en cada prueba) e incluso desechaba las consideraciones del tribunal evaluador que había valorado “la claridad expositiva, la seguridad, la firmeza y la convicción expresada lo largo de toda la exposición, lo cual aportó persuasión a la argumentación y logró situar claramente a la concursante en el rol del cargo al que aspira”. Ni el título de mediadora ni sus especializaciones en magistratura y en derecho penal, tampoco que hubiera cursado estudios en la Universidad Georg-August de Göttingen (Alemania) y en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Su recorrido se redujo a una foto.

Ella no lo dice pero aprendió de esa experiencia que el mundillo de los medios es un ring al que la subieron sin siquiera un escarbadientes con el cual defenderse; y también que si no establece un vínculo con “la prensa”, la verdad la cuentan otros. Su estrategia puede resumirse así: charlas en off, hablar con todos sin distinción de línea editorial, hacer síntesis de prensa, explicar las resoluciones y elegir las entrevistas con microscopio.

Entre libros, uno propio

Volvió al pago chico a finales de 2017, más de veinte años después de haberse ido, agobiada por el cemento y el stress que propone Buenos Aires, con una pareja, a quien solo presenta como Nico, “contador y músico”, y tres hijos; ya como fiscal federal de Concordia pero a Concepción del Uruguay. La fiscalía de Concordia no había sido puesta en funcionamiento y sigue en lista de espera. Pudo haber sido cualquiera de los otros destinos que le proponía el concurso: Esquel, Neuquén, Río Gallegos, Victoria, Corrientes, Puerto Iguazú, Venado Tuerto. Donde sea, pero lejos de la capital. Si le hubiesen preguntado, tal vez habría elegido Neuquén.

Pero Josefina cree que no hay diferencias fundamentales en su manera de vivir cualquiera sea el lugar donde se encuentre: juega al tenis desde los 6 años –también su pareja e hijos–, anda por la ciudad en bicicleta, sigue volviendo al campo y de vez en cuando se escapa a San Martín de los Andes, de donde es Nico. También ha retomado el hábito de escribir (“poesía, cuentos”, dirá ella), es habitué a los talleres literarios (hizo uno con Hugo Correa Luna, considerado un “escritor secreto” y maestro de muchos escritores; y ahora participa de un taller de poesía a distancia con Mariana Kruk y otro con la reconocida escritora entrerriana Marga Presas en el espacio cultural Alquimistas 222) y acaba de publicar Cubana, sello verde, un libro de cuentos, “casi todo policial, sobre algunos hechos que viví o casos que me tocó llevar adelante y consignas que surgieron del taller”. En la casa de la hija de una profesora de literatura no faltan libros: “Leo un montón, de todo y de los autores que se te ocurra. He ido variando con los años, pero de los clásicos, Neruda me parece hermoso, nunca me aburre; Armando Tejada Gómez, Abelardo Castillo; las mujeres que han irrumpido en el mapa literario, como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Selva Almada; e irlandesas, como Claire Keegan, Edna O’Brien”.

Mientras tanto, se reconfigura. Sabe que los problemas del sistema judicial son obvios y son muchos, y que los resultados de esos problemas también son obvios: descreimiento e incapacidad para resolver los problemas sociales. “Han pasado cosas muy terribles puertas adentro del Poder Judicial como para pretender que siga siendo una institución prestigiosa. En nombre de la justicia se han hecho cosas verdaderamente vergonzosas, como el nombramiento de dos jueces por decreto o que tengamos que discutir el lawfare. La politización de la justicia y la judicialización de la política son dos prácticas que hay que desterrar porque desprestigian a ambas. Hace falta un cambio enorme en la composición judicial porque es totalmente clasista. En el Ministerio Público, por ejemplo, se implementó el sistema de ingreso democrático, que permite el ingreso de personas con un mínimo de capacitación y asegura una composición más heterogénea; también los Atajo, que son oficinas que se encuentran en los barrios periféricos y cuentan con un servicio de atención que es similar al de una fiscalía, y eso hace que los operadores judiciales nos demos un baño de realidad, porque muchas veces pasa que estamos pensando desde una teoría que no tiene nada que ver con lo que pasa en la calle”. Una definición que vuelve al cuadro en la pared: “Una justicia más cerca del pueblo”.

Por: MARTÍN GERLO

El gigante dormido

La aparición de un banco de arena en las aguas del río Paraná, hace ocho décadas, entreveró en las páginas de los diarios locales las plumas de Amaro Villanueva y Juan L. Ortiz, quienes polemizaron en torno a esta novedad llamada a modificar para siempre el paisaje que la naturaleza nos regala diariamente a paranaenses y turistas. Corrían los últimos meses de 1944 y la bajante histórica del año anterior había comenzado a mostrar los primeros rasgos de ese “paréntesis” emplazado frente al Puerto Nuevo, un “forúnculo” en las aguas que constituyó el primer rostro de lo que hoy conocemos como el Islote Municipal.

Mientras Villanueva celebraba la novedad, su amigo Ortiz pedía directamente destruir ese flamante espacio a través de dos artículos periodísticos, uno de ellos con un título bastante gráfico, que funcionaba a la vez como una alusión indirecta a las autoridades políticas: No sirve para nada, estorba, y nadie lo puede sacar. Así justificaba el poeta, desde la ribera rosa y dorada, su malestar: “Aquí se trata de la simple belleza de una bahía que no admite, nos parece, ningún paréntesis”.

El tiempo, sin embargo, parece haberle dado la razón a Amaro: vencida la resistencia inicial, hoy el islote es parte insustituible del paisaje costero y se consolidó como un importante atractivo turístico, conjugando la naturaleza con el impulso social y estatal a este enclave fluvial que ofrece una maravillosa vista de la ciudad.

Pasaron los años y la fisonomía urbana y las costumbres fueron mutando. Algunos espacios se recuperaron y otros cayeron en desuso, como el enorme predio del Puerto Nuevo, que hoy es motivo de debate y está en el centro de los proyectos para recuperar un importante sector del borde costero. La actividad del hombre en el dragado y la navegación, parte fundamental en la constitución del islote, fue declinando desde su auge a mediados del siglo pasado hasta la actualidad, abriendo varias preguntas y planteando una serie de desafíos.

¿Qué hacer con los terrenos ubicados en el Puerto Nuevo? ¿Cuáles son los proyectos para recuperar el espacio y qué objeciones encontraron en el camino? Estos son algunos de los interrogantes que llevaron a Cicatriz a proponer esta nota, como un aporte mínimo para pensar el futuro de este lugar privilegiado de Paraná.

Hoy, lamentablemente, ya no tenemos las plumas de Villanueva y Ortiz para enaltecer una amistosa polémica sobre el destino que debería darse a los terrenos del Puerto Nuevo. A pesar de ello, la mayoría de los paranaenses tiene una posición tomada sobre el tema, que en los últimos años copó las sobremesas, los foros de debate y llegó al Congreso de la Nación. En medio de las preguntas sobresale una certeza: hay mucho por hacer y este asunto, casi con seguridad, formará parte de la agenda de la próxima gestión.

Una decadencia color ocre

Hace más de una década, en una crónica que repasaba la historia y el presente de este emblemático sector de la capital entrerriana, Jorge Riani escribió: “La decadencia es de color ocre. En Paraná se la puede ver, tocar y lamentar en su sitio cerca del río, entre los yuyos que no alcanzan a imponer su verde en un paisaje de óxidos y abandono. En esa porción de la ribera paranaense está contada la historia del país”. La foto que describe el autor, excepto algunas variaciones en el entorno, es casi la misma que vemos en la actualidad. Desde entonces, la Sala Mayo fue refuncionalizada, se avanzó con la apertura de calles laterales y la Escuela Número 100 “Puerto Nuevo” inauguró su renovado edificio, por mencionar algunas obras que mejoraron la zona. Sin embargo, a pesar de las múltiples iniciativas, el impulso estatal y los debates que fueron contagiando a distintos actores de la sociedad civil, es poco lo que se avanzó para la recuperación del Puerto Nuevo. La media sanción del proyecto que transfiere los terrenos a la Municipalidad es, quizá, el hito más importante en esta línea, un primer paso imprescindible pero insuficiente para encarar el proceso de refuncionalización, que seguramente llevará mucho tiempo.

El 24 de noviembre de 2022, la Cámara de Diputados de la Nación le dio media sanción a la iniciativa que dispone el traspaso a favor de la Municipalidad de Paraná del terreno denominado “Delegación Paraná Medio”, ubicado en el puerto de la capital entrerriana, para la reutilización y puesta en valor del predio a través de un proyecto que permita un uso público del espacio y el desarrollo de su “potencial urbano, paisajístico, cultural, turístico y ambiental”. Fue con 209 votos afirmativos y tres negativos. La propuesta comenzó a gestarse por impulso de la ex diputada nacional Mayda Cresto, a la cual se sumó luego un proyecto similar de la diputada Blanca Osuna.

Durante la defensa que realizó en el recinto, Osuna propuso una modificación al proyecto y resaltó que “las transferencias en zonas portuarias se han transformado muchas veces en lugares preciados de negocios inmobiliarios”, asegurando de inmediato que “no va a ser este el caso”. Con esta aclaración y algunas modificaciones al texto se buscó calmar los ánimos de trabajadores del sector y ciudadanos nucleados en la Asamblea Vecinalista, que pusieron reparos a una iniciativa que, temen, podría privatizar o restringir –aún más– el acceso público al paseo costero. Desde la otra vereda señalan su estado actual, la falta de uso y las oportunidades que se pierden con el abandono.

El predio en cuestión, que supera los 30 mil metros cuadrados, se encuentra ubicado sobre calle Santiago de Liniers 395, en la zona portuaria de la capital entrerriana. La ex diputada Cresto habló en su proyecto de una “indefinición” en el uso de esos terrenos y del acceso vedado al público, situación que podrá revertirse si el espacio pasa a dominio de la Municipalidad, que le daría un uso turístico y social. Desde el Ente Mixto de Turismo de Paraná (Empatur) acompañaron la iniciativa porque entienden que “la modernización y la readecuación edilicia brindarían un espacio que fortalecería los atractivos costeros de la ciudad para los paranaenses y los visitantes”. En una carta publicada en 2021, cuando comenzó el tratamiento del proyecto de ley, los integrantes de la organización que nuclea a actores privados y estatales argumentaron su apoyo: “La ubicación geográfica del inmueble y su significado histórico le otorgan un gran potencial a nivel urbano, paisajístico, cultural, turístico y ambiental, siempre y cuando las obras futuras que se propongan no modifiquen a grandes rasgos las condiciones naturales y estructurales del lugar”.

Inversión y generación de empleo

Marcelo Barsuglia, presidente de la Asociación Empresaria Hotelera Gastronómica de Paraná y miembro del Empatur, cree que es necesario, primero, “saber bien qué se va a transferir” y a partir de allí llegarán las propuestas para la refuncionalización y explotación de los espacios. Remarca, en este sentido, que el proyecto es complementario a la extensión del borde costero, con la integración peatonal hacia Puerto Sánchez y la conexión con el balneario Thompson. “El lugar es sumamente atractivo, sobre el río, con una vista hermosa de la ciudad. Vendría muy bien”, señala.

La recuperación de este “cementerio de chatarra”, considera, podría albergar distintos emprendimientos para potenciar la zona: “Es un lugar que comprendería la gastronomía, la hotelería, un centro cultural. Completar lo que hoy tracciona la Sala Mayo e integrarla a este complejo nuevo. En Santa Fe, por ejemplo, se ve cómo va creciendo la zona del puerto, es un proyecto ambicioso, con un desarrollo importantísimo. Incluso ahí tienen viviendas. Paraná tendría que estar en esa escala de ciudad”, compara.

Barsuglia no coincide con quienes se oponen a la iniciativa alegando una presunta privatización del borde costero, y pone como ejemplo la reciente concesión de un bar en la zona: “El Ente, a través del directorio, formó una comisión para concesionar el bar donde está la Sala Mayo. Se eligió la mejor propuesta, la más seria. El Ente sabe cómo debe actuar; no va a participar de ningún tipo de negociado. Lo que queremos es que se brinde el espacio para que haya inversión privada, que se generen puestos de trabajo”, subraya, poniendo como ejemplo ese mismo emprendimiento que al momento de su apertura generó 30 nuevos empleos: “La gastronomía es una actividad de rápido empleo. El shopping nuevo también le va a dar otra escala a la ciudad, y ahí hay otros 700 trabajadores. Son todos puestos genuinos”, concluye.

Cabe remarcar que, en campaña, el entonces candidato a intendente de Juntos por Entre Ríos Emanuel Gainza tomó el tema en una tónica similar: “Acá podrían generarse cientos de puestos de trabajo”, fue el título del banner con el cual lanzó su plan para toda la zona del Puerto Nuevo. “Tenemos la firme decisión política de convertir este lugar en un polo turístico, gastronómico, cultural y de servicios para el beneficio de todos los paranaenses”, dijo en aquella oportunidad, en la cual también hizo saber que le había pedido al Senado que avance para lograr la media sanción que restaba.

Lamentablemente, la exasperante inacción de la Cámara alta nacional durante casi todo el año le quitó espesura al debate, que había ganado lugar en la agenda pública local a fines de 2022 y que, probablemente, volverá a un primer plano durante la próxima gestión.

Edificios, galpones y chatarra

El proyecto que busca convertirse en ley promueve la transferencia de los terrenos al municipio con dos objetivos innegociables: garantizar el libre acceso y circulación y respetar el patrimonio arquitectónico y cultural, enmarcándolo en la recuperación del borde costero –que en el tramo total en consideración posee 3,5 kilómetros de extensión– y la construcción del nuevo edificio de la Escuela Número 100 en esa zona.

El predio total posee un área de aproximadamente 30 mil metros cuadrados, hoy “inaccesibles para la comunidad”, con una dársena, un edificio administrativo de valor patrimonial, galpones y talleres en desuso. Se menciona que el conjunto edilicio comenzó a construirse en 1905, un año después de la habilitación del Puerto Nuevo, y se precisa que allí hay 5 mil metros cuadrados de superficie cubierta “diseminados en los distintos agregados edilicios”, junto a 25 mil metros cuadrados de áreas descubiertas y 17 mil metros cuadrados del espejo de agua de la dársena.

La iniciativa señala distintos antecedentes, entre ellos el convenio suscripto por la Municipalidad en los últimos días de gestión de Sergio Varisco con la Agencia de Administración de Bienes del Estado, y abunda en fundamentos sobre la importancia de revitalizar este sector que “actuará como generador de una nueva centralidad urbana”.

A los fines del traspaso, el predio de la Delegación Paraná Medio sería subdividido en 16 sectores: el edificio más emblemático, de la Dirección Nacional de Vías Navegables, que posee unos 2 mil metros cuadrados y tiene un estado de conservación “excelente”, no se intervendría y continuaría con el uso actual. Hay un conjunto de edificios –dos galpones y dos casonas– que suman unos 4 mil metros cuadrados y serían destinados a emprendimientos gastronómicos, comerciales, hotelería y sala de exposiciones. Otra subárea de más de 6 mil metros cuadrados –compuesta por cinco galpones– sería destinada a “eventos de gran escala, conferencias, exposiciones, recitales, salas para actividades culturales, talleres aplicados” y un Museo del Puerto. Además, otros dos galpones y dos casonas, de más de 4 mil metros cuadrados, tendrían un uso privado, destinados a oficinas, comercios, locales gastronómicos y desarrollo inmobiliario, especificando que el área exterior será de circulación pública y que la edificación prevista tendrá un máximo de cuatro pisos. La zona más cercana al río, de más de 2 mil metros cuadrados, se menciona como un “hito de referencia urbana” con conexiones peatonales y accesos “independientes desde la rotonda existente” al final de la calle Claudio Fink, y está también prevista allí la explotación para emprendimientos gastronómicos. Por último, un sector de 4 mil metros cuadrados ubicado frente al conjunto edilicio, por detrás de su fachada más conocida y cerca del nuevo edificio de la Escuela Número 100, tendría destino privado, para desarrollar estacionamientos y proyectos inmobiliarios.

Las objeciones

El saludable consenso que en tiempos de grieta unió las visiones de dirigentes de distintas fuerzas políticas no se extendió, sin embargo, al interior del movimiento que comandaba los destinos de la ciudad, la provincia y el país.

El dato pasó casi desapercibido, pero desde el propio oficialismo se alzaron voces contrarias a la iniciativa: algunas horas antes de que el Congreso tratara el traspaso de los terrenos, un grupo de legisladores provinciales del peronismo presentó un proyecto en la Cámara de Diputados de Entre Ríos donde expuso objeciones.

La iniciativa, con la firma de Julio Solanas (Frente Creer), manifestaba su oposición mediante un rodeo: declaraba su “opinión favorable” a que se incorporaran “criterios de desarrollo científico, tecnológico y productivo, relacionados con la actividad fluvial y la industria naval, y de preservación cultural y ambiental, en posibles proyectos vinculados al área del Puerto Nuevo de la ciudad de Paraná” y pedía que se asumiera “una perspectiva federal y soberana sobre el río Paraná en el marco estratégico de la vía navegable natural que se extiende a través de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, que permite la comunicación entre los puertos de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay”.

Se trata de una iniciativa que contó con el acompañamiento de los diputados provinciales Jorge Cáceres, Sergio Castrillón, Juan Pablo Cosso, Mariano Rebord, Paola Rubattino, Leonardo Silva y María del Carmen Toller, todos oficialistas, pero ninguno oriundo de la capital entrerriana.

El proyecto, que ingresó el 22 de noviembre del año pasado, tomó estado parlamentario al día siguiente y fue girado a la Comisión de Comunicaciones y Transporte, donde no avanzó. Sin embargo, dejó plasmadas algunas de las objeciones que se lanzaron desde sectores gremiales y de la sociedad civil: “Si bien es cierto que la inversión privada es un motor fundamental para el desarrollo, que las iniciativas orientadas a la explotación turística forman parte de una mirada integral respecto de las potencialidades de la ciudad, no lo es menos que determinados recursos naturales y materiales deben ser preservados y desarrollados con una perspectiva soberana y estratégica”.

La idea de recuperar los terrenos impulsada por el intendente Adán Bahl contó con el decidido respaldo en el Congreso de la ex intendenta Osuna. Cabe recordar que, durante su gestión, el radical Sergio Varisco también impulsó esta iniciativa, marcando una continuidad no muchas veces vista. La opinión contraria de Solanas, otro ex presidente municipal, fue en cambio una voz disonante: “El área del Puerto Nuevo demanda un estudio de sus potencialidades que considere su valor social, económico, estratégico, cultural y ambiental, explorando sus posibilidades como espacio de uso público y para la navegación, poniendo el acento en su desarrollo como polo científico, tecnológico y educativo, y su capacidad de generar empleo”, agregaba el actual diputado provincial.

En ese sentido, la iniciativa que lleva la firma de Solanas pedía la participación del Sindicato del Personal de Dragado y Balizamiento en las propuestas que se planteen respecto del destino del puerto de Paraná, algo que “es fundamental, por su conocimiento y experiencia en la temática”. Asimismo, sostenía que “no debe perderse de vista la importancia que tiene la Dirección Nacional de Vías Navegables desde una perspectiva soberana sobre nuestras aguas en el curso del Paraná Medio”.

El gremio en cuestión fue uno de los principales actores que se movilizaron en contra de la iniciativa. Cicatriz buscó recabar alguna opinión del sector, pero desde el sindicato prefirieron no volver sobre el tema en un año electoral. Otro sector que sumó críticas al proyecto fue la Asamblea Ciudadana Vecinalista. “Defendemos el espacio público, estamos convencidos de que hay que resguardarlo para la ciudadanía y que hay que darle vida”, sostuvo a fines de 2022 Alicia Glauser, quien destacó la necesidad de “rescatar los talleres del puerto, recuperar la maquinaria, enseñar oficios en escuelas no formales, reflotar el dragado y rehabilitar el puerto”. En este sentido, Glauser denunció: “Han dejado caer toda esa zona para entregársela a empresarios, al mercado inmobiliario y privatizar todo. Van a lotear todo y quedará en manos de grandes capitales”.

No hubo, desde entonces, un acercamiento entre ambos sectores: quienes se oponen y aquellos que bregan por el desarrollo del puerto. El debate, seguramente, se retomará cuando los terrenos estén efectivamente a disposición de la Municipalidad y se pongan a consideración los proyectos para la zona.

Romper la inercia

Blanca Osuna pide analizar este tema desde una mirada integral, pensando en el acceso ciudadano al borde costero y ateniéndonos a la “identidad, sentido de pertenencia e identidad paisajística” que hacen a la zona de la ribera en Paraná. Como intendenta, impulsó la apertura de calles en la zona y destacó haber peleado por la construcción del nuevo edificio de la Escuela Número 100; como diputada, más recientemente, fue autora del proyecto de ley que obtuvo media sanción para transferir los terrenos a la Municipalidad. Cree que el peronismo seguirá teniendo en agenda iniciativas para revitalizar el borde costero y discrepa con algunos “compañeros” que han “distorsionado” el espíritu de todos los proyectos urbanos para la recuperación de espacios públicos.
“A mí me cuesta restringirme, más allá que lo del Puerto Nuevo requiere un abordaje específico. Acotar solo a lo del puerto limita algo que para mí tiene gran peso en la identidad. Es un ámbito geográfico con mucho despliegue en términos de superficie. Yo siempre lo he entendido desde esa perspectiva. Y creo que no en todas las gestiones, pero sí en muchas, se ha entendido así”, subraya en diálogo con Cicatriz.

Osuna hilvana algunos intentos, como el de recuperar los terrenos ribereños que hoy están en manos de clubes, con la apertura de calles, la regularización de los dominios de propiedad y la extensión del paseo costero, para lo cual sería necesario avanzar con la conexión entre el Puerto Nuevo y la zona de Puerto Sánchez, hoy unidos por un paseo peatonal muy precario. Sin embargo, pone el foco en lo difícil que ha sido avanzar: “Fueron tremendas batallas, y parecen cosas simples de hacer. Hay una inercia de no mover, de mantener el status-quo. Son cuestiones que son necesarias transformar”.

La diputada cree que hubo “voces críticas” que, “sin conocer a fondo el tema, distorsionaron el sentido del proyecto”. Se refiere a algunos planteos que vinieron desde el ámbito político y gremial, en ambos casos vinculados al propio peronismo, como así también a las objeciones de sectores ciudadanos: “Tengo muy presentes planteos absolutamente distorsionados, aludiendo a un ataque a intereses vinculados a la defensa del río. No estaba en el espíritu del proyecto, de ninguna manera, y muchísimo menos en los fundamentos ideológicos. Más allá de que toda acción sobre espacios públicos requiere de un resguardo permanente”, lamenta. En este sentido, alude a esa “inercia” negativa que impide darle forma a algunos proyectos: “Algunos creen que es mejor que las cosas sigan como están. Y la verdad es que eso conspira contra los intereses de los trabajadores, del río y sobre todas las cosas contra el goce y el derecho de los ciudadanos paranaenses”, cuestiona, dejando un crudo diagnóstico para el final: “Hoy, el estado del lugar, la desatención y el desguace duelen. Y da vergüenza”.

Por: JORGE RIANI

Geniales y olvidadas

Ana María Garasino, María Ruth Fischer y Carmen Segovia García fueron tres escritoras que se hacían espacio entre las mesas de intelectuales de la Entre Ríos de mediados del siglo pasado. Las producciones de cada una de ellas fueron de una regularidad sostenida a lo largo de los años y llegaron a tener una fructífera extensión. Eran conocidas en otros países y contaban con la amistad epistolar de personalidades como Miguel de Unamuno o Juana de Ibarbourou, por ejemplo.

Les pasó como a algunos otros escritores que llegaron a iluminar fuertemente con su literatura, pero cuyos escritos iban a circular cada vez menos por el cruel paso del tiempo.

Estrellas en el firmamento

Firmamentos y poetas. Estrellas que brillan y otras que se apagan. Sobre eso hablamos cuando nos referimos a los autores, a los escritores y escritoras que salieron de esta provincia. En una nota que antecede a esta, en la anterior edición de Cicatriz, hablamos sobre el fenómeno de centralidades poéticas que fueron apagándose con el dramatismo con que merece verse apagar una galaxia en el inmenso mundo o desaparecer una isla en el enérgico devenir del río.

Cuando uno habla de las escritoras olvidadas de la literatura se instala una duda sobre los motivos de esa desaparición, y vale preguntarse si fue por una cuestión de género o si habrá sido por una cuestión del paso generacional.

Ana María Garasino, en términos de acciones para permanecer en el tiempo, ha sido más avanzada que las otras escritoras. Se puede decir de otro modo: Ana María editó su obra sin tantas demoras, superadas las vallas que, a ella y a las otras, le imprimió la matriz del momento. Y con su producción fue por imprentas y editoriales. De todos modos, es oportuno considerar que los pliegos cosidos de Nueva Impresora, los libros, no evitaron que el tiempo la tratara a ella como a sus colegas.

Garasino, Fischer, Segovia García hoy son escritoras conocidas solo por una élite. Decimos élite para indicar las dimensiones diminutas que ocupan sus devotos en el mundo general de los lectores, es decir, dentro de quienes consumen literatura. Esa élite no es necesariamente elitista. Por el contrario, no sería difícil encontrar devotos de estas escritoras que quisieran ver cómo crece esa comunidad; que por conocerlas, por haberlas leído, quisieran que su obra se multiplique y eso sea gozado por otros y otras y más personas de estos tiempos y de los que vengan.

Vaya a saber para quiénes escribieron estas mujeres. Quizás, siguiendo la pulsión de muchos autores, de muchas autoras, escribieron para sí mismas. Y que veían como un regalo extra que una comunidad de lectores gozara de sus producciones, al leerlas, como disfrutaron ellas al escribirlas. Hablamos de tres décadas de esta provincia: 1940, 1950, 1960.

Pero un día, por esas cosas hechas a escala de provincia, más aún, de aquella provincia lejana en décadas, esa literatura se agotó materialmente. ¿Dónde pueden acudir la lectora y el lector de esta nota para conocer su obra?

Juan L. Ortiz es de una singularidad extraordinaria, de una genialidad enorme, porque logró conmover con su poesía a una generación a la que el propio poeta no alcanzó a ver ni siquiera en estado embrionario. Eso hizo posible que muchos artistas, en otras disciplinas, como Carlos Negro Aguirre en música, o Gito Petersen y Maxi Sanguinetti en dibujos, por ejemplo, vieran en él algo para prolongar en el tiempo. Hay mucha gente que avivó la llama de Ortiz.

Cuando llegó la democracia y los municipios abrían centros culturales y la palabra taller dejaba de pronunciarse para referirse exclusivamente a un lugar donde se arreglan vehículos, Paraná abrió un centro cultural y lo llamó con el nombre del escritor del río. Hubo una serie de circunstancias que hicieron a la trascendencia de Juan L., más allá, claro está, de su genio literario. Hoy, uno puede seguir leyéndolo en libros que huelen a nuevo. Como los de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner).

Una de esas circunstancias para esa permanencia o ese resurgir, seguramente haya sido que la ensayista Claudia Rosa y la escritora Celeste Mendaro fueran jóvenes cuando llegó la democracia y muchas páginas en blanco esperaban sus escrituras. Ellas las llenaron con Juan L.

La arqueología literaria

Matías Armándola, acaso jugando con el destino que pareciera que le trazó su apellido, está armando un rompecabezas con otros autores y otras autoras que tuvieron menos planetas alineados a su favor. Para eso, no alcanza con ir en busca de las piezas. Esto es, revisar archivos, hablar con familiares sobrevivientes, rastrear en álbumes de recortes y fotografías que resultan cada vez más extraños en el seno de sus propias familias según van pasando las generaciones.

El joven ha tenido que estudiar a la par de conseguir las piezas. Decimos esto porque la tarea que desempeña es muy minuciosa, no solo en las publicaciones, sino en una fuente que todo investigador codicia: las cartas, la cantera epistolar, con sus definiciones, sus giros poéticos, sus relevantes remitentes y sus destacados destinatarios, con sus caligrafías y sus revelaciones.

La proximidad de Cicatriz a la persona y el archivo de este estudiante, nos ha permitido conocer, por los intervalos de las charlas periodísticas que se llenan con más charlas reflexivas sobre las letras y sobre la historia, que en las editoriales de la región están al tanto de sus investigaciones.

De hecho, Comarca nodriza, de María Ruth Fischer, se reeditó recientemente, a partir del esfuerzo de Azogue Libros y la Editorial Municipal de Paraná, que tomaron contacto con el investigador, y permite ilusionar con un rescate global de toda esa literatura.

Las investigaciones, casi digamos el trabajo de arqueología literaria que está haciendo Armándola, lo llevaron a tener listas las antologías de esas piezas perdidas en el tiempo que no habían salido como libros. Con Ana María Garasino se ha propuesto ir en busca del material desperdigado, no solo por el valor en sí mismo y la ilusión de que regrese del olvido mediante ediciones, sino también como propuesta para que otros libros de ella, lleguen a la reedición.

Garasino es una escritora fantástica. Lo sabemos porque hemos visto su estilo replicado en propuestas literarias que le sucedieron, aun cuando algún autor que haya recorrido similares giros no se haya topado con su obra.

Garasino, en su libro Historia de una expresión, catalogada como novela aun cuando los capítulos pueden ser leídos de manera independiente, bajo ese título poco prometedor que no hace justicia a la riqueza de su interior, cuenta cosas delicadas o también complejas, como el andar de una maestra a la que la comunidad escolar ha bautizado como Lechuza. Seguramente no alcanzaban las facciones de la educadora para ser llamada así. Nadie bautiza candorosamente Lechuza a su señorita, con perdón de las bellas chistadoras de la noche.

Sin más preámbulos que el trazo de su literatura, Ana María muestra –no sabemos si queriendo o sin querer, pero lo muestra– un choque social que en algún momento de la historia se ha dado en las escuelas, que casi en su totalidad eran públicas porque la educación no podía entenderse como un negocio ni como el sueño bienhechor de nadie que no sea el Estado. Aunque también había algunas pocas escuelas religiosas de señoritas, en Paraná, que tenían una puerta de ingreso al edificio para las señoritas ricas y otra puerta de ingreso para las señoritas pobres, según grita Ana María en su literatura. Por un escrito suyo sabemos que esa hipocresía institucional le ponía la sangre en ebullición.

En los relatos que involucran a Lechuza, la escritora presenta a una trabajadora que, de buenas a primeras y por orden de una política de Estado, tenía la misión de educar a una niña de la alta sociedad con los mismos libros y las mismas palabras con las que lo hacía con un niño descalzo.

Y su escritura es una delicia. Es una delicia porque toma caminos que serían trabajosos para los lectores si la escritora solo hubiera buscado hacer alarde de su magnífica destreza de manejar el idioma escrito. Ocurre que además, filigranas literarias mediante, se entiende muy bien lo que cuenta y se disfruta. Se disfruta lo que cuenta y cómo lo cuenta.

Su referencia a una ciudad fantasmal hace acordar a Juan José Saer cuando habla, precisamente, de “la ciudad”. Saer no dice Santa Fe, sino que crea un ambiente urbano al que llama “la ciudad” y que uno puede reconocer con nombre propio.

Ana María Garasino trata igual a Paraná. La cuenta. Por ahí la nombra, pero más que nada la cuenta sin ningún chifle chauvinista ni interés por documentar el paraná-de-mis-ayeres. Aunque es lindo que otros sí lo hagan, es bueno que Ana María Garasino solo se pensara como una escritora sin la necesidad de reivindicaciones melancólicas sino más bien con un compromiso literario, que implica el don de ver y la destreza de contar.

En su literatura asoma una incesante mirada social sin tonos panfletarios. Los panfletos son buenos para la trinchera, pero Ana María Garasino ha decidido hacer literatura y dejó unos libros que hoy serían motivo de codazos entre coleccionistas, si los hubiera, o de lectores.

Miren qué decía sobre esa ciudad a la que vemos y no mencionamos cuando le preguntaron sobre el ambiente en el que escribe o que describe. “Esta primera pregunta se define por sí sola con la lectura de mis obras. Yo no he podido –¡me grita en la sangre!– dejar de ser entrerriana en mi producción novelesca. Mis libros: El estanque de Siloé, aparecido en 1927; Irupé, que actualmente se publica en La Novela Entrerriana; La fusta roja (vida de provincia) y El libro de Soli (inéditos), dicen bien a las claras de mi filiación terruñera. Aun cuando esta última obra no regionaliza geográficamente el escenario como las otras, tiene la atmósfera típica de mi suelo; esa atmósfera generosa de la que no puedo apartarme, y sin la cual me parece que mis ansiosos libros morirán de asfixia”.

Así contestaba los reportajes Ana María. Imaginemos su obra. Leamos su obra. Editemos sus obras.

María Ruth Fischer buscó otros atajos editoriales, diferentes a los que buscó Ana María Garasino, e iba publicando su obra en cómodas entregas en El Diario. Hay una carta original, en las alforjas de Armándola, donde Ruth despliega su malestar contra Arturo J. Etchevehere. A Ruth se la descubre enojada, en esa misiva, con el hombre fuerte de la ciudad, con el dueño de El Diario. El hombre que además de rico era portador de una complejidad tal que lo convirtió en mecenas de las expresiones literarias de la ciudad y en comprador de obras de artes de los mejores pintores y escultores.

El Diario, por cuestiones que se analizan en un libro de reciente aparición, era un vector de cultura. Y al tiempo que hizo cultura, tomó postura política antiperonista, es decir, elitista, y aquí sí va el mote de exclusión que esa palabra, elitista, implica.

Ana María Garasino, María Ruth Fischer, Carmen Segovia García y otras escritoras que vinieron luego, como Gloria Montoya, fueron mujeres de El Diario. Y ese diario era de una complejidad tal que alcanza para que, contada su historia, se cuente a la vez la historia de la comarca cultural. El autor del libro al que aludimos, El imperio del Quijote, no vio a tiempo la dimensión del ser social, en ese mundo de tintas y de ideas, que conformaban estas mujeres escritoras de El Diario, sino hasta después de haber publicado el libro. Es una omisión que los editores, el autor mejor dicho, debería saldar en reediciones futuras, si las hubiera.

Vínculos fraternales

Marcelino Román, ese gran periodista y escritor que aprovechó su habilidad literaria para mostrar el mundo profundo que le tocó en suerte vivir, dijo algo que vale repasar en tren de hablar de las escritoras geniales y olvidadas de Entre Ríos. Escribió en 1952: “A menudo comprobamos, con mucha pena, la subsistencia de prejuicios, olvidos e injusticias, con respecto a la posición y a la obra de la mujer en la sociedad”.

“Encuentro motivos para formular acusaciones. Y comenzaré por acusarme yo mismo, por no haber trabajado con suficiente intensidad, con eficacia bastante, por el estrechamiento de vínculos fraternales entre hombres y mujeres”. Nada para agregar a las palabras de Marcelino.

Respecto de la obra de Ana María Garasino, Román se percató de que “ha merecido juicios consagratorios de más allá de los límites nacionales. Sus creaciones han tenido triunfal acogida en los principales centros culturales del continente, pero pocas veces se ha alzado en el propio ambiente entrerriano, para destacar su obra como merece”. Parece entonces que, en tiempo real ya, en vida, había como una cuesta arriba en la comarca de escritores.

Y sobre Carmen Segovia García ha querido destacar su escritura, pero también su musculatura intelectual, ofrecida como motor de una institución enorme que quienes indagan en la cultura entrerriana de hace varias décadas encuentran que fue la Agrupación Vértice. En torno a Vértice orbitaba buena parte de la intelectualidad entrerriana de aquellos años. Y ahí estaba esta escritora, Carmen, alimentando las calderas de aquellas locomotoras culturales.

Marcelino destacaba su “labor meritoria en todo sentido” e ilustró con sus acciones para bregar por “la excarcelación de un poeta caído en desgracia”. No lo nombra pero es claro que se refiere a Jacinto Ponciano Zaragoza, poeta, peronista y presidiario al que se lo conocía como el Piojo.

Sigamos con Marcelino: “Además de Ana María Garasino y de Carmen Segovia García, hay en mi tierra muchas otras mujeres plenas del fervor por la cultura, cuyo cerebro, cuyo espíritu, cuyo corazón fructifican en el arte, en las letras, en la docencia. En Paraná hay veinte, treinta, cincuenta mujeres que aunque muchas de ellas no figuren como artistas o como escritoras, han dado muestras de inquietud espiritual, de inteligencia y capacidad dignas de estímulo. Y otras muchas mujeres valiosas hay en Concordia, Concepción del Uruguay, Gualeguaychú, Gualeguay y demás centros de Entre Ríos”.

Pide Marcelino, allá por 1942, justicia para las escritoras y “reconocer que la intelectualidad entrerriana no está constituida sólo por hombres”.

Volvamos a Garasino, si es que nos escabullimos de ella, obnubilados por la preclaridad del escritor que pedía con sus letras justicia con los pobres y con las mujeres, en un tiempo en que los fascismos nublaban los horizontes.

Ana María Garasino habla de un mundo vasto, multicolor, pero que también conoce los tonos más oscuros. El mundo que vive una niña de la década de 1930 en una provincia culta, que todavía no era capaz, empero, de aceptar otros grupos sociales que no por carecer de oportunidades iban a desdeñar el concepto de mejorar a través de la cultura.

En eso llegó el peronismo. Garasino no habla estrictamente de política pero lo hace, en definitiva, cuando orienta su referencia literaria hacia “los humildes”, allá por 1947. Y habla también de las injusticias sociales y del mundo atribulado de los adultos oprimidos.

La novela de esta escritora que invitamos a venir al presente y a la que queremos, desde estas páginas, dejar de olvidar, concentra la mirada diáfana, pero profunda, de una niña. Muestra también cómo esa mirada se da de bruces con un mundo adulto, cuya existencia, advierte, está hecha también de penurias, tribulaciones y violencias.

Garasino, en ese estado del mundo, cuenta cómo su papá sufre los latigazos del capitalismo mientras sueña con un mundo mejor para su hija. No duda en describir a su padre como un “hombre blando y sumiso” y de esa manera sacarlo del lugar donde ella no quisiera verlo y por suerte no lo ve: en el lugar de los opresores.

“El esquema es frío y terrible; un alma que atraviesa el mar y a su regreso acusa: acusa impíamente sobre la honradez, porque ayer como hoy, el ingenio forense, esa clase temida de abogados que los rusos llaman ‘ablakat’ (conciencia alquilada), cuando está dispuesta a enriquecerse con el embrollo, sabe también cuando vale la pena litigar, y cómo hacer para que el proceso se alargue, aunque en él se vayan consumiendo poco a poco la tranquilidad, vida y hacienda”.

Qué dura y qué literaria. No es contra un colectivo llamado abogados sino en contra de otro llamado bandidos. Esta escritora los desafía en ese mundo de abogados, literatos, periodistas, profesores que habrán de aplaudirla por nobleza o por hipocresía. Su estrella fue fugaz. Iluminó mucho en poco tiempo. Qué interesante si se pudieran traer aquellas luces para que alumbren algunas penumbras presentes.

Ana María Garasino le da una importancia central a sus muñecas. Porque ella juega y hace justicia en ese mundo que puede manejar a su antojo. Representa el mundo adulto y trata de que su papá, en ese universo de juguete, no pierda, como el de carne y hueso pierde bajo los dictados de las hipotecas y los intereses. Al escribir sobre el mundo de fantasía infantil y sus representaciones, muestra conocer a Henrik Ibsen, el creador de Casa de muñecas, que en su tiempo se convirtió en bandera del feminismo.

Ana María es una artista. Puede relacionar sensaciones desde una sustancialidad hacia otra. Por ejemplo: un sonido, como el pito de la estación, para ella será más que un sonido. Será un tiempo. Una fotografía movediza de su infancia.

“Puedo decir que la primera sensación fue de sorpresa y espanto: el primer anuncio de agitación, de preocupación directa hacia los avisos de la vida parte, para mí, del silbato de un tren”. Así empezó uno de sus libros.

Esta escritora logró escapar de los cómodos cojines que hay en la quietud. Cojines o sillas que están al borde del camino, como dijo el cubano aquel. “Opino que el artista debe ser siempre un disconforme, un batallador, con el único orgullo de su suficiencia para alzar el vuelo”, dijo al pasar por ahí, Ana María Garasino.

Un aspecto interesante de la novela que comentamos de Garasino es su carácter introspectivo. La escritora cuenta lo que pasa por su cabeza. Es decir que para que su libro sea interesante, interesante debe ser lo que pasa por su cabeza y cómo lo cuente. Con arpones de cazadora, caza historias en su propia historia y las cuenta como lo hacen las grandes escritoras.

–¿Se puede hablar de mujeres, escritoras, buenas y olvidadas en la literatura entrerriana? –le acercamos como inquietud a Armándola. 

–Absolutamente. Absolutamente sí. Cualquiera que se aproxime a la obra de Carmen, por ejemplo, o desde ya a la de Ana María Garasino, o a las tres (Carmen, Ana y Ruth), se da cuenta de que verdaderamente tienen, no solo valor desde lo subjetivo, sino que tienen indudablemente el rigor de la creación, del trabajo poético y artístico.

Desde ahí, Armándola salta a una observación que compartimos. Ana María Garasino escribe novelas con la misma pasión en las palabras, que las que un poeta imprime en sus poesías y sin embargo no se puede decir que su prosa tenga el pesado lastre de lo barroco. “Ana María llegó a publicar bastante en vida. Ruth publicó dos libros, de doce o trece”, cuenta quien tiene esos originales para rescatarlos de un destino de olvido. Allí esperan.

–¿A qué cree usted que obedece el olvido sobre estas autoras?

–Yo creo que hay una cuestión particular. Pensemos que en 1955, Luis Alberto Ruiz publica Entre Ríos cantada, que es la primera antología, y no aparecen ni Carmen ni Ruth. Carmen aparece solo mencionada en el prólogo, es decir, en la introducción. Lo mismo pasa en 1985, cuando Ruiz termina Historia de la literatura entrerriana. Ahí apenas aparecen mencionadas Carmen y Ruth. Ana María no. No sé bien a qué obedece. Es muy curioso eso porque era un momento en el cual ellas tuvieron mucha visibilidad y mucha resonancia, aunque siempre mínimo en relación con los varones. Por ejemplo, el efecto de (Guillermo) Saraví en lo público es contrastable, digamos. Pero es curioso por qué no se ha prestado atención a estas escritoras.

–Usted habla de la visibilización que lograron estas escritoras en su tiempo… ¿En qué ámbitos?

–Ana María tuvo reconocimiento en Cuba, publicada en la Universidad de La Habana, y aparece en uno de los libros de historia de la literatura dominicana. Carmen fue publicada en República Dominicana y Ruth en Brasil, traducida al portugués. Considero que a Carmen lo que le faltó fue consolidar su obra en una publicación. Ella no tiene libros publicados, más allá de la publicación en la revista Presencias, del Instituto Superior del Profesorado, que publicó, cuando falleció, una separata con un cuento inédito suyo, llamado Sombra de higuera, que habla sobre un gaucho suicida.

Armándola le apuntó a Cicatriz que Ana María Garasino tuvo reconocimiento fuera del país, que llegó a intercambiar correspondencias con Miguel de Unamuno y que el diario La Nación, que solía armar bibliotecas que proponía a sus lectores, publicó un trabajo de ella referido a la producción del escritor modernista dominicano Fabio Fiallo.

Pioneras en la vanguardia

El entrevistado sostiene que hay una discursividad en relación con el paisaje que es preexistente a la obra de Juan L. Ortiz. “La forma que Juan L. empezó a adoptar en su escritura en 1957, cuando vuelve de los países socialistas y escribe El junco y la corriente, que es algo que ya venía elaborando, muestra una disposición del texto bastante distinta a cómo se venía leyendo, que es básicamente la estructura de una espiral concéntrica, una forma espiralada de escribir. Lo cierto es que encontramos, dentro de la obra inédita de Ruth, ya desde 1953, una forma, un trazo similar”, afirma Armándola mientras repasa el mundo que dejaron estas autoras y otras, y que espera a ser redescubierto y que el polvo del olvido se sacuda de su superficie.

Por: MARTÍN GERLO

Demorarse entre los libros

Fotografía: Raúl Perriere

El suelo de la Plaza Alvear, ubicada frente a la antigua iglesia que, por cercanía, le presta su nombre a uno de los pulmones verdes más lindos de Paraná, fue el primer escenario que cobijó los libros de Vaporeso, el espacio cultural que Joaquín Díaz concibió de manera solitaria mientras regresaba de un viaje al sur. “A esto lo puedo hacer toda mi vida”, se dijo a sí mismo cuando conoció en su periplo patagónico a una pareja de porteños de clase media que, hartos de la rutina, se despojaron de muchas pertenencias y buscaron en suelo austral un oficio y una vida que se ajustaran más a sus deseos y aspiraciones. “Se habían cansado, vendieron todo y se fueron al sur a vender sus libros”, rememora. Si bien el joven entrerriano se vio en ese espejo, su deseo no fue huir, sino todo lo contrario: quiso volver y llevar adelante en su ciudad algo similar a lo que vio en ese viaje.

Cuando llegó a Paraná, ese verano de 2011, Joaquín miró su biblioteca, rastreó volúmenes olvidados en las bibliotecas de algunos parientes y armó su primer catálogo, que fue el inicio de la librería ambulante. La década neoliberal, las crisis y otros factores fueron configurando en esos años un escenario poco estimulante en la ciudad, donde las librerías de usados, las disquerías y los espacios culturales parecían algo más asociado al pasado y a la nostalgia que a la posibilidad real de construir un proyecto sustentable. A pesar de eso, la iniciativa se puso en marcha.

Una década después, con un stock de casi 9 mil libros, cientos de discos y un espacio que es referencia en la región, el impulsor de Vaporeso divide su tiempo entre poesía y ladrillos, entre novelas y contenedores, entre clientes y albañiles, mientras va y viene de su nicho actual, el “almacén estrambótico”, a la obra que albergará la nueva librería, mucho más amplia que la actual, con un café literario y un espacio para charlas. Un proyecto ambicioso que implicará un salto más, como lo fue pasar de la venta ambulante a un garaje prestado, de ese garaje prestado a un local propio y, ahora, del local-vivienda a la “usina cultural”.

“Si me preguntan si funciona mi librería, digo que sí, que cada vez funciona mejor. Lo que me gustaría que pase es que cada vez haya más libros para llegar a más público. Si eso se traduce en ventas, es lo que menos podría explicar. Pero sí que hay un público al que estamos interesados en llegar, y a ese público lo abrazamos cariñosamente”, dice Joaquín Díaz desde el último piso de la librería, el espacio que ideó para dictar talleres y albergar los libros y discos que todavía no fueron catalogados.

Desde ese lugar con ventanales amplios que dejan ver la renovada Feria de Salta y Nogoyá, el responsable de Vaporeso recibió a Cicatriz para repasar la historia de su proyecto, remarcar la importancia de las políticas culturales en los gobiernos locales, reflexionar sobre las particularidades de los lectores en esta región, contar cómo es su relación con otros libreros y brindar detalles del espacio cultural que piensa poner en marcha a fin de año.

De la plaza a la feria

Ya instalado como librero ambulante en la Plaza Alvear de Paraná, otros hechos lo fueron marcando y moldeando: primero conoció al escritor entrerriano-santafesino Fernando Callero, quien lo condujo al camino de la poesía. “Fue un momento de explosión sensible, y eso multiplicó la experiencia de vender libros”, resume. Por otro lado, en lo que reconoce como una política cultural exitosa, fue convocado a participar en 2013 de la Feria del Libro de Paraná, reflotada durante la gestión de la ex intendenta Blanca Osuna. De esa instancia, que le permitió llegar a un público mucho más amplio, salió fortalecido y con otras perspectivas. “Ahí crecimos un montón, fui con 200 libros y volví con 30. A toda esa plata la reinvertí en libros y ahí mi hermano me prestó la cochera”, cuenta.

“La cochera” fue su primer espacio físico cuando comenzó a manejar un volumen de libros que ya hizo casi imposible el modo de venta ambulante. La casa ubicada en calle Feliciano –a la vuelta de la Plaza Sáenz Peña– y la participación en las siguientes ferias fueron consolidando Vaporeso, que poco a poco incorporaba a su catálogo libros nuevos de editoriales independientes. “A nosotros nos hizo crecer muchísimo; hoy estamos quizá en otro lugar por eso. Fue muy significativo”, reflexiona Díaz, quien, mientras reconstruye el camino que atravesó casi en soledad, remarca al mismo tiempo el impacto positivo de “las políticas gubernamentales y la influencia que eso tiene en el comercio”.

Cuando hubo que buscar un nombre para el negocio, llegó a la memoria “El Estigma del Doctor Vaporeso”, un clip de Cha Cha Cha: “No es de mi generación, lo veían mis hermanos, pero yo empecé a verlo de una manera insoportable. Lo veía todo el día. Lo tomamos un poco entre la risa y la solemnidad”, explica, estableciendo un paralelismo entre la estética del “hágalo usted mismo” que caracterizó al humor de la década de 1990 y el impulso artesanal de su proyecto.

Atrás fueron quedando sus días en las facultades de Derecho y Letras, carreras que nunca lo entusiasmaron tanto como la lectura y la posibilidad de construir su propia librería. Cuando tuvo que engrosar su catálogo, tras las experiencias exitosas en las ferias locales, viajó primero a Buenos Aires, pero luego descubrió “grandes y nutridas colecciones en Paraná” que fueron conformando el stock de usados. “Es una tarea de vigilancia constante, y ya después de diez años nos vienen propuestas”, señala.

En todo ese tiempo, mientras la librería iba creciendo, tejió un vínculo con muchos clientes fieles, algunos de los cuales llegaron siendo jóvenes ingresantes universitarios y ahora lo visitan como docentes, investigadores o profesionales. “Hoy cuando compro libros ya pienso incluso a quién se los voy a vender”, confiesa.

Librería de pueblo

Tras casi dos años en “la cochera” de calle Feliciano, llegó la posibilidad de aspirar a un espacio propio, con la idea de construir la librería en la parte delantera de la que iba a ser su vivienda. Buscó terrenos y casas por la zona céntrica, pero “no daban nunca los números”. La insistencia, la suerte y el acompañamiento de su familia le permitieron llegar a la actual casa de calle Nogoyá, donde hoy vive con su pareja Ana y su hija Mercedes, y en cuyo frente se ubica el “almacén estrambótico”, como se dio en llamar. El proyecto siguió creciendo y se consolidó.

Lo primero que acondicionó fue el espacio donde iba a ubicar la librería, mientras en el fondo acomodaba un colchón rodeado de libros que le sirvió para instalarse a vivir. Hoy recuerda entre risas cuánto costó poner a punto ese lugar, que era una fábrica de chacinados con cuyo ex propietario llegó a construir una relación de amistad. “Esto era un albergue de salamines y quesos. El dueño se llevó la cámara frigorífica, pero quedó una trampa de doble piso, donde se ve que quedó grasitud. Cuando la cámara dejó de darle refrigeración, se empezó a podrir”, relata. Llevó tiempo, pero con trabajo y ayuda lograron desmontar el viejo y oloroso dispositivo que se ubicaba debajo del suelo: “Cuando sacamos eso a la calle salieron los vecinos a ver qué pasaba”, recuerda.

En ese espacio que comenzó a abrir al público los días jueves, viernes y sábados incorporó nuevas editoriales. En los años previos había establecido una relación con la Editorial Iván Rosado, de Rosario, “que atrajo a un círculo poético de la ciudad”; y con Barba de Abejas, de Eric Schierloh. A ellos se agregaron “un montón de editoriales amigas” y así “se fueron sumando cosas que siempre quisimos tener, y ahora nos daba el espacio físico”, explica.

De esa época data un hecho que, involuntariamente, terminó bautizando al proyecto. Un cliente que acudió en busca de libros de ciencia ficción “no encontró nada de lo que venía a buscar” y salió realmente enojado, diciendo que parecía “una librería de pueblo”. Lejos de ofenderse, Joaquín revirtió el insulto y “Librería de pueblo” fue la denominación que acompañó a Vaporeso durante muchos años, hasta que optó por “Almacén estrambótico”, como “la definición de algo que es único en su especie”.

Vaporeso se reconoce como parte de un linaje en la cultura local, que tiene importantes antecedentes en librerías históricas como Sultanino, Jabulani o Casa Altman, y que actualmente se vincula con otras de la nueva generación, como Azogue, Sempere o Gedeón. “Hay una comunidad con las nuevas librerías que es mucho más linda”, dice Díaz, quien destaca el respeto por todos sus colegas, más allá de las características o el fin comercial de sus respectivas propuestas, “porque a pesar de las malas políticas económicas y la pandemia, siguen adelante”.

“Las que tienen tiendas virtuales son un montón, y de a poquito van buscándole la vuelta para abrir espacios físicos”, remarca, al tiempo que considera que cuantas más librerías haya en la ciudad, es mejor, porque esa situación “va a formar cada vez más lectores” y agrega: “El lector que tiene necesidad, va a recorrer todas las librerías”.

Ya en el local de calle Nogoyá se sumó la posibilidad de incorporar discos de vinilo a su catálogo, un nicho que cada vez atrae a más fanáticos de la música. Fue su amigo Ariel Charras, quien impulsó en su momento el “Misterioso almacén de música”, el que le propuso continuar con el proyecto que ya no podía sostener. De ese modo, Vaporeso incorporó cientos de discos originales que diariamente nutren las bateas de melómanos entrerrianos y santafesinos.

Los lectores

El éxito de un negocio o proyecto depende en gran medida de su recepción, de encontrar un público fiel y ávido de novedades, que crezca y se renueve. Disipando prejuicios y preconceptos, Vaporeso encontró ese destinatario en los jóvenes. “Mi viejo fue una persona que desde la fundación de la librería nos acompañó un montón. Y eso es algo que siempre le sorprendió. Él veía algo que para mí, por la diferencia generacional, me parecía habitual. Decía ‘che loco, cómo leen los pibes’. Rompía ese estereotipo. Y eso que yo no tengo un público adolescente, sino postsecundario”, analiza.

Semana a semana, muchos clientes vuelven y buscan libros de los más variados estilos, tanto para su formación universitaria como algo vinculado a la narrativa, poesía o historia. Son “pibes que críticamente hacen sus lecturas, en paralelo a la universidad”, y que dan la pauta de una ciudad con un importante acervo cultural. “Mi viejo lo marcaba como una gran sorpresa, porque vendíamos un montón a ese público. Un público que, para el poco recorrido vivido, estaba muy formado”, agrega Joaquín Díaz.

La responsabilidad del librero, cree, es grande. Recuerda que le han devuelto con disgusto algunas recomendaciones, ante lo cual le da la razón al cliente y le reintegra la plata, pero también remarca que hay otros seguidores que buscan en el librero a un guía para sus lecturas, alguien con mayor recorrido que pueda satisfacer sus imprecisos antojos literarios o demandas. “Hay clientes que nos piden que les mandemos por semana dos o tres libros y ni les interesa elegirlos”, afirma.

En el catálogo de Vaporeso hay obras de lo más variadas. Ingresando, a la derecha, se puede consultar una muy completa biblioteca de historia entrerriana y periodismo, escoltada por unos estrechos y altos estantes dedicados a la filosofía. Luego hay libros de psicología, historia mundial y argentina, un catálogo de “nuevos” y a la izquierda los anaqueles dedicados a la literatura nacional. En el piso de arriba, donde están los discos, se ubican los libros de literatura universal, agrupados por autores latinoamericanos, españoles, franceses, norteamericanos y rusos, entre otros. Todo ese material suma unos 8 mil volúmenes, y a ellos deben agregarse otros mil que aún no fueron ubicados y están en el piso de arriba. Con el nuevo proyecto, que brindará más espacio, esperan aumentar ese stock.

La usina cultural

Pegada a la librería actual, en una vieja casa que hace varios meses está en proceso de restauración, se ubicará la nueva Vaporeso. Será un salto importante, que traerá la posibilidad de comenzar a abrir todos los días al público y albergar nuevas propuestas. “El proyecto de al lado roza otra vez lo antimoderno. Es restaurar una casa y pensar en la conservación de una estructura patrimonial de la ciudad, porque creemos que el libro, y esta instancia de llevar la lectura adonde tiene que ir, es un compromiso. Nos reímos porque las condiciones sociales son álgidas. Pero es un lugar de respiro ante tanta mala noticia. Lo tomamos con compromiso”, resume.

La posibilidad de adquirir ese inmueble llegó casi de casualidad, a partir de un contacto fortuito con una heredera de la propiedad. Con ayuda de familiares, luego de un tiempo, lograron concretar el negocio y desde entonces se puso en marcha el proyecto: “Es una inversión muy grande, pero creemos que es algo que vamos a hacer toda la vida. Voy a dejar todo lo que tenga para hacerlo, no veo por qué no”.

La iniciativa tiene distintas instancias, que no nacerán de manera simultánea pero que ya están planificadas. “Va a ser una pequeña usina cultural y librería, que será una apertura de comercio”, dice Díaz, quien precisa que el espacio contará además con una sala para presentación de libros y lectura de poesía y otro sector destinado a cafetería. Cuando le consultan cuál es el espíritu de la iniciativa, afirma que su deseo es construir un lugar para “demorarse entre los libros, con una linda charla, una linda música”; quiere que su librería sea un “respaldo” ante “la prisa diaria”. Cree que actualmente vivimos en “ritmos muy voraces” y ensaya una reivindicación de la demora, un elogio de la pausa. “La vida no es más que la demora en cada una de las cosas. Tener un hijo es la demora en la afectividad, en la instancia del asado, de disfrutar con amigos. Pasa el tiempo y uno disfruta”, subraya.

Uno de sus primeros y más cercanos clientes, El Correntino, se sumará a este proyecto, que por sus características demandará más trabajo. “Conoce nuestra vida, es parte de la familia”, confiesa. Hasta ahora, al tiempo que proyecta espacios y no desatiende el oficio de librero, cada peso que ingresa lo destina a la nueva casa, que a fin de año podría abrir sus puertas. A pesar de lo difícil que puede ser emprender en un país con la economía inestable, que siempre atraviesa turbulencias, Joaquín Díaz no se queja y se aferra al mantra que se repetía a sí mismo hace una década, mientras regresaba del sur: “A esto lo puedo hacer toda mi vida”.

Por: Editorial

El retroceso de los partidos políticos

Por Pablo Bizai

 

Un cálculo rápido permitiría registrar a Entre Ríos como un distrito peronista. Es que esa fuerza política gobernó la provincia durante 32 de los 40 años de continuidad democrática. Los ocho restantes fueron del radicalismo, en ambos casos a cargo del único líder de peso que dio ese partido en estas cuatro décadas: Sergio Montiel.
En sintonía con el triunfo de Raúl Alfonsín a nivel nacional, en 1983, Montiel abrió el período democrático en la provincia. Y fue el gran líder del peronismo, Jorge Busti, quien lo reemplazó en 1987. Le sucedieron el peronista Mario Moine (1991-1995), nuevamente Busti (1995-1999), otra vez Montiel (1999-2003), Busti por tercera vez (2003-2007), los dos períodos del peronista Sergio Urribarri (2007-2015) y los dos del peronista Gustavo Bordet (2015-2023).

Sin embargo, el dominio del peronismo no ha sido aquí tan marcado como en otras provincias. En estos 40 años hay que señalar dos etapas. La primera abarca 20 años en los que Entre Ríos tuvo un sistema bipartidista. La segunda, a partir de 2003, cuando el peronismo pasa a ser el partido predominante y la UCR se ubica como el principal partido de la oposición, pero ya sin capacidad de alternancia.

A pesar de que solo gobernó en dos períodos, la UCR liderada por Montiel no dejó nunca en esas primeras dos décadas de democracia de ser un partido de alternancia en la provincia. Los triunfos de Busti en 1987, Moine en 1991 y Busti en 1995 fueron ajustados.

En 1987, Busti ganó por una diferencia de 5,13 puntos porcentuales. Cuatro años después, Moine lo hizo por 5,62 por ciento de diferencia. Y Busti, en 1995, llegó con lo justo: apenas 2,09 por ciento de diferencia.

De la mano de la Alianza UCR-Frepaso, Montiel volvió al poder en 1999, imponiéndose por una diferencia aún más ajustada: solo el 1,62 por ciento sobre el candidato peronista Héctor Maya. En la interna del PJ siempre se le reprochó a Busti no haber desdoblado las elecciones y permitir que Montiel fuera beneficiado por el arrastre nacional de la Alianza que venía a poner fin a la década menemista. Se dijo entonces que lo hizo para evitar que surgiera un nuevo líder que lo desplace dentro del PJ. Y lo logró.

Busti volvería al poder en 2003, pero ahora con una diferencia de 10,27 por ciento sobre el candidato radical, Sergio Varisco, que en una mirada retrospectiva hizo una excelente elección tomando en cuenta el contexto que golpeó a la UCR a partir de la crisis de 2001.

En las dos elecciones siguientes, realizadas en pleno apogeo del kirchnerismo, la diferencia a favor del peronismo en Entre Ríos fue apabullante. En 2007, en elecciones desdobladas, Sergio Urribarri llegó al gobierno con una ventaja de 27,11 por ciento sobre la UCR; y en 2011 consiguió su reelección con una distancia sobre la UCR que trepó al 37 por ciento. En esas dos elecciones, los radicales habían caído a un piso electoral en torno al 20 por ciento. En elecciones simultáneas, Urribarri logró en 2011 su reelección con lo que hasta ese momento era un récord desde 1983: el 56 por ciento de los votos. Gobernaría ese período con un Senado monocolor, sin una sola banca para la oposición.

De la alternancia a la oposición

La crisis de 2001, cuyo mayor símbolo político fue la huida de la Casa Rosada en helicóptero del presidente Fernando de la Rúa, devastó al radicalismo en todo el país. De su dañado tronco saltaron astillas que lo debilitaron aún más, como los partidos de Elisa Carrió y Ricardo López Murphy. Pero, ante todo, el estallido de 2001 instaló muy fuertemente en la sociedad la idea de que los radicales no servían para gobernar, dado que Alfonsín, jaqueado por la hiperinflación, tampoco había logrado terminar su mandato.

En Entre Ríos, la UCR de Montiel sobrevivió a la salida anticipada de Alfonsín en 1989, que constituyó el primer golpe duro para el partido. Pero no pudo superar el trauma del helicóptero de De la Rúa en 2001. A partir de allí, el desbalance del poder se hizo notar con claridad en la provincia.

Montiel, a diferencia de De la Rúa, pudo completar su mandato en diciembre de 2003, aunque a un costo altísimo, que incluyó el embate de un juicio político promovido desde su propio partido. Además, la UCR entrerriana dejó de ser una fuerza de alternancia para convertirse en el principal partido de la oposición cuando Montiel, desgastado por su traumático paso por el gobierno, abandonó su condición de líder partidario sin dejar sucesores.

Después de Montiel nadie mandó en la UCR entrerriana. Hubo, en cambio, un dirigente que terminó dominando la escena radical: Atilio Benedetti.

La UCR volvería en el nuevo siglo a conocer el triunfo solo en elecciones de medio término, para elegir legisladores nacionales: en 2009 y en 2017, en ambos casos con Benedetti como cabeza de lista y con los radicales integrando una alianza.

Sin embargo, el mismo dirigente fracasaría dos veces en su intento por llegar a la Gobernación, en 2011 y en 2019. También sería la cara visible de la derrota de 2013, que le hizo perder al radicalismo el senador nacional por la minoría, en una elección que llevó al Congreso de la Nación al hasta entonces dirigente agrario Alfredo De Ángeli. Fue la primera victoria del PRO sobre la UCR, pergeñada por Rogelio Frigerio, en esa elección aliado con Busti, ya por entonces peleado a muerte con el kirchnerismo que expresaba Urribarri.

Estuvo cerca

El predominio del peronismo en el orden nacional se interrumpió para 2015, cuando la alianza de la UCR con el PRO en Cambiemos acabó con 12 años consecutivos de kirchnerismo. Pero en Entre Ríos el peronismo logró resistir esa ola nacional. Fue la única elección provincial, desde 1983, en la que ganó un signo político distinto al de la Nación. Aunque con lo justo.

En las elecciones simultáneas de 2015, Mauricio Macri se impuso en la provincia. Pero su candidato a gobernador, De Ángeli, quedó a solo 22 mil votos de ocupar el sillón de Urquiza. Gustavo Bordet se impuso por una diferencia de apenas el 2,87 por ciento.

En el radicalismo siempre se dijo que Bordet debía su acceso al poder a Frigerio, quien, como delegado de Macri en la provincia, negó el pegado de boleta del único candidato presidencial competitivo en la interna de Cambiemos al candidato radical a la Gobernación. Benedetti terminaría declinando su postulación luego de que los candidatos a intendentes de la UCR corrieran, presurosos, a pegar boleta con De Ángeli para no perderse el arrastre de Macri. Aunque resulte contrafáctica, la afirmación de que Benedetti hubiera juntado sin problemas 22 mil votos más que De Ángeli –a quien muchos no veían en condiciones de hacerse cargo de la Gobernación– suena razonable si se atiende al vacío de apoyos que sufrió el candidato del PRO, no solo en la UCR, sino también dentro del propio macrismo.

Como fuere, la historia dice que en 2015, en la elección de este siglo en la que el peronismo estuvo más cerca de perder el poder en Entre Ríos, el candidato de la oposición no fue un radical. Ese dato duro consolida a la UCR como un partido de oposición.

Peronismo por dos

En 2015 las diferencias internas de la naciente alianza Cambiemos en la provincia fueron clave para que el peronismo resistiera ante la ola nacional de cambio. Tan clave como el fracaso de Macri en el poder para que, cuatro años después, Bordet fuera reelecto con el 57,43 por ciento, la proporción de votos más alta que recibió un gobernador en estos 40 años de democracia. La diferencia con Cambiemos fue de 21,86 por ciento.

Otro dato que explica ese 57 por ciento es la reunificación del peronismo en el Frente de Todos. Fue la primera vez desde 1999 que el peronismo de Entre Ríos llevó un solo candidato para la Gobernación. En 2003, 2007, 2011 y 2015 hubo siempre una segunda fórmula peronista que terminó ocupando el lugar de tercera fuerza electoral.

En 2003, Emilio Martínez Garbino fue como candidato del Nuevo Espacio Entrerriano y le disputó el voto peronista a Busti, quien como candidato del PJ terminaría imponiéndose con el 45 por ciento de los votos. Martínez Garbino quedó tercero con el 18 por ciento y segunda fue la UCR, con Sergio Varisco como candidato a gobernador, que reunió el 34 por ciento.

En 2007, la división electoral del peronismo fue más explícita, ya que Julio Solanas con su Lista 100 expresó un quiebre dentro del PJ, protagonizado por un grupo de dirigentes de la primera línea que resistió la decisión del entonces gobernador Busti de designar como su sucesor a Sergio Urribarri. También en esta elección ganó el candidato del PJ (Urribarri) con el 47 por ciento de los votos. Y también esta vez el segundo candidato peronista (Solanas) quedó tercero, con el 18 por ciento. La UCR, que llevó como candidato a Gustavo Cusinato, cayó al 20 por ciento, pero aun así logró retener el segundo lugar.

En 2011 también hubo fractura expuesta del peronismo. La expuso nada menos que Busti, fuertemente enfrentado a quien había sido su delfín, Urribarri. También esta vez ganó el candidato oficial del PJ, que fue Urribarri, con casi el 56 por ciento de los votos, un porcentaje histórico que logró por su cerrado alineamiento con Cristina Fernández de Kirchner, reelecta en su mejor momento electoral. El segundo candidato peronista (Busti) quedó otra vez tercero, y otra vez con el 18 por ciento. La UCR, que esta vez fue aliada con el Partido Socialista y llevó a Benedetti como candidato, siguió cayendo: arañó el 19 por ciento.

En 2015 se repitió la doble oferta peronista y el orden en los resultados. Ganó el candidato oficial del PJ, Gustavo Bordet. La segunda opción peronista, encarnada por la fórmula del Frente Renovador que encabezaban Adrián Fuertes y Jorge Busti, se ubicó tercera, con casi el 16 por ciento de los votos. Y segunda quedó la UCR, que estrenó alianza con el PRO en Cambiemos y, arrastrada por la ola nacional, recuperó un enorme terreno en municipios y espacios legislativos provinciales y locales.

Terceros afuera

El repaso de la diversa oferta electoral peronista de este siglo y de los vanos intentos por heredar el radicalismo por parte de sus desprendimientos sin estructura, sirven también para apreciar lo difícil que ha sido el surgimiento de una tercera fuerza en Entre Ríos, aun en estos últimos 20 años en los que la provincia dejó atrás su etapa bipartidista.
Los partidos que intentaron terciar en la oferta electoral entrerriana fracasaron: o se diluyeron en pocos años o terminaron incorporándose a uno de los dos grandes frentes electorales.

Eso le pasó al Frepaso, que en 1995 logró acceder a dos bancas de diputados, pero pronto se asoció a la UCR en la Alianza que en 1997 obtuvo su primer triunfo legislativo contra el menemismo y llegó al poder en 1999. Tras el fracaso de la Alianza, el Frente Grande (uno de los partidos principales del Frepaso) se incorporaría al kirchnerismo y, desde entonces, es parte del frente electoral que encabeza el PJ en Entre Ríos.

En la vereda de enfrente, el ARI de Elisa Carrió trasmutó a la Coalición Cívica, que terminaría como fuerza fundadora de Cambiemos, junto con la UCR y el PRO.
El ARI, en alianza con el Partido Socialista, había sido antes parte del Nuevo Espacio Entrerriano, que con un peronista como Martínez Garbino a la cabeza logró en 2003 sentar a cuatro diputados y un senador en la Legislatura provincial. Pero su potencial electoral declinó para 2007, hasta su virtual desaparición en los años posteriores.

El Partido Socialista se asoció en 2011 a la UCR en un frente progresista que terminó aplastado por la ola kirchnerista. Cuando los radicales giraron a la derecha para aliarse con el PRO, los socialistas probaron solos y en 2015 juntaron apenas el 2,3 por ciento de los votos. Hoy están parcialmente integrados a Juntos por el Cambio.

En estos 40 años de democracia, no hubo una presencia importante de terceras fuerzas en la Legislatura provincial. La mayor cantidad de bancas por fuera de los bloques mayoritarios no fue alcanzada por una fuerza alternativa sino por desprendimientos de la interna peronista, como la Lista 100 de Solanas en 2007, el Frente Entrerriano Federal de Busti en 2011 y el massismo de Fuertes en 2015. En todos los casos, los diputados electos por esas franjas peronistas disidentes se sumaron luego al bloque oficialista, aportando para los gobiernos peronistas de Urribarri y Bordet mayorías especiales que no reflejaban la voluntad del electorado.

La izquierda nunca pudo desarrollarse en Entre Ríos. Al MST-Nueva Izquierda le fue siempre mejor en elecciones intermedias. En 2017 quedó como tercera fuerza electoral, pero con apenas el 4,73 por ciento de los votos, relegando por muy poco al Partido Socialista al cuarto puesto con el 4,28 por ciento.

En la siguiente elección intermedia, en 2021, ese lugar fue ocupado por el Partido Conservador Popular. La fuerza de derecha que ahora se referencia nacionalmente con Javier Milei se quedó con el 3,7 por ciento de los votos y relegó a la izquierda al cuarto puesto con el 3,5 por ciento.

El voto radical

Los desprendimientos radicales de Carrió, López Murphy y más tarde de Margarita Stolbizer nunca lograron un desarrollo importante en Entre Ríos. Cada uno con su propio perfil, los tres buscaban construir una salida al agotamiento de la UCR para ofrecer una alternativa electoral a los sectores medios que habían perdido su histórica representación política. Es más, tampoco el PRO, que en buena medida buscó llenar ese espacio vacío, logró en Entre Ríos un desarrollo partidario significativo.

Ni el ARI, ni el GEN, ni Recrear, ni el PRO se acercaron nunca a disputarle la territorialidad al radicalismo, que en los últimos 20 años, y a pesar de su derrumbe, siguió siendo la estructura política más sólida dentro del panorama opositor.

Cambiemos, luego rebautizado Juntos por el Cambio, es en Entre Ríos el acuerdo de un partido con historia, estructura y territorialidad, pero sin liderazgos fuertes ni candidatos competitivos; y un partido nuevo, sin estructura, mínimo, pero con candidatos competitivos: Macri en 2015, Rogelio Frigerio en 2021 y en 2023.

El PRO lideró Cambiemos en Entre Ríos desde su inicio, particularmente en los cuatro años en los que ocupó la Casa Rosada, en un gobierno que no fue de coalición. Parado sobre la caja de la obra pública, Frigerio dominó a la UCR entrerriana. Pero lo siguió haciendo después de dejar el gobierno nacional, gracias al apoyo que recibió de un poco más de la mitad de la dirigencia radical provincial, convencida de que solo con el ex ministro de Macri como candidato podrán desalojar al peronismo de la Casa de Gobierno de Entre Ríos en las elecciones de este año.

Los esfuerzos del radical Pedro Galimberti por darle pelea fueron insuficientes en 2021. Después de Montiel, la UCR entrerriana no se volvió a encolumnar mayoritariamente detrás de un líder. Esto facilitó las cosas a Frigerio, cuya principal base de sustentación para su deseo de llegar a la Gobernación sigue siendo la estructura del partido radical, presente en todo el territorio provincial.

Cada vez menos

Los 40 años de democracia encuentran a los dos partidos más importantes de Entre Ríos en su piso de gravitación sobre el poder político.

A pesar de que tiene la mayor estructura, la UCR no es el partido que manda en Juntos por el Cambio. Y el PJ, con casi el doble de afiliados que la UCR, no ha tenido prácticamente ningún rol en la definición de las políticas que ejecutaron los gobernadores peronistas de 2003 a esta parte. La vida institucional del PJ ha sido mínima y las bases vieron en todos estos años cómo las grandes decisiones se resolvían por acuerdos de cúpulas. Bordet fue el gobernador que más prescindió del PJ.

El retroceso de las organizaciones partidarias como instrumento de intermediación de la sociedad con el poder político es un fenómeno global. Pero en la provincia se empezó a notar con más claridad cuando los candidatos dejaron de ser elegidos por los afiliados en internas cerradas y se abrió el voto a los independientes o no afiliados a otros partidos.
Las primeras internas abiertas fueron a finales del siglo pasado. Para 2005, Entre Ríos sancionaba la ley de primarias abiertas y simultáneas, pero no obligatorias; y una década después adoptaba el sistema de las PASO.

En esos mismos años se consolidaron los frentes electorales, que hicieron perder más peso aún a los partidos para el armado de la oferta electoral, que surgía como resultado de negociaciones entre las cúpulas de los distintos partidos. Por ejemplo, hubo congresos radicales que resolvieron que la UCR debía encabezar las listas de Cambiemos. Se trataba, naturalmente, de un mandato de imposible cumplimiento en un frente electoral.

Los detractores del sistema de boleta única –que se intentó introducir en Entre Ríos en la fallida reforma política de 2018– la señalan como la culminación de este proceso de retroceso de los partidos como cantera de políticas y candidatos. Lo curioso es que los que critican este efecto de la boleta única son, en muchos casos, los mismos que mantuvieron a sus partidos cerrados o limitaron los procesos de renovación interna.

Fracaso

Entre Ríos ha sido hasta aquí una provincia predominantemente peronista. Pero esa afirmación no dice mucho. Como no diría mucho si la provincia hubiera sido predominantemente radical. Es que los dos partidos mayoritarios han variado notablemente su orientación ideológica a lo largo de estos 40 años de democracia.

El PJ pasó de encabezar un frente con un perfil de centroizquierda en la década de 1980, a ejecutar la agenda neoliberal en la década de 1990, para finalmente asociarse a fuerzas de centroizquierda en el período kirchnerista. El mismo partido privatizó YPF en 1992 y la estatizó en 2012.

La UCR pasó de integrar primero una alianza desarrollista con el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), a mitad de la década de 1990; luego una de centroizquierda con el Frepaso en el cambio de siglo y con el socialismo en 2011; para terminar, en 2015, asociándose al PRO y posibilitando el ascenso a la Presidencia de un claro exponente de la derecha como Mauricio Macri.

Esos groseros vaivenes ideológicos en las fuerzas políticas que desde 1983 gobernaron la provincia explican, en buena medida, el descrédito de los partidos como “instituciones fundamentales del sistema democrático”, tal como los define la Constitución Nacional.

Pero la principal razón de su deterioro es que, tras 40 años consecutivos de democracia, los indicadores económicos y sociales de la Argentina son peores que los que dejó la última dictadura cívico-militar. La democracia argentina logró abandonar la violencia como método de acción política, pero no sirvió para comer, curar y educar en los términos que prometía Alfonsín. Toda la dirigencia argentina en general, y la política en particular, son responsables directas de esta frustración.

Las elecciones PASO de 2021 marcaron el mayor nivel de abstención electoral desde 1983. La principal novedad de esos comicios fue la irrupción de Milei como expresión de repudio al sucesivo fracaso de los dos frentes mayoritarios en el ejercicio del poder. Es una incógnita saber en qué medida ese malestar influirá en la definición del próximo gobernador entrerriano que –nos hace suponer la historia y el escaso desarrollo territorial del libertario en la provincia– volverá a salir de una de las dos opciones mayoritarias: Juntos por el Cambio o el Frente de Todos.

Los 40 años encuentran a Entre Ríos ante lo que las encuestas anuncian como el final del ciclo peronista y la posibilidad de que, por primera vez en estas cuatro décadas, pueda llegar a la Gobernación un candidato que no es ni del PJ ni de la UCR y que tiene su centro de vida en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Así de extraño es el presente.

 

 

(Nota publicada en la edición impresa Número 12 (junio/julio de 2023) de Revista Cicatriz.

Por: FEDERICO MALVASIO

¿Asoma en Entre Ríos un conflicto binacional con Uruguay?

La instalación de una planta de refinería de combustible, en Paysandú, organizó a un colectivo de la región que desde hace unos meses comenzó a advertir sobre consecuencias negativas para la zona, precisamente en la ciudad de Colón, cuya distancia con el emprendimiento es de apenas 3.600 metros. 

El proyecto lo lleva adelante HIF Global, una compañía de expansión planetaria en el rubro con sede central en Houston, Estados Unidos, y que se presenta como “líder mundial” en explotación de energías renovables. 

En este caso se propone fabricar e-Combustibles, que se producen utilizando electrolizadores alimentados con energía renovable para separar el hidrógeno del oxígeno en el agua. Lo que se conoce como hidrógeno verde se combina con dióxido de carbono reciclado para producir los e-Combustibles, que químicamente son equivalentes a los combustibles y que se utilizan hoy y que pueden incorporarse a los motores existentes sin ninguna modificación. A través de un proceso de síntesis se produce el e-Metanol, el cual puede convertirse en otros e-Combustibles como la e-Gasolina, e-Diesel o combustible de aviación sostenible (e-SAF). 

En una entrevista del 11 de agosto en el sitio El Telégrafo de Paysandú, el presidente de HIF Global, César Norton, anunció una inversión de 36 millones de dólares por parte de las subsidiarias Japan Oil y Gas and Metals National Corporation (Corporación Nacional de Petróleo, Gas y Metales de Japón, Jogmec), a través de Idemitsu Efuels America Corp, para expandir los proyectos de la compañía en Estados Unidos, Australia, Chile y Uruguay.

El medio local uruguayo se encargó de subrayar que la planta en Paysandú “representa la mayor inversión en la historia del Uruguay, por cerca de 6.000 millones de dólares y estima la producción de 180.000 toneladas por año de e-gasolina, generando picos de hasta 3.200 puestos de empleo”.

Para la Multisectorial Somos Ambiente del Río Uruguay, las características de estos procesos de producción son una amenaza para la ciudad de Colón, “con altos y múltiples niveles de afectación”. En primer lugar por la corta distancia en el que se encuentra la planta; y en segundo lugar por la alta inflamabilidad de los productos, cuya base es el metanol y la magnitud de la producción diaria de más de 1500 toneladas que se anunció. Las conclusiones a las que llegaron los integrantes del colectivo fueron luego de consultas a ingenieros y abogados, quienes advirtieron sobre el Acuerdo de Confidencialidad firmado entre el gobierno de la República Oriental del Uruguay y la Empresa HIF Global. 

Colón y las ciudades vecinas como Pueblo Liebig y San José no conocen los riesgos ni los efectos transfronterizos de las potenciales contingencias, por ejemplo los factores climáticos habituales y los movimientos de las masas de aire. 

Esta región entrerriana produce alimentos (producción avícola, miel, nuez pecán, horticultura) y forma parte de uno de los principales centros turísticos de la provincia. Precisamente por eso el sindicato de gastronómicos forma parte de la Multisectorial con una activa participación. Desde la organización no solo se aborda lo ambiental, sino el impacto en el modelo productivo y económico. 

La planta cambiaría el paisaje de Colón. Quienes pretendan disfrutar de los balnearios encontrarán ante sus ojos un mamotreto de tres chimeneas y cuatro antorchas quemando gases y excedentes de la producción de manera permanente. 

El 9 de septiembre, desde la Asociación Argentina de Abogados/as Ambientalistas se elevó una solicitud de acceso a la información pública a los efectos que tanto las Delegaciones de Argentina como la de Uruguay ante la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU), proveyeran “de manera coordinada o autónoma, la documentación completa relacionada con la instalación de una planta de producción de Hidrógeno Verde (sic), en la ciudad de Paysandú, frente a la ciudad de Colón”.

El 2 de octubre desde el Ministerio de Relaciones Exteriores, vía correo electrónico, se dirigieron a la entidad de abogados notificándolos que la solicitud se archivaba, porque la misma se había remitido a la CARU, quien era la que debía responder. 

Esto motivó que el 13 de enero último, desde los abogados ambientalistas enviaran una nueva nota a la Cancillería argentina, esta vez dirigida al canciller Gerardo Werthein, en la que se rechazaba enérgicamente, el archivo de los expedientes como también se solicitaba la urgente intervención del “área jurídica de la Cancillería, en razón de un obrar que expone a un organismo binacional”. Cuatro días después de la recepción en la Cancillería, el viernes 17 de enero, el embajador Roberto Salafia, en su calidad de titular de la Delegación Argentina ante la CARU, firmó la nota externa DACARU 1/2025 a través de la cual comunicó a la entidad de letrados que “a la fecha la Comisión no ha recibido ninguna información oficial sobre el proyecto que sería emplazado en las afueras de la ciudad de Paysandú”. Lo que suena raro, si se tiene en cuenta que se ha firmado un acuerdo entre Uruguay y la HIF Global.

Reubicación 

La Multisectorial reúne sindicatos, cooperativas, referentes de la cultura, grupos ambientales, comerciantes, docentes y profesionales. En diciembre le solicitó, por nota, a la Junta Departamental de Paysandú “la relocalización del proyecto en cuestión, situación que debe resolverse en acuerdos de buena voluntad entre ambas partes, pues así como desde nuestra ciudad se respeta la libre determinación del modelo económico que el Estado hermano establece, del mismo modo solicitamos se tenga a bien considerar el modo de vida que desde esta orilla se ha construido por varias décadas”. 

En octubre, la organización realizó un trabajo de campo en el que consultó a vecinos de la zona sobre la planta. Los resultados indicaron que el conocimiento es importante, con un 65,8 por ciento. Un 96,2 por ciento cree que tiene que llevarse adelante una consulta por tratarse de una iniciativa que se desarrolla sobre un patrimonio común, como es el río Uruguay.  

El conflicto diplomático entre Argentina y Uruguay, con epicentro en Entre Ríos, tuvo un importante capítulo con la instalación de la pastera Botnia sobre el Río Uruguay, sobre Fray Bentos. En aquella oportunidad, en 2006, los países estuvieron incomunicados por tierra durante varios meses, pero por más de tres años cuando la Asamblea Ciudadana de Gualeguaychú impidió el tránsito por el Puente Libertador General San Martín, sobre la ruta 36 que une los dos países. El caso recorrió el mundo y se dirimió en el más alto plano jurídico, la Corte Internacional de La Haya. 

Por: FEDERICO MALVASIO

Un cronista irreverente

Fotografía: Raúl Perriere

Mientras el número de esta revista se imprime, Marciano Edgardo Martínez se apresta a cumplir 89 años. La memoria es la misma que le permitió en una tarde berlinesa, hace más de dos décadas, retener una charla que se produjo de casualidad para publicarla al poco tiempo en El Diario de Paraná. Se topó –y hablaron durante una hora larga– con Martha Argerich. Cuando la enorme pianista argentina visitó Paraná por primera vez se hizo de aquella crónica alemana.

Encuentros casuales acumulan un sinfín de episodios en el anecdotario del Chano, como se lo conoce al veterano abogado que dio sus primeros pasos en la vida pública como periodista del matutino centenario. Llegó allí de casualidad, cuando el novio de una prima, el dibujante de canillitas y corrector Luciano Quico Cosa, le propuso que lo reemplazara en un franco para corregir la edición. Tenía 15 años y no se le movió un pelo cuando se entrevistó con Arturo J. Etchevehere, un patrón duro con todas las letras que enseguida lo puso a prueba. Por esos días se estaba proyectando en las salas de la ciudad el film Los verdugos también mueren, en base a un guión de Bertolt Brecht, y la promoción salía en El Diario. Don Arturo le puso la página del aviso frente a sus ojos y lo desafió a que encontrara un error, si es que lo había. El joven, perspicaz, se dio cuenta enseguida y se lo señaló con el dedo. Donde debía decir verdugos se había impreso vergudos. Fue suficiente para sumarse al staff con el visto bueno del temible dueño. No tardó demasiado en escribir notas periodísticas bajo las órdenes nada más ni nada menos que del poeta Marcelino Román, quien ostentaba el cargo de jefe de Redacción.

Nacido en Paraná y criado en una casa de calle Malvinas, no necesitó caminar demasiado para ir a la Escuela Del Centenario, primero; y al Colegio Nacional, después. Se educó en el barrio mientras su padre ejercía el oficio de carnicero y su madre sostenía el hogar. Durante toda la adolescencia se hizo de unos mangos como periodista, hasta que llegó el momento de treparse a la balsa y emprender viaje a las aulas de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) para estudiar Derecho. Cuando las primeras materias empezaron a cautivarlo, como Historia Constitucional, le llegó la conscripción y el destino lo llevó a Paso de los Libres, en la provincia de Corrientes. Fue un castigo por ser “contrera”. El Chano no era antiperonista, pero integrar la Redacción de El Diario y tener buena relación con los Etchevehere le impedía cualquier posibilidad de ensayar una defensa. Su paso por el periodismo le iba a jugar otra mala pasada, pero a la inversa del motivo por el que se acercó. En un artículo había citado al poeta Carlos Guido y Spano cuando escribió “¡Ea, muchachos, es la aurora! ¡Arriba! Tomad el hacha y el martillo, y vamos”. No salió impreso exactamente así, sino que donde debía decir hacha se publicó oz. O sea que no solo trabajaba en un diario radical, sino que además divulgaba consignas comunistas. Esa confusión se la iban a cobrar también cuando se desempeñó en la función pública, bajo un régimen militar.

Una puerta a la política

Al Chano le costó recibirse de abogado por su incipiente actividad política, que lo consumía cada vez más. Corría el año 1956 y el edificio de Buenos Aires y Urquiza, donde funciona El Diario, se iba a convertir en una especie de comité partidario. Allí nació la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) en su versión entrerriana, que luego se transformaría en el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID). Un buen día llegó a la sede del matutino el gobernador de Santa Fe Carlos Sylvestre Begnis, que por orden del presidente Arturo Frondizi, tenía como mandato cruzar el charco e intervenir el radicalismo de Entre Ríos, en ese momento en manos de la otra facción, la Unión Cívica Radical del Pueblo. Martínez lo recibió, “no como periodista, ya como político”, aclara. A partir de allí nació, también, la mala relación con Raúl Lucio Uranga, otro exponente de la UCRI, que iba a convertirse en gobernador en 1958.

Ese mismo año, el Chano fue designado como secretario del Concejo Deliberante de Paraná, órgano legislativo que había sido suprimido por la Constitución peronista de 1949. La ecuación entre estudios universitarios y política se iba a inclinar con fuerza hacia la segunda, por lo menos hasta 1962, en que se produjo el golpe que derrocó a Frondizi y Martínez tuvo que volver a El Diario para hacerse de unos mangos. Los Etchevehere siempre le garantizaron un refugio al inquieto periodista que, por fin, decidió terminar la carrera. Con el título en la mano, abrió su estudio al año siguiente.

En 1966, tras el golpe de Juan Carlos Onganía, la intervención en Entre Ríos quedó en manos de Ricardo Favre. Un buen día, Martínez venía en la balsa de dar clases en la UNL cuando un funcionario de un área de infraestructura lo reconoció y le contó que había una idea del brigadier a cargo del Poder Ejecutivo de llevar adelante un plan de viviendas. El abogado, dispuesto siempre a hablar, le desarrolló el funcionamiento del sistema federal en el plano administrativo y cómo debería llevar adelante el proyecto, lo que convenció a este funcionario para sumarlo al gobierno de Favre. A poco de caminar en la función pública, el interventor lo convirtió en ministro de Gobierno, Justicia y Educación con apenas 32 años. Ese proceso de facto, con todo lo que eso significa, en el razonamiento de Martínez fue algo así como una especie de “desarrollismo” en la provincia. A tal punto que suele contar una charla que mantuvo con Favre en la que éste se definió como “desarrollista”, le confesó que admiraba profundamente a Frondizi y que quería afiliarse al MID.

A Martínez le gusta repasar su gestión. Enumera los edificios que se levantaron en aquella época, como el del Consejo General de Educación, los tribunales, el Hotel Mayorazgo, el túnel subfluvial, la creación del Iosper y de la Universidad Nacional de Entre Ríos. “La UNER ha negado a su padre”, tira, provocador, y con paso firme se dirige a una sala contigua en su estudio donde conserva los originales de los 18 tomos de un “estudio de factibilidad” de lo que sería la universidad. Presidió una comisión de 200 personas que integraron docentes, estudiantes y profesionales de distintos puntos de la provincia. Los tomos, de impecable conservación, muestran en sus páginas estadísticas, planes de estudios, gráficos y trabajos comparativos, realizados entre 1971 y 1973, que sirvieron de base para la fundación de la UNER.

Para cada momento de la historia, el Chano tiene una anécdota. Por ejemplo, sobre el acto inaugural del túnel subfluvial en el que se pretendía juntar a Uranga y Fravre en aquel día histórico de 1969. El radical había sido quien gestionó la obra y el interventor fue quien consiguió los fondos, pero entre ambos había una pica que impedía esa imagen institucional que se pretendía para la ocasión. Martínez, de mala relación con el ex gobernador, no le esquivó al bulto y avanzó con las gestiones. Finalmente lo logró. Pero lo más jugoso de toda la historia que narra este testigo eterno es un singular suceso. Favre tenía varias opciones de fechas para realizar el acto, pero terminó inclinándose por el 13 de diciembre porque ese día cumplía 26 años de casado con su esposa. “Le voy a regalar el túnel”, cuenta el Chano que le dijo el interventor. Y así fue.

Distinciones

La última dictadura cívico-militar lo encontró dedicándose exclusivamente a su profesión. Recuerda el día en que Favre le dijo “vienen a matar”, cuando asumió Jorge Rafael Videla. El día que los militares detuvieron al entonces intendente de Paraná, el peronista Juan Carlos Esparza, lo llamó su esposa para que lo libere. “A mi marido se lo llevaron gritando que lo llame”, recuerda. Enseguida partió hacia el edificio del Comando.

Llegó 1983, la democracia, y Martínez volvió a la actividad política. Iba a ser ni más ni menos que para postularse como candidato a gobernador por el MID. Uno de sus creadores, y con quien tenía una estrechísima relación, Rogelio Frigerio, lo motivó para que encabezara la propuesta. El Chano conserva libros con documentos y artículos periodísticos del fundador del desarrollismo. Lo admira, aunque con algunas críticas. Una de ellas es que no entendió que “para hacer política y gobernar se necesita un partido, no un movimiento”.

Su vida dedicada al Derecho y sus relaciones políticas con los principales hombres de la historia entrerriana, como los gobernadores Jorge Busti y Sergio Montiel, no fueron un trampolín para ingresar al Poder Judicial, como era antes de la creación del Consejo de la Magistratura, y que continúa en la actualidad, aunque en menor medida, obviamente. Nunca le ofrecieron ser vocal del Superior Tribunal de Justicia, camarista, juez o fiscal. Dice que no habría aceptado. Le gusta polemizar y un juicio oral es la plataforma perfecta.

No son pocos los viejos cronistas que vieron ese espectáculo tan especial como construir una verdad ante un tribunal en boca del Chano. Uno de los últimos juicios que cautivó a la prensa y lo tuvo como protagonista fue en 2013, cuando defendió a Adrián Molaro, un joven de Cerrito que había asesinado a otro porque lo hostigaba desde que tenía 4 años. Un pueblo entero se levantó en contra de su defendido, lo que no le impidió al Chano pasar días en el lugar del hecho recabando pruebas y testigos. El caso terminó con una condena de 22 años de prisión, pero se convirtió en una profunda reflexión sobre el bullying, por todo lo que allí se narró. Antes fue un testigo sustancial en el caso de Dalma Otero, la empleada judicial que fue asesinada en 1997. El Chano, en realidad, había sido convocado dos meses antes por la víctima para hacer el divorcio, lo que no llegó a concretarse. En esa instancia, recuerda el abogado y así lo atestiguó, su representada le había advertido que su esposo, Miguel Capobianco, iba a matarla. El marido terminó condenado como autor intelectual del homicidio.

La mirada de Martínez hacia ese poder del Estado es crítica. Asegura que la intromisión de la política en el Poder Judicial, y viceversa, no es nada nuevo y ni siquiera se ha innovado en ese aspecto. Hasta antes de la pandemia, formó parte de un grupo de abogados que impulsa la reforma del Código Procesal Penal que, ahora, parece tomar envión. Astuto y sagaz en los juicios orales, lamenta los mecanismos y herramientas que el sistema ha incorporado para eludir la instancia del debate, como el juicio abreviado. “La gente, aun sabiendo que es inocente, prefiere que le den dos o tres años condicional y evitar llegar a un juicio. A algunos clientes les explico que esa pena, además de no merecerla, los puede condicionar laboralmente en un futuro”, despotrica. Ve en los acuerdos judiciales la hipocresía del Estado, encarnada por el juez, el fiscal y los abogados defensores. Aprovecha para volver a Favre, a sus épocas de ministro, cuando implementó el juicio oral y público. “Ahí tenés que saber de Derecho, presentar pruebas; no negociar”, se indigna.

El juicio por jurados, hoy una de las estrellas del fuero penal, tendrá al Chano en su historia por haber sido uno de los principales impulsores en Entre Ríos. En 2008 se le publicó un pequeño libro, de ficción y muy creativo, que tiene un prólogo del jurista Alberto Ricardo Dalla Vía. Allí recrea una conversación entre un juez norteamericano, al que conoció personalmente en uno de los viajes; la esposa del magistrado y Domingo Faustino Sarmiento, quien introduce por primera vez en la Argentina la idea de jurados o procesos con la participación del pueblo. El libro es una sutil cadena de conversaciones en las que se discute sobre la incorporación de vecinos a un proceso judicial, cuestión que hasta la fecha sigue teniendo resistencias.

En defensa propia

El Chano no defendió a personalidades de la vida pública, como pueden ser empresarios o dirigentes políticos en causas por corrupción. Pero eso no significa que haya estado lejos de esos ámbitos. Fue abogado de los Etchevehere; terminó siendo el último abogado de Montiel, quien le pidió algunos trabajos; y a Busti lo tuvo enfrente en una causa misteriosa: el caso de la agencia Kroll. El ex gobernador peronista denunció a su par radical por haber contratado una empresa privada para que lo investigara. Era, en rigor, una agencia de seguridad a través de la cual el caudillo radical quiso llevar a su eterno adversario a la Justicia mediante “auditorías” en el seno de la administración pública que tenían por objetivo detectar posibles casos de corrupción. Esta empresa tenía como cara visible a Frank Holder, un ex agente de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés). Martínez defendió a Holder, sobre quien también recaía la denuncia de Busti. Tuvo relevancia entre 2000 y 2001, pero luego, de la nada, algo pasó y se dejó de hablar. Montiel fue sobreseído, Busti no fue investigado por la agencia y la Justicia se declaró incompetente. Martínez no recuerda o, creemos, prefiere no recordar, tal vez por una cuestión de código con los fallecidos. Quizás sea una de las incógnitas que el cronista no revelará en este mundo.

Luego el ex gobernador peronista le pidió opiniones sobre diferentes temas y le encargó trabajos puntuales. Hasta intentó sumarlo a sus filas, pero no hubo caso. En 2007 le ofreció ser convencional constituyente, incluso ir primero en la lista, pero Martínez decidió serlo en la propuesta de Augusto Alasino, que había creado una agrupación cuando abandonó el oficialismo kirchnerista de entonces. El proceso de reforma lo tuvo como protagonista en una encendida polémica cuando se introdujo a la carta magna la “cláusula de idoneidad”, que establecía una prohibición de ser funcionario a quien haya participado en un gobierno dictatorial. Todas las miradas se posaron sobre el Chano, pero él no se amilanó ni se hizo el sonso, y dijo lo suyo. Comenzó por recordarles a sus pares que aquella Constitución de 1933, que tuvo a radicales y conservadores como artífices, había sido elaborada durante la Década Infame, tras el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen; que los radicales habían ocupado todos los cargos tras el golpe de 1955 y que el propio Juan Domingo Perón asumió como presidente de un gobierno de facto. Lo cierto es que esa iniciativa pasó a la Comisión de Revisión y fue modificada para que solo tuviera operatividad sobre quienes formaron parte de la última dictadura.

Martínez es un hombre de estudio jurídico, solitario en la profesión, aunque rodeado de amigos y jóvenes que lo frecuentan y lo consultan. Creador de colegios, como el de Bioquímicos, que lo tiene de representante legal desde hace 50 años; presidió el suyo, de abogados; y colaboró con otros tantos.

No tuvo socios eternos en su buffet, ni siquiera a sus dos hijos, que también se dedican al Derecho. La política tradicional que gobernó la provincia lo consultó y escuchó. Vive en la misma casa de siempre, donde tiene su estudio, en calle 25 de Mayo, a unos metros del Atlético Echagüe Club. Atiende el teléfono y abre la puerta cuando suena el timbre, sea un vecino o un futuro cliente. Y no tiene pensado dedicarse a otra cosa.

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Una historia de hospital y de militancia 

Por Raúl Barrandeguy (*)

 

No es ninguna novedad. Que el gobierno nacional tras su propósito de achicar el Estado, disminuir el gasto público y privatizar empresas y servicios, haya dirigido su embate apocalíptico contra el Hospital psiquiátrico “Laura Bonaparte” (ex Cenareso) no exhibe ninguna singularidad. Tal temperamento no se aparta del canon profesado por aquel que dijo “voy a destruir el Estado desde adentro”. Es el mismo esquema operativo llevado adelante contra los trabajadores de la salud, contra los pacientes, contra los profesionales y en definitiva contra los servicios públicos gratuitos, estragados todos en nombre de la libertad.

Sin embargo, en este caso concreto, Entre Ríos y en particular Concordia y Paraná resultan directamente incumbidos porque la psicóloga Laura Bonaparte, aquella en cuyo homenaje se le dio justo nombre al ex Cenareso (Centro Nacional de Reeducación Social), nació en Concordia donde su padre, un jurista destacado, por entonces se desempeñaba como juez del Crimen. Y más tarde, al integrarse como presidente al Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos y trasladar toda su familia a Paraná, Laura se radicó en la capital de la provincia. Allí fue donde abrazó la militancia popular. Y conoció a Luis Bruchstein con quien formó una sólida familia.

Después se radicó en Buenos Aires donde la dictadura la suplició aniquilando a toda su progenie. Su esposo, tres de sus hijos (un hijo y dos hijas) y sus dos yernos fueron secuestrados y ultimados por la represión, lo que la llevó junto con su profundo dolor, al exilio en Méjico. Allí se prodigó a la lucha universal por los Derechos Humanos viajando como veedora de los centros de refugiados de Amnistía Internacional, al Líbano, El Salvador y Guatemala.

Recuperada la Democracia en la Argentina volvió al país donde continuó su militancia por los DD.HH, incorporándose a la organización “Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora” donde llevó adelante una actividad infatigable en la búsqueda de los desaparecidos. También se aplicó al estudio de la psicología y sobre todo al de la sicología social, moderna disciplina que cultivó con marcado entusiasmo. Este mérito reconocido por sus compañeros y colegas llevó a que las psicólogas y los psicólogos, valorando esta notable trayectoria, le impusieran su nombre al Cenareso y lo rebautizaran como “Hospital de Salud Mental Laura Bonaparte”.

Hoy por iniciativa del ministro Lugones el Hospital Bonaparte está al borde del cierre. Es cierto que es mucho más fácil cerrar un hospital, como el Bonaparte, que habilitarlo, tarea esta última que ha llevado muchos años de tesonero esfuerzo. Pero también resulta indiscutible que, si esta iniciativa –cerrar el Bonaparte- prosperara, quienes concurran a sus dependencias y consultorios en busca de asistencia ya no la encontraran. Y tampoco encontraremos en el frontis el nombre de Laura Bonaparte, la abnegada luchadora popular entrerriana que derrotó con amor a la tragedia.

Corresponde entonces darle, desde Entre Ríos, un no rotundo al cierre del “Hospital Bonaparte” resguardando mediante el mantenimiento intangible y expreso de su nombre, la Memoria de Laura Bonaparte, comprometida entrerriana militante por la vida junto a las legendarias “Madres de Plaza de Mayo”.

 

(*) Abogado penalista, jurista, ex diputado nacional, ex fiscal de Estado, ex convencional constituyente por el justicialismo y profesor de Derechos Humanos en la Uader. 

Por: FEDERICO MALVASIO

El palacio y las clases

Ilustración: Santiago Moreyra

El punto de quiebre definitivo en el seno del Poder Judicial –sobre todo en la jurisdicción de Paraná, donde se maneja la botonera y se escenifican los intereses– se produjo con un hecho inesperado: la destitución de la procuradora adjunta. Cecilia Goyeneche se había convertido en una figura estelar durante los primeros años de los gobiernos de Gustavo Bordet y Mauricio Macri, cuando la corrupción pegó un salto estrepitoso desde la prensa al Ministerio Público Fiscal. Este organismo judicial, que había logrado autonomía presupuestaria y funcional, quedándose con el monopolio de la investigación y la persecución penal desde la reforma constitucional de 2008, no se planteaba avanzar con temas delicados para las terminales de poder en Entre Ríos. La política, básicamente.

Goyeneche había logrado hacerse interinamente de la etiqueta de fiscal anticorrupción, un cargo que no se ha concursado y que el propio procurador desmerece cada vez que opina que se pueden investigar perfectamente los delitos contra la administración pública sin esa estructura que también fue incorporada en la nueva Constitución.

La causa de los contratos truchos en la Legislatura aparece como el hecho más escandaloso en materia de corrupción. No por el sistema a través del cual se fraguaba dinero público mediante contrataciones a personas que no brindaban ninguna contraprestación, sino por la forma en que un montón de gente se enteró del modo en que se financiaba la política. Toda la política. Fue suficiente que un recaudador se olvidara de tomar los mínimos recaudos y se encerrara en un cajero con 20 tarjetas bajo una cámara de seguridad y un policía en la puerta, como sucedió ese 20 de septiembre de 2018, para que todo estalle por los aires. Se dice –con cierta lógica– que lo primero que pensaron los investigadores fue que se trataba de una estafa a jubilados que habían depositado su confianza en una persona para la extracción de sus haberes. Lo cierto es que una cadena de allanamientos dio inicio a la novela que se ha revelado y narrado en todo este tiempo y que dejó en evidencia un desfalco de 1.100 millones de pesos entre 2008 y 2018.

Por primera vez un sistema pensado para el financiamiento ilegal de la política, pero que hace varios años alimenta enriquecimientos ilícitos personales, prendió la alarma en Casa de Gobierno, donde la relación del peronismo con el Poder Judicial fue de buena a muy buena en los 40 años de democracia. Precisamente porque ese partido fue el que lo moldeó en el período de la post-dictadura. Y lo sigue haciendo.

Goyeneche vio en la causa contratos truchos una plataforma para posicionarse en el centro de la escena en un contexto en que la corrupción era kryptonita para la política. Avanzó sin detenerse en las relaciones históricas a uno y otro lado de la plaza Mansilla, cuyo jefe directo, el procurador general Jorge Amílcar Luciano García, es un interesante exponente de toda esa casta.

Dos años antes García le había tirado una soga a Sergio Urribarri en una denuncia por enriquecimiento ilícito. Había una parva de información contra del ex gobernador almacenada en un disco rígido que lo llevaba a él, a funcionarios de su gobierno y a parte de su familia a un cadalso judicial que indefectiblemente daría lugar a otras investigaciones, como finalmente sucedió. García propuso encapsular lo que había en ese dispositivo hallado en un allanamiento en una de las imprentas de Juan Pablo Aguilera, edulcorar la evidencia y firmar un acuerdo por cuatro años de prisión para el cuñado de Urribarri. Aguilera se convertiría en el único depositario de una condena por negociaciones incompatibles con el ejercicio de la función pública y, a cambio, todos los demás serían beneficiados con la absolución en todos los delitos que asomaban. Una oferta que no merecía ni siquiera ser evaluada por lo conveniente que parecía. Pero Urribarri la rechazó de plano, tal vez porque entendía que la política lo salvaría, como había hecho con otros, y que entonces no era necesario apelar a los servicios prestados por García, con quien había mantenido una fina relación durante sus dos mandatos como gobernador, entre 2007 y 2015.

Hace unos meses la Cámara de Casación Penal confirmó la condena de Urribarri a ocho años de prisión e inhabilitación absoluta y perpetua para ocupar cargos públicos; seis años y medio para Aguilera y otro tanto para el ex ministro Pedro Báez. Y en el Ministerio Público Fiscal habitan otras causas derivadas de aquella primera que tienen el nombre del ex gobernador en la carátula.

Los servicios de García también habían sido prestados a otro ex presidente de la Cámara de Diputados, en este caso el mandamás de la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN), José Ángel Allende, quien se disponía a llegar a un acuerdo en varias causas. La más importante era por enriquecimiento ilícito. Debía reconocer su culpabilidad y perdería parte del patrimonio mal habido. La negociación se filtró en la prensa, lo que no debía ocurrir, y no tardaron en aparecer críticas públicas sobre las bondades del acuerdo. Hubo que dar marcha atrás. García esperó un par de años, que el tiempo hiciera lo suyo, y propuso un acuerdo similar que recibió críticas del mismo tenor. Un tribunal de juicio lo rechazó porque suponía un decomiso de bienes inferior al enriquecimiento reconocido por el gremialista.

Volvamos a Goyeneche. La doctora, como buena parte de la primera línea del Poder Judicial, sabía de estos acuerdos que se cocinaban en la cúspide del Ministerio Público Fiscal. Estuvo al tanto de todas las ofertas promocionales que hacía su jefe inmediato.

Con la causa de los contratos, sin embargo, se fascinó y vio en ella una escalera mecánica que podría depositarla en la cumbre: ser la sucesora de García. En el camino, ignoró la dimensión de las relaciones de su jefe y la historia del poder que integra; apostó a un pleno. Pero de pronto se encontró con un problema que decidió resolver impunemente. Fue en el preciso momento en que allanó uno de los estudios contables donde se administraban los contratos truchos. Se trataba de un buffet que su marido había integrado como socio y lo tenía como habitué. A partir de allí comenzó el derrumbe para la doctora todopoderosa y, peor aún, también para la causa de corrupción más importante desde el retorno de la democracia en la provincia. La procuradora adjunta pidió prisión preventiva para todos aquellos que fueron allanados y quedaron bajo sospecha, menos para los integrantes del estudio al que había pertenecido su marido. El dato pasó inadvertido en medio de tanta tensión en aquellas jornadas de octubre de 2018, pero con el correr del tiempo el público pudo verificar que no era un detalle menor. No iba a ser ese el único inconveniente para Goyeneche. En la misma investigación que lideraba apareció ella misma como socia en dos propiedades con uno de los socios del estudio investigado, el contador Pedro Opromolla. La información no surgió de un carpetazo de servicios de inteligencia, sino del propio Ministerio Público Fiscal, cuando se dispusieron embargos sobre los bienes de las personas imputadas en la causa. Luego llegaron fotos de vacaciones compartidas por Goyeneche y Opromolla y otros elementos que confirmaron que había entre ellos una estrecha relación. Recién ante el escándalo irreversible la doctora dio un paso al costado.

La causa de los contratos implicaba, casi por obviedad, imputar a los presidentes de las cámaras legislativas del período bajo investigación. Pero eso no ocurrió. Quedaron afuera con la promesa del procurador García que habría una especie de segunda temporada en la que sí se avanzaría contra “los de arriba”. El martillo de la justicia no perdona a los de abajo.

Mientras todo eso sucedía, se cocinaba la maniobra político-judicial más fenomenal que se conozca en Entre Ríos: sacar la causa de la jurisdicción provincial para que pase al ámbito federal, en rigor, electoral. Con esa operación se pretendía juzgar semejante desfalco como un delito electoral, que prevé sanciones extremadamente más livianas que las imputaciones atribuidas en la jurisdicción provincial. El plan fue ejecutado por las principales espadas parlamentarias de las dos coaliciones: Miguel Ángel Pichetto (Juntos por el Cambio) y Leopoldo Moreau (Frente de Todos). También gente de confianza de Sergio Massa acercó propuestas que terminaron con un fallo unánime de la Cámara Nacional Electoral haciendo lugar a la pretensión de los abogados defensores. Allí se abrió una puerta hacia un camino concreto: la impunidad. La última palabra la tendrá la Corte Suprema.

Mientras tanto, los abogados Rubén Pagliotto y Guillermo Mulet, que se habían hecho un festín con las denuncias contra Urribarri, ahora le apuntaban a Goyeneche por no haberse apartado al inicio de la investigación de los contratos, al punto de convertirse, bajo ese prisma, en sospechosa de encubrimiento.

Disputas

El Jurado de Enjuiciamiento decidió abrir una investigación sobre la conducta de la procuradora adjunta por posible mal desempeño en sus funciones al no haberse apartado en la investigación donde uno de los imputados era amigo personal de su marido y socio de ella en dos propiedades. Ese fue el otro episodio que motivó, quizás, la disputa palaciega más densa de los últimos 20 años en la provincia.

Goyeneche vio en el organismo que debía juzgarla una unidad básica del peronismo integrada por vocales del Superior Tribunal de Justicia (STJ) asociados con el Gobierno y se autopercibió como víctima de una persecución. Lo más interesante es que hasta el momento de su tropiezo, a la doctora no la había alterado ese justicialismo favorecido por los acuerdos invaluables que ofrecía su jefe, y de los cuales ella estaba al tanto.

La ex procuradora adjunta se hizo de una fenomenal cobertura mediática local, pero sobre todo nacional, que la puso en un pedestal. Tenía el micrófono abierto para decir lo que quisiera, con el plus de no recibir una sola repregunta que la incomodara. Instaló la idea de que era una perseguida política, a pesar de que su denuncia había surgido de la misma pluma que antes hizo lo propio con Urribarri y Aguilera. Teniendo en cuenta la estructura que se le puso a disposición, es posible concluir que el discurso de Goyeneche no prendió en la política con la profundidad que se esperaba. Llegó a tener trabajando en su imagen y discurso al reconocido publicista porteño Carlos Fara, que ha prestado servicios para los principales líderes de la Argentina. Gustavo Bordet está convencido de que toda esa parafernalia fue costeada por Mauricio Macri. Es posible, teniendo en cuenta los apoyos nacionales que se ventilaron: desde el halcón del PRO Waldo Wolff hasta la presidenciable Patricia Bullrich; a la vez que se sucedían encuentros de Goyeneche con dirigentes del PRO local. Se reunió, por ejemplo, con Rogelio Frigerio. Una vez en la casa del diputado provincial Esteban Vitor y otra en el lobby del ex Hotel Mayorazgo, acompañada por el juez Marcelo Baridón. También mantuvieron reuniones en la Ciudad de Buenos Aires. El otro dato que alentó la teoría que Macri podría estar detrás de la escudería de Goyeneche fue el apoyo que recibió de Las Mabeles, un grupo de señoras de Buenos Aires que se trasladó hasta Paraná para apoyarla durante las audiencias ante el Jurado de Enjuiciamiento. Las Mabeles surgieron hace más de una década bajo el nombre de Equipo Republicano y luego mutaron como la rama femenina de Revolución Federal, cuyos integrantes están siendo investigados por el atentado a Cristina Fernández de Kirchner. Mientras todo esto sucedía, Bordet bajó la orden de que en el oficialismo nadie interviniera ante los ataques que la entonces procuradora adjunta lanzaba casi en cadena nacional.

Goyeneche logró forjar un grupo de fiscales y magistrados para dar una pelea mediática. Quienes se encolumnaron detrás suyo al inicio del proceso que terminó en su destitución firmaron documentos de apoyo explicitando un frente judicial dispuesto a todo. La disputa se trasladó a la Asociación de la Magistratura y la Función Judicial de Entre Ríos, que en 2022, después de muchos años, fue a una elección con dos listas. En la contienda salió derrotada la lista que impulsaba Goyeneche, que el día de votación estuvo fiscalizando para su estructura predilecta.

Luego fue el turno del Consejo de la Magistratura. El fiscal de Concordia José Arias, identificado con Goyeneche y uno de los que se puso al frente de las movilizaciones de fiscales, otro hecho novedoso en la historia entrerriana, emprendió una batalla de denuncias e impugnaciones tendientes a trabar el concurso para cubrir los cargos de la Fiscalía Anticorrupción. Este frente judicial ve en ese organismo asesor en la designación de magistrados una guarida del STJ.

El enfrentamiento de Goyeneche con integrantes del STJ es una continuidad de la disputa de años entre su jefe, García, y Daniel Carubia, integrante de la Sala Penal. Ambos se detestan desde hace décadas y eso ha tenido repercusiones en fallos y procesos que terminaron intoxicando el servicio de justicia.

Justicia de clase

En el palacio de justicia explotó recientemente una bomba que debería encuadrarse en esa pelea entre un sector de la Sala Penal, en rigor, Carubia; y el Ministerio Público Fiscal.

Con los votos de Carubia y Claudia Mizawak se anuló el juicio que había concluido en una condena a prisión perpetua para Jorge Julián Christe, acusado por el femicidio de Julieta Riera en Paraná. Los vocales dijeron que hubo serias afectaciones al derecho de defensa y vicios en la tramitación del proceso, tales como la incorporación en el juicio de elementos de prueba que no pudieron ser controlados por la defensa. El juicio se llevó adelante ante un jurado popular, tuvo una notable publicidad y allí se pudieron observar en detalle todas las herramientas a las que apeló la defensa para intentar evitar la condena. Sucede que Christe es hijo de la ex jueza Ana María Stagnaro, condición que lo puso en otro lugar. Caído el juicio, el joven se hizo en días de una tobillera que le permite gozar del beneficio de la prisión domiciliaria en la casa de su madre. Otros esperan meses para obtener el dispositivo que a Christe le dieron enseguida.

Unos días antes la misma Sala Penal concedió la prisión domiciliaria a Gustavo Rivas, condenado a 23 años de prisión por ocho cargos de abuso sexual a menores de edad en Gualeguaychú. Los fundamentos de aquella decisión fueron aportados por Carubia. Rivas, de 77 años, es abogado y hace un tiempo fue condecorado como ciudadano ilustre. En su caso, Carubia dijo que “la concesión del citado beneficio no está condicionada a ningún otro requisito más que a la comprobación de la edad del condenado”. Su criterio es que los jueces tienen la potestad “para disponer la modalidad domiciliaria de cumplimiento de la pena privativa de libertad a los mayores de 70 años de edad, sin requerimiento de otra u otras condiciones”.

Es curioso que unos meses antes, frente a una situación similar, Carubia le había negado el beneficio del arresto domiciliario a José Raúl Grantón, condenado a 16 años de prisión por homicidio en ocasión de robo a un productor agropecuario. Grantón es un changarín de 72 años que ha pasado más de la mitad de su vida en la cárcel. También pidió cumplir la condena en su domicilio, pero el criterio de Carubia fue diametralmente opuesto al que luego utilizaría para Rivas. Dijo Carubia: “El tópico etario por sí solo y automáticamente no es motivo suficiente para otorgar la prisión domiciliaria”. Y agregó: “Es clara la letra legal al disponer que el juez ‘podrá’ disponer el cumplimiento de la pena mediante detención domiciliaria, la cual debe evaluarse considerando la concreta posibilidad de fuga del imputado, lo que la aleja de toda otra forzada interpretación”.

En el caso Rivas, Carubia había aludido a la “condición sociocultural” (sic) del abogado y ciudadano ilustre. Nada de changarín.

En diferentes trabajos, Eugenio Zaffaroni, ex ministro de la Corte Suprema, ha demostrado que en las cárceles del mundo están aquellas personas que responden “al estereotipo social” que una sociedad ha construido y, en el caso argentino, son “los adolescentes de los barrios pobres”. Las estadísticas abonan esos postulados. Hacia finales de 2021, el 50,3 por ciento de los individuos privados de la libertad en cárceles entrerrianas tenía 35 años o menos; el 26,6 por ciento no había completado la escuela primaria, el 3,2 por ciento no había pasado nunca por el sistema educativo, el 88,7 por ciento no había completado la escuela secundaria, apenas el 1,4 por ciento había cursado estudios terciarios o universitarios y había apenas nueve profesionales con título universitario.
El texto que llegó a su fin se propone reflexionar sobre el rumbo de las democracias débiles y el funcionamiento de las instituciones cooptadas por castas de clase que reproducen ciudadanías de baja intensidad.

 

(Nota publicada en la edición impresa agosto/septiembre de 2023)

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