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▪ Cultura ▪

Demorarse entre los libros

Tras una década de recorrido en la cultura local, Vaporeso dio este año un paso más y espera concretar pronto otro sueño. En este espacio, que nació con la venta ambulante y ahora se proyecta como la “usina cultural” de la calle Nogoyá, los libros siguen conservando el protagonismo y constituyen una invitación al encuentro mediante la reivindicación de la demora y el amor por la literatura. En una charla con Cicatriz, Joaquín Díaz habló de sus proyectos pero también de los lectores, la vida cultural en la región y la actualidad de un oficio que está tan vigente como siempre.

Por: MARTÍN GERLO

Demorarse entre los libros

Fotografía: Raúl Perriere

El suelo de la Plaza Alvear, ubicada frente a la antigua iglesia que, por cercanía, le presta su nombre a uno de los pulmones verdes más lindos de Paraná, fue el primer escenario que cobijó los libros de Vaporeso, el espacio cultural que Joaquín Díaz concibió de manera solitaria mientras regresaba de un viaje al sur. “A esto lo puedo hacer toda mi vida”, se dijo a sí mismo cuando conoció en su periplo patagónico a una pareja de porteños de clase media que, hartos de la rutina, se despojaron de muchas pertenencias y buscaron en suelo austral un oficio y una vida que se ajustaran más a sus deseos y aspiraciones. “Se habían cansado, vendieron todo y se fueron al sur a vender sus libros”, rememora. Si bien el joven entrerriano se vio en ese espejo, su deseo no fue huir, sino todo lo contrario: quiso volver y llevar adelante en su ciudad algo similar a lo que vio en ese viaje.

Cuando llegó a Paraná, ese verano de 2011, Joaquín miró su biblioteca, rastreó volúmenes olvidados en las bibliotecas de algunos parientes y armó su primer catálogo, que fue el inicio de la librería ambulante. La década neoliberal, las crisis y otros factores fueron configurando en esos años un escenario poco estimulante en la ciudad, donde las librerías de usados, las disquerías y los espacios culturales parecían algo más asociado al pasado y a la nostalgia que a la posibilidad real de construir un proyecto sustentable. A pesar de eso, la iniciativa se puso en marcha.

Una década después, con un stock de casi 9 mil libros, cientos de discos y un espacio que es referencia en la región, el impulsor de Vaporeso divide su tiempo entre poesía y ladrillos, entre novelas y contenedores, entre clientes y albañiles, mientras va y viene de su nicho actual, el “almacén estrambótico”, a la obra que albergará la nueva librería, mucho más amplia que la actual, con un café literario y un espacio para charlas. Un proyecto ambicioso que implicará un salto más, como lo fue pasar de la venta ambulante a un garaje prestado, de ese garaje prestado a un local propio y, ahora, del local-vivienda a la “usina cultural”.

“Si me preguntan si funciona mi librería, digo que sí, que cada vez funciona mejor. Lo que me gustaría que pase es que cada vez haya más libros para llegar a más público. Si eso se traduce en ventas, es lo que menos podría explicar. Pero sí que hay un público al que estamos interesados en llegar, y a ese público lo abrazamos cariñosamente”, dice Joaquín Díaz desde el último piso de la librería, el espacio que ideó para dictar talleres y albergar los libros y discos que todavía no fueron catalogados.

Desde ese lugar con ventanales amplios que dejan ver la renovada Feria de Salta y Nogoyá, el responsable de Vaporeso recibió a Cicatriz para repasar la historia de su proyecto, remarcar la importancia de las políticas culturales en los gobiernos locales, reflexionar sobre las particularidades de los lectores en esta región, contar cómo es su relación con otros libreros y brindar detalles del espacio cultural que piensa poner en marcha a fin de año.

De la plaza a la feria

Ya instalado como librero ambulante en la Plaza Alvear de Paraná, otros hechos lo fueron marcando y moldeando: primero conoció al escritor entrerriano-santafesino Fernando Callero, quien lo condujo al camino de la poesía. “Fue un momento de explosión sensible, y eso multiplicó la experiencia de vender libros”, resume. Por otro lado, en lo que reconoce como una política cultural exitosa, fue convocado a participar en 2013 de la Feria del Libro de Paraná, reflotada durante la gestión de la ex intendenta Blanca Osuna. De esa instancia, que le permitió llegar a un público mucho más amplio, salió fortalecido y con otras perspectivas. “Ahí crecimos un montón, fui con 200 libros y volví con 30. A toda esa plata la reinvertí en libros y ahí mi hermano me prestó la cochera”, cuenta.

“La cochera” fue su primer espacio físico cuando comenzó a manejar un volumen de libros que ya hizo casi imposible el modo de venta ambulante. La casa ubicada en calle Feliciano –a la vuelta de la Plaza Sáenz Peña– y la participación en las siguientes ferias fueron consolidando Vaporeso, que poco a poco incorporaba a su catálogo libros nuevos de editoriales independientes. “A nosotros nos hizo crecer muchísimo; hoy estamos quizá en otro lugar por eso. Fue muy significativo”, reflexiona Díaz, quien, mientras reconstruye el camino que atravesó casi en soledad, remarca al mismo tiempo el impacto positivo de “las políticas gubernamentales y la influencia que eso tiene en el comercio”.

Cuando hubo que buscar un nombre para el negocio, llegó a la memoria “El Estigma del Doctor Vaporeso”, un clip de Cha Cha Cha: “No es de mi generación, lo veían mis hermanos, pero yo empecé a verlo de una manera insoportable. Lo veía todo el día. Lo tomamos un poco entre la risa y la solemnidad”, explica, estableciendo un paralelismo entre la estética del “hágalo usted mismo” que caracterizó al humor de la década de 1990 y el impulso artesanal de su proyecto.

Atrás fueron quedando sus días en las facultades de Derecho y Letras, carreras que nunca lo entusiasmaron tanto como la lectura y la posibilidad de construir su propia librería. Cuando tuvo que engrosar su catálogo, tras las experiencias exitosas en las ferias locales, viajó primero a Buenos Aires, pero luego descubrió “grandes y nutridas colecciones en Paraná” que fueron conformando el stock de usados. “Es una tarea de vigilancia constante, y ya después de diez años nos vienen propuestas”, señala.

En todo ese tiempo, mientras la librería iba creciendo, tejió un vínculo con muchos clientes fieles, algunos de los cuales llegaron siendo jóvenes ingresantes universitarios y ahora lo visitan como docentes, investigadores o profesionales. “Hoy cuando compro libros ya pienso incluso a quién se los voy a vender”, confiesa.

Librería de pueblo

Tras casi dos años en “la cochera” de calle Feliciano, llegó la posibilidad de aspirar a un espacio propio, con la idea de construir la librería en la parte delantera de la que iba a ser su vivienda. Buscó terrenos y casas por la zona céntrica, pero “no daban nunca los números”. La insistencia, la suerte y el acompañamiento de su familia le permitieron llegar a la actual casa de calle Nogoyá, donde hoy vive con su pareja Ana y su hija Mercedes, y en cuyo frente se ubica el “almacén estrambótico”, como se dio en llamar. El proyecto siguió creciendo y se consolidó.

Lo primero que acondicionó fue el espacio donde iba a ubicar la librería, mientras en el fondo acomodaba un colchón rodeado de libros que le sirvió para instalarse a vivir. Hoy recuerda entre risas cuánto costó poner a punto ese lugar, que era una fábrica de chacinados con cuyo ex propietario llegó a construir una relación de amistad. “Esto era un albergue de salamines y quesos. El dueño se llevó la cámara frigorífica, pero quedó una trampa de doble piso, donde se ve que quedó grasitud. Cuando la cámara dejó de darle refrigeración, se empezó a podrir”, relata. Llevó tiempo, pero con trabajo y ayuda lograron desmontar el viejo y oloroso dispositivo que se ubicaba debajo del suelo: “Cuando sacamos eso a la calle salieron los vecinos a ver qué pasaba”, recuerda.

En ese espacio que comenzó a abrir al público los días jueves, viernes y sábados incorporó nuevas editoriales. En los años previos había establecido una relación con la Editorial Iván Rosado, de Rosario, “que atrajo a un círculo poético de la ciudad”; y con Barba de Abejas, de Eric Schierloh. A ellos se agregaron “un montón de editoriales amigas” y así “se fueron sumando cosas que siempre quisimos tener, y ahora nos daba el espacio físico”, explica.

De esa época data un hecho que, involuntariamente, terminó bautizando al proyecto. Un cliente que acudió en busca de libros de ciencia ficción “no encontró nada de lo que venía a buscar” y salió realmente enojado, diciendo que parecía “una librería de pueblo”. Lejos de ofenderse, Joaquín revirtió el insulto y “Librería de pueblo” fue la denominación que acompañó a Vaporeso durante muchos años, hasta que optó por “Almacén estrambótico”, como “la definición de algo que es único en su especie”.

Vaporeso se reconoce como parte de un linaje en la cultura local, que tiene importantes antecedentes en librerías históricas como Sultanino, Jabulani o Casa Altman, y que actualmente se vincula con otras de la nueva generación, como Azogue, Sempere o Gedeón. “Hay una comunidad con las nuevas librerías que es mucho más linda”, dice Díaz, quien destaca el respeto por todos sus colegas, más allá de las características o el fin comercial de sus respectivas propuestas, “porque a pesar de las malas políticas económicas y la pandemia, siguen adelante”.

“Las que tienen tiendas virtuales son un montón, y de a poquito van buscándole la vuelta para abrir espacios físicos”, remarca, al tiempo que considera que cuantas más librerías haya en la ciudad, es mejor, porque esa situación “va a formar cada vez más lectores” y agrega: “El lector que tiene necesidad, va a recorrer todas las librerías”.

Ya en el local de calle Nogoyá se sumó la posibilidad de incorporar discos de vinilo a su catálogo, un nicho que cada vez atrae a más fanáticos de la música. Fue su amigo Ariel Charras, quien impulsó en su momento el “Misterioso almacén de música”, el que le propuso continuar con el proyecto que ya no podía sostener. De ese modo, Vaporeso incorporó cientos de discos originales que diariamente nutren las bateas de melómanos entrerrianos y santafesinos.

Los lectores

El éxito de un negocio o proyecto depende en gran medida de su recepción, de encontrar un público fiel y ávido de novedades, que crezca y se renueve. Disipando prejuicios y preconceptos, Vaporeso encontró ese destinatario en los jóvenes. “Mi viejo fue una persona que desde la fundación de la librería nos acompañó un montón. Y eso es algo que siempre le sorprendió. Él veía algo que para mí, por la diferencia generacional, me parecía habitual. Decía ‘che loco, cómo leen los pibes’. Rompía ese estereotipo. Y eso que yo no tengo un público adolescente, sino postsecundario”, analiza.

Semana a semana, muchos clientes vuelven y buscan libros de los más variados estilos, tanto para su formación universitaria como algo vinculado a la narrativa, poesía o historia. Son “pibes que críticamente hacen sus lecturas, en paralelo a la universidad”, y que dan la pauta de una ciudad con un importante acervo cultural. “Mi viejo lo marcaba como una gran sorpresa, porque vendíamos un montón a ese público. Un público que, para el poco recorrido vivido, estaba muy formado”, agrega Joaquín Díaz.

La responsabilidad del librero, cree, es grande. Recuerda que le han devuelto con disgusto algunas recomendaciones, ante lo cual le da la razón al cliente y le reintegra la plata, pero también remarca que hay otros seguidores que buscan en el librero a un guía para sus lecturas, alguien con mayor recorrido que pueda satisfacer sus imprecisos antojos literarios o demandas. “Hay clientes que nos piden que les mandemos por semana dos o tres libros y ni les interesa elegirlos”, afirma.

En el catálogo de Vaporeso hay obras de lo más variadas. Ingresando, a la derecha, se puede consultar una muy completa biblioteca de historia entrerriana y periodismo, escoltada por unos estrechos y altos estantes dedicados a la filosofía. Luego hay libros de psicología, historia mundial y argentina, un catálogo de “nuevos” y a la izquierda los anaqueles dedicados a la literatura nacional. En el piso de arriba, donde están los discos, se ubican los libros de literatura universal, agrupados por autores latinoamericanos, españoles, franceses, norteamericanos y rusos, entre otros. Todo ese material suma unos 8 mil volúmenes, y a ellos deben agregarse otros mil que aún no fueron ubicados y están en el piso de arriba. Con el nuevo proyecto, que brindará más espacio, esperan aumentar ese stock.

La usina cultural

Pegada a la librería actual, en una vieja casa que hace varios meses está en proceso de restauración, se ubicará la nueva Vaporeso. Será un salto importante, que traerá la posibilidad de comenzar a abrir todos los días al público y albergar nuevas propuestas. “El proyecto de al lado roza otra vez lo antimoderno. Es restaurar una casa y pensar en la conservación de una estructura patrimonial de la ciudad, porque creemos que el libro, y esta instancia de llevar la lectura adonde tiene que ir, es un compromiso. Nos reímos porque las condiciones sociales son álgidas. Pero es un lugar de respiro ante tanta mala noticia. Lo tomamos con compromiso”, resume.

La posibilidad de adquirir ese inmueble llegó casi de casualidad, a partir de un contacto fortuito con una heredera de la propiedad. Con ayuda de familiares, luego de un tiempo, lograron concretar el negocio y desde entonces se puso en marcha el proyecto: “Es una inversión muy grande, pero creemos que es algo que vamos a hacer toda la vida. Voy a dejar todo lo que tenga para hacerlo, no veo por qué no”.

La iniciativa tiene distintas instancias, que no nacerán de manera simultánea pero que ya están planificadas. “Va a ser una pequeña usina cultural y librería, que será una apertura de comercio”, dice Díaz, quien precisa que el espacio contará además con una sala para presentación de libros y lectura de poesía y otro sector destinado a cafetería. Cuando le consultan cuál es el espíritu de la iniciativa, afirma que su deseo es construir un lugar para “demorarse entre los libros, con una linda charla, una linda música”; quiere que su librería sea un “respaldo” ante “la prisa diaria”. Cree que actualmente vivimos en “ritmos muy voraces” y ensaya una reivindicación de la demora, un elogio de la pausa. “La vida no es más que la demora en cada una de las cosas. Tener un hijo es la demora en la afectividad, en la instancia del asado, de disfrutar con amigos. Pasa el tiempo y uno disfruta”, subraya.

Uno de sus primeros y más cercanos clientes, El Correntino, se sumará a este proyecto, que por sus características demandará más trabajo. “Conoce nuestra vida, es parte de la familia”, confiesa. Hasta ahora, al tiempo que proyecta espacios y no desatiende el oficio de librero, cada peso que ingresa lo destina a la nueva casa, que a fin de año podría abrir sus puertas. A pesar de lo difícil que puede ser emprender en un país con la economía inestable, que siempre atraviesa turbulencias, Joaquín Díaz no se queja y se aferra al mantra que se repetía a sí mismo hace una década, mientras regresaba del sur: “A esto lo puedo hacer toda mi vida”.