Un reloj pulsera encontrado entre las ruinas de la que había sido la ciudad más industrializada del país quedó clavado fatídicamente a las ocho y cuarto de la mañana. La aguja más pequeña, abrasada por la explosión, marcaba una sombra que la asemejaba a la aguja grande.
Ese día no había una sola nube, hasta que repentinamente un destello cegador cubrió todo el cielo. Era una gigantesca bola de fuego, más grande y brillante que el sol, de un notable color amarillo pálido, casi blanco, que viajaba a toda velocidad hacia la tierra. El ruido ensordecedor vino después. Parecía el tronar del universo en explosión, como si hubiera estallado el sol.
Ese día, el 6 de agosto de 1945, quedó de manifiesto la capacidad del ser humano para crear algo capaz de destruir todo aquello que había construido, incluyendo su propia existencia. La explosión en Hiroshima demostró que sería capaz de hacer uso de ese poder. Pero lo ocurrido en Nagasaki, tres días después, una vez vista la desolación, muerte y destrucción, dejó en evidencia cómo, aún conocidas las terribles consecuencias, el hombre sería capaz de repetirlo.
Treinta años después, mientras las dos superpotencias se enroscaban en una guerra fría de consecuencias impredecibles y el país estaba sumergido en un clima de violencia política que desembocaría en la sangrienta dictadura, al diputado nacional Edgar Cossy Isasi, del peronismo entrerriano, se le ocurrió que la construcción de la bomba atómica le daría a la Argentina la posibilidad de diputar un lugar en la mesa de negociaciones globales; y así lo propuso en el parlamento.
El ingenioso Cossy Isasi decía entonces que “antes de su paso a la eternidad, el teniente general Perón dejó marcado su pensamiento referido a la relación entre la defensa nacional y el universalismo hacia donde se encamina indefectiblemente la humanidad” y que la fabricación de un artefacto nuclear –cuya misión le encomendaba a organismos científicos y técnicos militares– le daría al país un reconocimiento que no tenía en el concierto internacional, determinaría su futuro como potencia y le permitiría contar con una poderosa herramienta para la defensa nacional.
La idea, acaso delirante si se analiza bajo el microscopio de la Historia, no marcó el pulso del debate público en aquellos días febriles de la Argentina de 1975, pero sí tuvo la atención del ojo omnisciente de la Embajada de los Estados Unidos.
El padre de la criatura
Cossy Isasi, que entonces tenía 49 años, es un personaje fascinante y contradictorio: abogado, nacido en Paraná, era un hombre cercano a Enrique Tomás Cresto, pero había dado sus primeros pasos en la militancia política desde la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), una organización de pensamiento y acción, nacionalista, católica y notoriamente antisemita.
En sus orígenes era un grupo juvenil que rechazaba por igual al comunismo y al liberalismo; supo congregar entre sus filas a personalidades tan dispares desde Rodolfo Walsh a Guillermo Patricio Kelly o el periodista Rogelio García Lupo, y en la heterogeneidad de su composición social se mezclaban personas de clase media y alta y también algunos trabajadores. El referente regional era Alberto Ottalagano, un declarado fascista, quien se jactaba de haber manejado la estructura en Entre Ríos, “la ciudad de Santa Fe, todo el norte santafesino, Chaco, Formosa y toda la Mesopotamia”.
La ALN fue una de las primeras organizaciones en apoyar al peronismo, hasta su caída en 1955, y luego se convirtió en una estructura inorgánica de la resistencia. El periodista Martín Gerlo, en su libro Los conjurados, menciona a Cossy Isasi como integrante de los comandos civiles que participaron del fallido levantamiento encabezado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco, en junio de 1956; en su caso, según las crónicas de aquellos días, “habría sido parte del grupo que buscaba paralizar el servicio de lanchas” entre Paraná y Santa Fe, lo que le valió la persecución.
En 1973, con el regreso de Juan Domingo Perón al país, la ALN reapareció ubicándose a la derecha del movimiento.
Para entonces, Cossy Isasi ya estaba integrado orgánicamente al peronismo: en 1971 había sido designado por la junta promotora nacional como apoderado general en Entre Ríos y, en ese rol, “mantuvo una entrevista con el gobernador de facto, Ricardo Favre, solicitando la restitución de la casa partidaria en Paraná” y “que se dictaran las normas para que los agentes de la administración pública pudieran afiliarse a cualquier partido político y las normas electorales que regirán en la provincia en los futuros comicios”, según consignó El Diario en una nota citada por Claudio Maidana, licenciado en Historia de la Universidad Autónoma de Entre Ríos (Uader), en un trabajo titulado La conformación de la Juventud Peronista en Entre Ríos: 1971-1973.
El peronismo se presentó a las elecciones del 11 de marzo de 1973 bajo la denominación del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli). Héctor J. Cámpora se impuso a nivel nacional; Edgar Cossy Isasi fue elegido diputado nacional en una lista que excluyó a los representantes de la tendencia revolucionaria; y Cresto resultaría electo el 15 de abril, en la segunda vuelta que hubo en la provincia.
A partir de la llegada del peronismo al poder, las organizaciones de izquierda potenciaron sus frentes en el territorio. Pero el rasgo distintivo de esta etapa fueron las disputas internas entre sectores ideológicamente antagónicos dentro del movimiento.
Cossy Isasi resultó un engranaje fundamental para darle formalidad a la Cooperativa de Cirujas, que fue el paraguas del Comando Paraná, un grupo parapolicial ideado por Cresto para contrarrestar el avance de la izquierda peronista. El libro Rebeldes y ejecutores sostiene que casi todos sus integrantes tenían contratos en distintas reparticiones públicas, aunque en la práctica se dedicaban a hacer atentados y amenazas varias, en alianza con un sector de la Policía, y a veces también oficiaban como custodios del gobernador, de ahí que los llamaran Cadeneros de Cresto.
Su gestión legislativa, en cambio, revela a Cossy Isasi como un personaje ambivalente y contradictorio: impulsó, por ejemplo, un proyecto para concientizar a los alumnos de escuelas primarias y secundarias sobre la igualdad de derechos del hombre y la mujer; propuso volver a la ley de divorcio sancionada durante el segundo gobierno peronista; y promovió un proyecto que procuraba reconocer el derecho de los abuelos a ver a sus nietos, aun cuando los padres se opongan.
También fue autor de un proyecto que lo llevó a la tapa de los diarios: aquel que procuraba proteger, en caso de una ruptura de pareja, a los novios que hubieran adquirido bienes muebles o inmuebles para ser utilizados en una futura vida matrimonial. La propuesta fue malinterpretada y ridiculizada públicamente. “¿Se podrán reclamar tanto las cartas de amor y los románticos mechones de pelo como los collares de perlas, las heladeras y los juegos de dormitorio?”, ironizó la revista Siete Días. Cossy Isasi se lo tomó a risas: “Yo jamás hablé de devolver regalos, eso sería irritativo, dado nuestro modo de ser”, respondió.
Sin embargo, el que acaso podría ser considerado su legado en materia legislativa quedó plasmado en una ley que luego fue replicada en otros países y aún está vigente en la Argentina: el derecho que protege la situación habitacional del cónyuge que a partir de su viudez está expuesto a sufrir los efectos de la partición del inmueble que constituyó el hogar conyugal ante el pedido de otros herederos que tienen derechos sucesorios sobre esa casa. Para decirlo más claramente: lo que Cossy Isasi impulsó fue que el cónyuge sobreviviente tuviera derecho al uso y goce de la vivienda que fue asiento del hogar conyugal en forma vitalicia y gratuita.
Juegos de guerra
Una de las características de la guerra fría fue el fortalecimiento de la carrera armamentista. Las dos principales potencias se preocuparon por acrecentar sus arsenales bélicos y, especialmente, los artefactos nucleares.
El mundo entró entonces en un equilibrio basado en el terror: nadie deseaba una contienda, pero había un peligro latente de que se desatara un conflicto abierto si saltaba una chispa.
La lectura que hizo entonces el diputado Cossy Isasi fue que las fuentes de poder que tenían los países para sentarse a la mesa de las negociaciones globales eran las armas o los billetes, y la Argentina debía transitar ese camino.
En el contexto de una compleja coyuntura política, en marzo de 1975, Cossy Isasi presentó un proyecto para disponer “las medidas conducentes para que, por intermedio de los organismos científicos y técnicos militares (…) se proceda a la elaboración de la llamada ‘bomba atómica’, destinada a la defensa nacional”.
El diputado entrerriano sostenía su proyecto en un discurso que Juan Domingo Perón había pronunciado ante legisladores nacionales, previo a las elecciones que lo llevarían su tercer mandato, en el que afirmó que el mundo se encaminaba hacia un proceso de globalización que reemplazaría a la división política continental. “En esa organización universalista se llegará a establecer un sistema en el que cada país tendrá sus obligaciones, vigiladas por los demás, y será obligado a cumplirlas aunque no quiera, porque es la única manera en que la humanidad puede salvar su destino frente a la amenaza de la superpoblación y la destrucción ecológica mundo. Nosotros debemos empezar a pensar que ese universalismo ha de ser organizado por alguien, y que si no nos disponemos también a intervenir en la organización de ese internacionalismo, todos estos años de lucha por liberarnos serán inútiles, porque si los imperialismos actuales imponen el ritmo de esa universalización lo harán en su provecho, no en el nuestro”, advirtió el General aquella vez.
Siguiendo esos lineamientos, lo que planteaba Cossy Isasi era que América Latina, que había sido históricamente considerada el patio trasero del mundo, estaba llamada a constituirse en el futuro en “un continente rector de la política mundial”, aunque advertía también que “dadas las circunstancias del avance técnico moderno, del progreso de las ciencias, como del adelanto en el campo de la defensa, tal destino promisorio corre riesgo grave de frustrarse si alguno de sus integrantes no logra poseer en sus reservas el dominio de la energía atómica”.
Argentina, decía Cossy Isasi, era el país que estaba en condiciones de encabezar el proceso que llevara a la región a la mesa de las grandes potencias, “producto de largos años de investigación y de estudio referidos a la energía nuclear”, durante el primer gobierno peronista, “y se han proseguido sin interrupción hasta el presente, esfuerzo que ha dado como fruto el poner a nuestros científicos en condiciones de liberar, en forma controlada, la energía del átomo”.
La realidad, sin embargo, estaba bastante lejos de eso.
En 1949, el gobierno había montado el primer laboratorio de investigación fusión nuclear del mundo, donde el extravagante científico austríaco Ronald Richter prometía generar energía a gran escala utilizando hidrógeno como combustible.
El misterioso centro de investigación estaba ubicado en la isla Huemul, en el lago Nahuel Huapi, a ocho kilómetros del centro de Bariloche. De ahí el nombre: Proyecto Huemul.
El ambicioso proyecto que convertiría a la Argentina en pionera en materia nuclear le costó al gobierno varios millones, mucha especulación en distintos lugares del mundo y un fracaso que escondió una oportunidad para el país.
El proceso por el cual Richter quería generar energía ilimitada es conocido como fusión. La idea consiste en fusionar átomos de hidrógeno y otros elementos livianos, desencadenando así una reacción que genera energía ilimitada y barata. Para que se entienda mejor: el austríaco pretendía crear artificialmente un sol en la Tierra.
Tan novedosas resultaban las ideas del científico que en 1950 se firmó el Decreto Número 10.936 para la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y comenzó a construirse en la isla Huemul un reactor que operara a tan altas temperaturas que permitiera generar esa fusión de forma artificial.
Pero luego de finalizado el complejo, Richter tuvo una serie de extrañas demandas que motivaron las primeras dudas. Su preocupación principal eran la seguridad y la posibilidad de que espías extranjeros pudieran sabotear el proyecto en marcha. Entonces diseñó un plan de protección, estableció una guardia armada, hizo construir una torre de vigilancia, un plan de iluminación y planteó la posibilidad de disponer de una lancha para trasladar tropas en caso de un ataque. Perón accedió a todo.
Una mañana de 1951, en conferencia de prensa, Perón hizo el gran anuncio:
–El 16 de febrero, en la planta piloto de energía atómica en la isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica.
El anuncio era extraordinario y situaba a la Argentina delante de las potencias mundiales que en los años de posguerra habían dedicado grandiosos esfuerzos y recursos a la investigación nuclear.
Fue tan asombroso y sorprendente que la noticia ocupó la tapa de The New York Times del día siguiente: Perón anuncia una nueva forma de hacer que los átomos produzcan energía, tituló el diario estadounidense.
Hasta ese momento, la liberación de cantidades enormes de energía nuclear solo se había logrado en Hiroshima y Nagasaki, con un resultado de horror. Pero Richter aclaró inmediatamente que su investigación tenía fines pacíficos:
–Cuando explota una bomba atómica hay una destrucción espantosa. Yo controlo la explosión, hago que se produzca en forma lenta y gradual –dijo el científico austríaco.
Las dudas en todo el mundo crecieron con la misma intensidad que antes había generado el descubrimiento que trastocaba completamente el tablero geopolítico. Científicos a lo largo y ancho del planeta se mostraban incrédulos y la prensa internacional exigía pruebas que no aparecían. La impaciencia también ganaba terreno puertas adentro y el proyecto quedó en jaque. El ruido inquietó a Perón y el 5 de septiembre de 1952 envió una comisión fiscalizadora integrada por eminentes científicos, entre los que estaba el físico José Antonio Balseiro, para contrastar la investigación.
El informe de Balseiro sentenció el proyecto: “Las experiencias presenciadas no muestran en ninguna forma que se haya logrado realizar una reacción termonuclear controlada” y concluyó: “El doctor Richter ha mostrado, o un desconocimiento sorprendente en una persona que emprende una tarea de tal magnitud, o ideas muy personales sobre hechos y fenómenos bien fundados y conocidos”.
La planta fue desactivada dos años y medio después en el más absoluto secreto. The New York Times volvió sobre el tema, pero ahora con sarcasmo: El proyecto de energía atómica de Argentina explotó con la fuerza de una burbuja de jabón.
Pero no todo resultó un fracaso. La CNEA, creada en 1950 como soporte científico del Proyecto Huemul, convirtió a la Argentina en pionera en el desarrollo nuclear a nivel mundial; y se construyeron los Centros Atómicos de Ezeiza, Constituyentes y Bariloche, donde funciona actualmente el Instituto Balseiro, que recibió su nombre en honor al célebre físico argentino.
Lo cierto es que en 1975 lejos estaban los científicos argentinos “de liberar, en forma controlada, la energía del átomo”, como dijo Cossy Isasi en el parlamento.
Sin embargo, aquel antecedente le permitía inferir que la Argentina estaba en capacidad de desarrollar la bomba atómica, ya no como arma de destrucción masiva sino como “un factor de equilibrio en la geopolítica internacional” y consideraba que el país “no puede ni debe quedar al margen de las decisiones, ni renunciar por anticipado a la posibilidad de tener un relieve protagónico y significativo en el universalismo hacia donde marcha la humanidad a pasos acelerados”.
Irónicamente, propuso fabricar la bomba atómica con fines pacíficos: “La política internacional de nuestra patria se ha caracterizado a través de los años por su marcada tendencia pacifista, lo que la caracteriza y define en la actualidad. Es la real postura que expresa su ser nacional. Pero ello en modo alguno significa una vocación de debilidad o renunciamiento a su destino histórico de grandeza”.
“No ignoramos que en nuestro país existen innumerables e impostergables asuntos que resolver; que faltan muchas escuelas que levantar, muchos hospitales que equipar, como que falta resolver el agudo problema habitacional. Pero tampoco escapa al sano criterio que el destino de nuestra patria no termina hoy: tenemos la obligación de lanzarnos decididamente hacia el futuro, con vocación de grandeza, para realizar la Argentina potencia”, cerró Cossy Isasi su arenga.
El proyecto no marcó el pulso del debate político en esos días ni después.
Pero no pasó inadvertido para la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, que el 3 de abril de 1975 emitió un cable alertando al Departamento de Estado sobre la iniciativa que acababa de presentarse en la Cámara de Diputados y detallaba las consultas que se habían hecho a través de la Oficina de Asuntos Interamericanos: “Cuando se le solicitó un comentario sobre esto, un portavoz del Ministerio de Defensa rechazó cualquier comentario. La CNEA afirmó que estaba estudiando la energía atómica para fines pacíficos y no tenía un plan para utilizarla con fines beligerantes”. El documento, al que accedió Cicatriz, lleva la firma de Joseph Montllor, una suerte de ministro consejero de la Embajada, quien se permitió especular que “es poco probable que (el proyecto) reciba una consideración prioritaria a menos que el Gobierno decida impulsarlo, lo que parece poco probable”. Como efectivamente ocurrió, y quedó en el olvido.
Retiro en silencio
El golpe de Estado encontró a Cossy Isasi en Buenos Aires. Esa madrugada, los militares irrumpieron en su casa de avenida Zanni, en Paraná, y se llevaron a su hijo, Mario Edgardo Cossy, recién recibido de abogado. El diputado fue detenido en horas de la mañana del 24 de marzo, al bajar del avión que lo devolvía a la capital entrerriana, e inmediatamente fue alojado en los cuarteles del Ejército, encapuchado, sin posibilidad de contacto con otras personas y en un calabozo que permanecía oscuro durante todo el día. Allí lo encontró el capellán militar Julio Metz; había sido torturado y estaba en muy mal estado físico y psíquico, recuerdan sus familiares.
Estuvo en condición de desaparecido hasta el 17 de septiembre de 1976, cuando se blanqueó su detención a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. El mismo Decreto Secreto Número 2.087 blanqueó también la situación de su hijo.
Su esposa, la escribana Mireya Alicia Parcerisa, que estaba a cargo de la Dirección General del Notariado, Registro y Archivos de la provincia, fue cesanteada tras el golpe cívico-militar.
Una madrugada de noviembre, estando Cossy Isasi detenido en la cárcel de Paraná, se produjo una explosión frente a la casa familiar. El artefacto, en realidad, estalló en la propiedad de un vecino. La fachada de la vivienda sufrió daños de magnitud, al igual que los tres automóviles que había estacionados en el garaje; pero nadie resultó herido.
Hacia fines de 1976, el arresto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional quedó sin efecto y Cossy Isasi fue puesto en libertad el 30 de diciembre. Unos días antes había sido liberado su hijo.
Pero en enero de 1977 fue nuevamente arrestado, esta vez en medio de una embestida judicial orquestada por la dictadura contra los ex funcionarios del gobierno constitucional. El juez Rodolfo Prati le atribuyó una serie de irregularidades administrativas en el otorgamiento de subsidios a entidades no gubernamentales y le dictó el procesamiento con prisión preventiva. Pasó varios meses en la unidad penal, hasta que un tribunal superior revisó su situación y le dictó el sobreseimiento, a instancias de Marciano Martínez, su abogado defensor.
El retorno de la democracia encontró a Edgar Cossy Isasi retirado de la vida pública. Alternó sus últimos años entre Córdoba y Paraná cultivando el bajo perfil. El tiempo de la militancia política ya había pasado.