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▪ Crónica ▪

El ocaso del Quijote

En la era del clic y la precarización laboral, el periodismo se ha convertido en un oficio que demanda mucho y devuelve poco. En ese contexto asistimos al ocaso definitivo de El Diario, el histórico matutino paranaense que hace un tiempo no muy lejano tuvo un grupo de trabajadores que, sin proponérselo, congregó a un colectivo que hizo propio un compromiso de lucha. De aquellos años a hoy y el futuro que se abre con el ingreso de nuevos viejos actores en el mundo de los medios.

Por: FEDERICO MALVASIO

El ocaso del Quijote

Por Federico Malvasio y Juan Cruz Varela 

 

Es difícil ironizar sobre la muerte de una forma colorida o simbólica.

A Guillermo Huber, periodista, la muerte lo encontró desahuciado, atravesado por un dolor que no era físico sino espiritual frente a la humillación más profunda y esperando un resarcimiento que el sistema judicial, indolente, se empeñó en negarle.

Era uno de esos periodistas que había aprendido el oficio en una redacción de otro tiempo, en la que no había periodistas recibidos en ninguna escuela de periodismo sino en la escuela de la calle. Guillermo era oriundo de La Paz; se instaló en Paraná para estudiar Historia e ingresó a El Diario casi de causalidad, en 1989, como corrector, otro oficio de antaño en los medios gráficos. No terminó la carrera terciaria, pero otra eventualidad lo dejó un día a cargo de la página De ayer para hoy, una sección semanal sobre acontecimientos históricos que incluía un apartado que recordaba hechos ocurridos 50 años antes desde la narrativa que les había dado el matutino. Guillermo solía recordar que sus crónicas se nutrían muchas veces de una gran biblioteca heredada de su padre, un reconocido odontólogo eternizado en el nombre de una escuela paceña.

Eran tiempos en que los periodistas tecleaban sus notas en las máquinas Olivetti Lexicon 80, cigarrillo tras cigarrillo, detrás de nubes de humo. No había horarios fijos; los periodistas comenzaban a llegar cuando gran parte de la ciudad retornaba de sus trabajos y se iban, ya entrada la madrugada, a continuar la bohemia del oficio en los salones del Bar Victoria mientras esperaban que El Diario estuviera impreso, doblado y listo para que los canillitas pasaran a retirarlo.

Con los años, Guillermo se asentó como cronista de Deportes, llegó a ser subjefe de sección y también fue delegado gremial.

Hasta que un telegrama de despido le movió la estantería por completo. Durante 29 años había vivido una vida dentro de la Redacción: seis días a la semana, sin sábados ni domingos, en jornadas que nunca eran de seis horas, con francos rotativos que bien podían caer en domingo, martes o miércoles. A cierta edad, más cerca de la jubilación, aquella vida era la única posible, y ante el estruendo de un despido, Guillermo no pudo organizar una persona distinta a la que era, no pudo reinventarse.

“No ha sido fácil para mí”, recordó en una charla con uno de los redactores de esta nota dos días antes de que su muerte sacudiera el grupo de WhatsApp que comparten los trabajadores despedidos a mediados de 2018. Se lo notaba debilitado; hablaba con un hilo de una voz que había perdido algunos matices. “Perdí mucho y he tardado hasta ahora en recuperarme del dolor que siento, un dolor que no es físico sino espiritual. Nunca más pude volver a agarrar un diario”, contó esa mañana.

En 2018, El Diario despidió sin causa y sin indemnización a ochenta y tantos trabajadores; no se hicieron distinciones de áreas, antigüedad o cargos, en una muestra del vaciamiento profesional.

Algunos tuvieron más suerte que otros; hubo quienes pudieron reacomodarse, reinventarse en el periodismo o en otros oficios, sobrevivir. Guillermo hizo algunas changas, manejó un remís en esos horarios que nadie quiere tomar, durante la nochebuena de ese año le desvalijaron la casa y con su enojo a cuestas se fue a Buenos Aires; sin suerte y sin trabajo, a la semana se subió al camión de un amigo que iba hacia el norte, anduvo por Córdoba, Catamarca, repartió currículums en medios gráficos, digitales, radios, pero nadie lo llamó; alguien le dio el dato de un conocido que tenía un periódico en Andalgalá, una ciudad del norte catamarqueño, y allá fue, a dedo, pero tampoco tuvo suerte; de ahí a Salta, sin un peso. Volvió a Paraná por unos meses y decidió mudar sus expectativas hacia el sur, acaso buscando algo de amor en el reencuentro con su hija, a quien no veía desde hacía bastante: en colectivo llegó hasta Santa Rosa y ya sin dinero siguió a dedo hasta San Martín de los Andes, donde pudieron abrazarse. En Neuquén le ofrecieron espacio en un medio digital: “Me dijeron que buscara una publicidad y lo que me dieran era para mí. Pero no conocía a nadie”, recordó. Buscó nuevos rumbos hacia el lado del mar, camino a Viedma, “a ver si encontraba una radio, un diario, un pasquín”. Una semana después, y unos cuantos kilos menos, cayó deshidratado a un costado de la ruta. Unos policías alcanzaron a verlo tirado y le salvaron la vida. Pasó dos meses de convalecencia en un hogar de Carmen de Patagones hasta que su familia le mandó un pasaje y pudo volver a Paraná.

“Mi historia es un granito de arena”, dirá dos años después y ya jubilado. “Hay compañeros que la pasaron peor porque se ensañaron con nosotros, hubo gente a la que nunca respetaron”, agregaría aquella mañana al otro lado del teléfono.

Cien años al tacho

El nombre de El Diario se oyó por primera vez el 15 de mayo de 1914.

–¡Salió El Diario! –voceaban con fuerza los canillitas en el centro de Paraná, anunciando el nacimiento de un periódico que con los años se convertiría en una de las más prósperas empresas de la provincia.

El Diario nació por la vocación de un grupo de radicales entusiastas que tenía más vocación política e interés por ascender al poder, que espíritu empresario. Efectivamente nació como un órgano partidario, se convirtió en un diario para toda la sociedad y entró en agonía cuando se volvió otra vez en un diario al servicio de un gobierno. Esas volteretas de la historia se cuentan en El imperio del Quijote, el libro imprescindible de Jorge Riani.

Para los periodistas que habitaron aquella redacción bohemia, El Diario murió el 25 de agosto de 2010, cuando los hermanos Ivar y Arturo Roosevelt Etchevehere vendieron sus acciones en Sociedad Anónima Entre Ríos (SAER) al empresario del préstamo santafesino Walter Grenón, y la familia cedió el control del matutino después de siete décadas. “Ya no se trataba de seguir imprimiendo, seguir cobrando sueldos, seguir saliendo a la misma hora”, dice Riani.

Grenón había desembarcado en Entre Ríos a principios de este siglo, pero su nombre se hizo conocido cuando adquirió el paquete accionario del matutino a instancias de Sergio Urribarri, con quien ya tenía otros negocios entre manos: era el titular de Red Mutual, una fabulosa herramienta de cobranza a través de los códigos de descuento. Sin ninguna experiencia en los medios de comunicación, adquirió el 66 por ciento de las acciones de El Diario a través de Nea Capital Creativo, una sociedad anónima cuya integración ha sido siempre un misterio. El 33 por ciento restante quedó en manos de los herederos de Luis Félix Etchevehere, el tercer hermano de la tríada.

A partir de ese momento cambió abruptamente la línea editorial y los comisarios políticos del Gobierno pasaron a monitorear todo lo que se publicaba.

Ese proceso dio inicio al hundimiento de un diario centenario que se había cimentado en una ciudad que apenas lo doblaba en edad; o como dice Riani, un diario que influyó en la política local, provincial y nacional; un diario que le dio ocho gobernadores a Entre Ríos, dos presidentes a la Corte Suprema de Justicia de la Nación, cinco ministros nacionales y una larga lista de etcéteras; un diario que prestó sus páginas a plumas como Juan L. Ortiz, Marcelino Román, Amaro Villanueva, Guillermo Saraví, Andrés Chabrillón, Piojo Zaragoza, Kiko Cozza y, más acá en el tiempo, a Guillermo Alfieri o Celeste Mendaro.

Con la llegada de Grenón, “la injerencia de los Etchevehere en El Diario, quedó reducida a nada”. Sin embargo, el cambio de manos de la mayoría accionaria fue provechoso en términos financieros para la familia y se profundizó un proceso de vaciamiento que los tres hermanos –Zahorí, Raucho y Arturo Roosevelt– habían iniciado en el año 2000, con la transferencia de numerosos inmuebles de la empresa a sus patrimonios personales, y continuó durante 2006, 2007 y 2008, con operaciones que justificaban en la necesidad de generar fondos para la cancelación de deudas de la sociedad.

Un informe elaborado por la contadora Mariana Cerini, síndica en el concurso preventivo de SAER, reveló que la empresa estaba en una situación financiera crítica “desde antes del año 2006, cuando todavía se contaba con patrimonio positivo” y que las sucesivas administraciones la llevaron a tener un patrimonio “negativo en varios millones de pesos” hasta dejarla “al borde del precipicio”.

El proceso se profundizó en 2012, cuando Grenón y los Etchevehere llegaron a un acuerdo por el cual cada parte retiraría inmuebles de la sociedad por un valor equivalente a su participación accionaria. En el esquema que diseñaron, los accionistas se quedaron con los inmuebles, luego los vendieron a empresas que ellos mismos integraban y, finalmente, recurrieron a la toma de préstamos financieros fuera del sistema bancario asumiendo el pago de tasas usurarias que cargaron en las cuentas de la sociedad anónima que administraba El Diario. De ese modo, la empresa “quedó casi vacía de bienes inmuebles y tuvo que intentar la obtención de nuevos créditos a través del circuito financiero distinto del bancario, lo que llevó al embargo de sus derechos de cobro de publicidad y también a la ejecución de deudas fiscales”, explicó Cerini.

Por esas maniobras, Walter Grenón, Leonor Barbero Marcial de Etchevehere y sus hijos, Luis Miguel, Sebastián y Juan Diego, fueron procesados por delitos de administración fraudulenta. En cuanto a El Diario, la contadora Cerini sostuvo que “la situación deficitaria continuaba año tras año, siendo constante el deterioro de la situación comercial, operativa y financiera, que se fue se agudizando en el tiempo. En el año 2010, el nivel de endeudamiento era preocupante; desde 2011 en adelante el nivel de endeudamiento podría calificarse como inadmisible; en 2012 se puso a la concursada de rodillas, se la liquidó; y para el 31 de diciembre de 2014 la sociedad ya no solo se encontraba en estado de cesación de pagos sino inmersa en la casual de disolución”.

Con los bolsillos gordos, Grenón vendió sus acciones en SAER a fines de 2012 a Ramiro Héctor Nieto, un empresario rosarino dedicado al mundo audiovisual y que también llegaba de la mano de Urribarri. Para ese entonces, El Diario llegó a su centenario sumido en un proceso de deterioro que no era solo patrimonial, sino que también había dilapidado su capital más preciado: el periodismo.

Lucha desarmada

Un día impreciso de 2012, el histórico reportero gráfico Julio Blanco subió la escalera que desembocaba en la Redacción y tiró delante de los que estaban:

–Che, en el fallo del convenio nos van a cagar.

El Superior Tribunal de Justicia (STJ) tenía para resolver un reclamo de trabajadores de prensa sobre la aplicación en Entre Ríos del Convenio Colectivo de Trabajo Número 541, homologado en 2008 y que El Diario se negaba a reconocer.

Una fuente le había asegurado al fotógrafo del bigote ancho que el fallo en la Sala Laboral saldría desfavorable a los trabajadores por dos votos a uno: Germán Carlomagno lo haría por la aplicación del convenio colectivo de trabajo, mientras que Susana Medina y Bernardo Salduna votarían en contra.

La pregunta que resonó en la Redacción fue qué hacer y la decisión que se tomó fue concurrir el martes siguiente a la explanada de tribunales. Los martes eran los días de acuerdo; los vocales se reunían en un salón con sus ventanas a la calle y los trabajadores de prensa se harían oír desde la calle. Así lo hicieron: un grupo improvisó algunos cánticos y dio el puntapié de lo que sería un proceso largo e intenso.

Aquella primera protesta comenzó a replicarse semana a semana: periodistas, fotógrafos y algunos gráficos iban cada martes a la puerta del palacio de justicia, ya con bombos que ofrecieron los gremios estatales y docentes. Los primeros encuentros llamaron la atención y se fueron sumando adhesiones de colegas que durante décadas no habían prestado ni una mínima cobertura al inexistente Sindicato de Prensa de Entre Ríos, a cargo del oscuro dirigente Osvaldo Couceiro y enrolado en la CGT.

A mayor presencia en la calle, se profundizaba algo que había dejado de ser un reclamo para convertirse en un conflicto. Se sumaron personalidades de la cultura. Las fotos empezaron a replicarse en Facebook, la red social fetiche de esos días, hasta hacerse virales; y los comentarios debajo de cada crónica multiplicaban el acompañamiento.

Ese cóctel también interpeló a la política, y algunos dirigentes convocaron a periodistas de El Diario para interiorizarse sobre un tema que ya era parte de la agenda de todos los días en otros medios. El conflicto había dejado de ser sectorial para convertirse en un reclamo social. Los trabajadores autoconvocados emitían documentos que en minutos tenían cientos de compartidos. También apelaron a la creatividad como factor determinante en sus convocatorias: había diseñado un bonete con papel de diario que todos los periodistas utilizaban en repudio a la decisión judicial que se venía en un contubernio entre magistrados y los dueños del medio. Incluso una noche, luego de una jornada de paro en el matutino, el reconocido periodista Mauricio Antematten apareció abriendo Códigos, su icónico y popular programa en Canal Once, con el bonete puesto.

La tensión fue creciendo con medidas más duras, como cortes de calle frente a tribunales o en el microcentro; y el punto extremo de tensión se produjo cuando los trabajadores ingresaron por la fuerza al latoso edificio del Poder Judicial con una batucada, hasta llegar a las puertas de la Sala Laboral, donde la sentencia estaba escrita y firmada. Los policías miraban atónitos. Y el conflicto escaló a medios nacionales.

La vocal Medina, presidenta de la Sala Laboral, se vio forzada, en una medida excepcional, a convocar a una audiencia pública de la que participaron trabajadores y representantes de las pseudo-entidades periodísticas entrerrianas, la mayoría inventadas por la familia Etchevehere.

Finalmente, el fallo de la Sala Laboral se conoció el 25 de abril de 2013: fue dos a uno, pero a favor de los trabajadores de prensa. Medina cambió su voto y firmó por la aplicación del convenio colectivo de trabajo, junto con Carlomagno. Salduna quedó en una solitaria minoría. El Diario no tuvo más remedio entonces que empezar a regir las relaciones laborales –y pagarles a sus trabajadores– como correspondía.

Ese diario ya desvencijado tuvo un grupo de trabajadores que, sin proponérselo, congregó a un colectivo que hizo propio un compromiso de lucha. La batalla se dio en todos los campos, y se ganó. Lo que vino después fueron reclamos en otros medios para que se ajustaran a la norma.

El conflicto también resultó la piedra fundacional de un nuevo gremio, el Sindicato Entrerriano de Trabajadores de Prensa y Comunicación (Setpyc), que es la referencia para quienes ejercen el oficio en la provincia.

Acaso haya sido aquella una experiencia inspiradora para los tiempos que vienen.

Soplan nuevos viejos vientos

La empresa editora de El Diario continúa en concurso preventivo de acreedores y recientemente despidió a una veintena de trabajadores que, como los ochenta y tantos de la primera tanda, no fueron indemnizados.

Durante los últimos cinco años el juez Ángel Moia, que tiene a su cargo el concurso, ha sabido estirar como chicle los tiempos de tramitación del expediente, dejando a los despedidos bajo una incierta dinámica de seguir deshojando la margarita.

La familia Etchevehere conserva un tercio de las acciones; pero recientemente el paquete mayoritario del matutino quedó en manos de Gustavo Scaglione, un empresario rosarino que también es dueño de los diarios Uno de Paraná y Santa Fe, La Capital de Rosario, el vespertino El Litoral y una lista difícil de contabilizar de radios y señales televisivas.

La nave insignia de ese conglomerado de medios es Televisión Litoral SA, que preside el propio Scaglione e integran su pareja, Josefina Daminato, y la hija de ambos, Margarita Scaglione. Sin embargo, la compra de El Diario se concretó a través de Difutec, una sociedad anónima cuyo objeto social abarca desde los negocios inmobiliarios y financieros hasta la edición, publicación, distribución y comercialización de diarios, revistas, periódicos, boletines y la explotación de frecuencias de radio, telefonía, televisión, cable, satélite, internet y fibra óptica.

Difutec apareció en escena como rescatista interesada en una instancia del concurso preventivo que el periodista Silvio Méndez, despedido en 2018, califica como “una nueva etapa de masturbación administrativa”. El nombre de Scaglione no aparece en la sociedad; son socios de Difutec los abogados Alexis Weitemeier y Natalin Belén Martínez. El primero integra además el Estudio CMS Abogados, liderado por Leonardo Salvatierra, que se presenta como especializado en la resolución de conflictos societarios, reestructuración de pasivos y salvataje de compañías en crisis. Fue el buffet que preparó el terreno para que Scaglione adquiriera el Multimedio La Capital en 2019. Justo lo que necesita para resolver el concurso de El Diario, trabado en los tribunales entrerrianos. En los hechos, Salvatierra es algo más que el abogado de Scaglione en ese complejo entramado de negocios, ya que otro de socios del estudio, Diego Feser, también integra el directorio de Televisión Litoral SA.

Pero Scaglione tiene intereses diversificados: el entramado de sociedades que maneja la familia va desde el mercado cambiario, la publicidad vial, el turismo, la agricultura y el desarrollo inmobiliario. Y como nota al pie debe agregarse que la operación de compra de los medios que pertenecían a Daniel Vila fue un puente que también le permitió a relacionarse con un tal Sergio Massa.

Mientras tanto, ya tomó control de El Diario y acaso conviene tomar nota de lo que hace un tiempo dijo en una entrevista con Letra P para intentar predecir el futuro que podría depararle al centenario matutino: “Nadie sabe hacia dónde va la comunicación. Hay una constante evolución, que debe ser acompañada. La base del periodismo siempre estará en la nota, en lo que se escribe, lo que se investiga. Lo que cambia es la manera de comunicar. Va a evolucionar, no me gusta mucho la palabra cambio. La certeza hoy no la tiene nadie”.