Ana María Garasino, María Ruth Fischer y Carmen Segovia García fueron tres escritoras que se hacían espacio entre las mesas de intelectuales de la Entre Ríos de mediados del siglo pasado. Las producciones de cada una de ellas fueron de una regularidad sostenida a lo largo de los años y llegaron a tener una fructífera extensión. Eran conocidas en otros países y contaban con la amistad epistolar de personalidades como Miguel de Unamuno o Juana de Ibarbourou, por ejemplo.
Les pasó como a algunos otros escritores que llegaron a iluminar fuertemente con su literatura, pero cuyos escritos iban a circular cada vez menos por el cruel paso del tiempo.
Estrellas en el firmamento
Firmamentos y poetas. Estrellas que brillan y otras que se apagan. Sobre eso hablamos cuando nos referimos a los autores, a los escritores y escritoras que salieron de esta provincia. En una nota que antecede a esta, en la anterior edición de Cicatriz, hablamos sobre el fenómeno de centralidades poéticas que fueron apagándose con el dramatismo con que merece verse apagar una galaxia en el inmenso mundo o desaparecer una isla en el enérgico devenir del río.
Cuando uno habla de las escritoras olvidadas de la literatura se instala una duda sobre los motivos de esa desaparición, y vale preguntarse si fue por una cuestión de género o si habrá sido por una cuestión del paso generacional.
Ana María Garasino, en términos de acciones para permanecer en el tiempo, ha sido más avanzada que las otras escritoras. Se puede decir de otro modo: Ana María editó su obra sin tantas demoras, superadas las vallas que, a ella y a las otras, le imprimió la matriz del momento. Y con su producción fue por imprentas y editoriales. De todos modos, es oportuno considerar que los pliegos cosidos de Nueva Impresora, los libros, no evitaron que el tiempo la tratara a ella como a sus colegas.
Garasino, Fischer, Segovia García hoy son escritoras conocidas solo por una élite. Decimos élite para indicar las dimensiones diminutas que ocupan sus devotos en el mundo general de los lectores, es decir, dentro de quienes consumen literatura. Esa élite no es necesariamente elitista. Por el contrario, no sería difícil encontrar devotos de estas escritoras que quisieran ver cómo crece esa comunidad; que por conocerlas, por haberlas leído, quisieran que su obra se multiplique y eso sea gozado por otros y otras y más personas de estos tiempos y de los que vengan.
Vaya a saber para quiénes escribieron estas mujeres. Quizás, siguiendo la pulsión de muchos autores, de muchas autoras, escribieron para sí mismas. Y que veían como un regalo extra que una comunidad de lectores gozara de sus producciones, al leerlas, como disfrutaron ellas al escribirlas. Hablamos de tres décadas de esta provincia: 1940, 1950, 1960.
Pero un día, por esas cosas hechas a escala de provincia, más aún, de aquella provincia lejana en décadas, esa literatura se agotó materialmente. ¿Dónde pueden acudir la lectora y el lector de esta nota para conocer su obra?
Juan L. Ortiz es de una singularidad extraordinaria, de una genialidad enorme, porque logró conmover con su poesía a una generación a la que el propio poeta no alcanzó a ver ni siquiera en estado embrionario. Eso hizo posible que muchos artistas, en otras disciplinas, como Carlos Negro Aguirre en música, o Gito Petersen y Maxi Sanguinetti en dibujos, por ejemplo, vieran en él algo para prolongar en el tiempo. Hay mucha gente que avivó la llama de Ortiz.
Cuando llegó la democracia y los municipios abrían centros culturales y la palabra taller dejaba de pronunciarse para referirse exclusivamente a un lugar donde se arreglan vehículos, Paraná abrió un centro cultural y lo llamó con el nombre del escritor del río. Hubo una serie de circunstancias que hicieron a la trascendencia de Juan L., más allá, claro está, de su genio literario. Hoy, uno puede seguir leyéndolo en libros que huelen a nuevo. Como los de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner).
Una de esas circunstancias para esa permanencia o ese resurgir, seguramente haya sido que la ensayista Claudia Rosa y la escritora Celeste Mendaro fueran jóvenes cuando llegó la democracia y muchas páginas en blanco esperaban sus escrituras. Ellas las llenaron con Juan L.
La arqueología literaria
Matías Armándola, acaso jugando con el destino que pareciera que le trazó su apellido, está armando un rompecabezas con otros autores y otras autoras que tuvieron menos planetas alineados a su favor. Para eso, no alcanza con ir en busca de las piezas. Esto es, revisar archivos, hablar con familiares sobrevivientes, rastrear en álbumes de recortes y fotografías que resultan cada vez más extraños en el seno de sus propias familias según van pasando las generaciones.
El joven ha tenido que estudiar a la par de conseguir las piezas. Decimos esto porque la tarea que desempeña es muy minuciosa, no solo en las publicaciones, sino en una fuente que todo investigador codicia: las cartas, la cantera epistolar, con sus definiciones, sus giros poéticos, sus relevantes remitentes y sus destacados destinatarios, con sus caligrafías y sus revelaciones.
La proximidad de Cicatriz a la persona y el archivo de este estudiante, nos ha permitido conocer, por los intervalos de las charlas periodísticas que se llenan con más charlas reflexivas sobre las letras y sobre la historia, que en las editoriales de la región están al tanto de sus investigaciones.
De hecho, Comarca nodriza, de María Ruth Fischer, se reeditó recientemente, a partir del esfuerzo de Azogue Libros y la Editorial Municipal de Paraná, que tomaron contacto con el investigador, y permite ilusionar con un rescate global de toda esa literatura.
Las investigaciones, casi digamos el trabajo de arqueología literaria que está haciendo Armándola, lo llevaron a tener listas las antologías de esas piezas perdidas en el tiempo que no habían salido como libros. Con Ana María Garasino se ha propuesto ir en busca del material desperdigado, no solo por el valor en sí mismo y la ilusión de que regrese del olvido mediante ediciones, sino también como propuesta para que otros libros de ella, lleguen a la reedición.
Garasino es una escritora fantástica. Lo sabemos porque hemos visto su estilo replicado en propuestas literarias que le sucedieron, aun cuando algún autor que haya recorrido similares giros no se haya topado con su obra.
Garasino, en su libro Historia de una expresión, catalogada como novela aun cuando los capítulos pueden ser leídos de manera independiente, bajo ese título poco prometedor que no hace justicia a la riqueza de su interior, cuenta cosas delicadas o también complejas, como el andar de una maestra a la que la comunidad escolar ha bautizado como Lechuza. Seguramente no alcanzaban las facciones de la educadora para ser llamada así. Nadie bautiza candorosamente Lechuza a su señorita, con perdón de las bellas chistadoras de la noche.
Sin más preámbulos que el trazo de su literatura, Ana María muestra –no sabemos si queriendo o sin querer, pero lo muestra– un choque social que en algún momento de la historia se ha dado en las escuelas, que casi en su totalidad eran públicas porque la educación no podía entenderse como un negocio ni como el sueño bienhechor de nadie que no sea el Estado. Aunque también había algunas pocas escuelas religiosas de señoritas, en Paraná, que tenían una puerta de ingreso al edificio para las señoritas ricas y otra puerta de ingreso para las señoritas pobres, según grita Ana María en su literatura. Por un escrito suyo sabemos que esa hipocresía institucional le ponía la sangre en ebullición.
En los relatos que involucran a Lechuza, la escritora presenta a una trabajadora que, de buenas a primeras y por orden de una política de Estado, tenía la misión de educar a una niña de la alta sociedad con los mismos libros y las mismas palabras con las que lo hacía con un niño descalzo.
Y su escritura es una delicia. Es una delicia porque toma caminos que serían trabajosos para los lectores si la escritora solo hubiera buscado hacer alarde de su magnífica destreza de manejar el idioma escrito. Ocurre que además, filigranas literarias mediante, se entiende muy bien lo que cuenta y se disfruta. Se disfruta lo que cuenta y cómo lo cuenta.
Su referencia a una ciudad fantasmal hace acordar a Juan José Saer cuando habla, precisamente, de “la ciudad”. Saer no dice Santa Fe, sino que crea un ambiente urbano al que llama “la ciudad” y que uno puede reconocer con nombre propio.
Ana María Garasino trata igual a Paraná. La cuenta. Por ahí la nombra, pero más que nada la cuenta sin ningún chifle chauvinista ni interés por documentar el paraná-de-mis-ayeres. Aunque es lindo que otros sí lo hagan, es bueno que Ana María Garasino solo se pensara como una escritora sin la necesidad de reivindicaciones melancólicas sino más bien con un compromiso literario, que implica el don de ver y la destreza de contar.
En su literatura asoma una incesante mirada social sin tonos panfletarios. Los panfletos son buenos para la trinchera, pero Ana María Garasino ha decidido hacer literatura y dejó unos libros que hoy serían motivo de codazos entre coleccionistas, si los hubiera, o de lectores.
Miren qué decía sobre esa ciudad a la que vemos y no mencionamos cuando le preguntaron sobre el ambiente en el que escribe o que describe. “Esta primera pregunta se define por sí sola con la lectura de mis obras. Yo no he podido –¡me grita en la sangre!– dejar de ser entrerriana en mi producción novelesca. Mis libros: El estanque de Siloé, aparecido en 1927; Irupé, que actualmente se publica en La Novela Entrerriana; La fusta roja (vida de provincia) y El libro de Soli (inéditos), dicen bien a las claras de mi filiación terruñera. Aun cuando esta última obra no regionaliza geográficamente el escenario como las otras, tiene la atmósfera típica de mi suelo; esa atmósfera generosa de la que no puedo apartarme, y sin la cual me parece que mis ansiosos libros morirán de asfixia”.
Así contestaba los reportajes Ana María. Imaginemos su obra. Leamos su obra. Editemos sus obras.
María Ruth Fischer buscó otros atajos editoriales, diferentes a los que buscó Ana María Garasino, e iba publicando su obra en cómodas entregas en El Diario. Hay una carta original, en las alforjas de Armándola, donde Ruth despliega su malestar contra Arturo J. Etchevehere. A Ruth se la descubre enojada, en esa misiva, con el hombre fuerte de la ciudad, con el dueño de El Diario. El hombre que además de rico era portador de una complejidad tal que lo convirtió en mecenas de las expresiones literarias de la ciudad y en comprador de obras de artes de los mejores pintores y escultores.
El Diario, por cuestiones que se analizan en un libro de reciente aparición, era un vector de cultura. Y al tiempo que hizo cultura, tomó postura política antiperonista, es decir, elitista, y aquí sí va el mote de exclusión que esa palabra, elitista, implica.
Ana María Garasino, María Ruth Fischer, Carmen Segovia García y otras escritoras que vinieron luego, como Gloria Montoya, fueron mujeres de El Diario. Y ese diario era de una complejidad tal que alcanza para que, contada su historia, se cuente a la vez la historia de la comarca cultural. El autor del libro al que aludimos, El imperio del Quijote, no vio a tiempo la dimensión del ser social, en ese mundo de tintas y de ideas, que conformaban estas mujeres escritoras de El Diario, sino hasta después de haber publicado el libro. Es una omisión que los editores, el autor mejor dicho, debería saldar en reediciones futuras, si las hubiera.
Vínculos fraternales
Marcelino Román, ese gran periodista y escritor que aprovechó su habilidad literaria para mostrar el mundo profundo que le tocó en suerte vivir, dijo algo que vale repasar en tren de hablar de las escritoras geniales y olvidadas de Entre Ríos. Escribió en 1952: “A menudo comprobamos, con mucha pena, la subsistencia de prejuicios, olvidos e injusticias, con respecto a la posición y a la obra de la mujer en la sociedad”.
“Encuentro motivos para formular acusaciones. Y comenzaré por acusarme yo mismo, por no haber trabajado con suficiente intensidad, con eficacia bastante, por el estrechamiento de vínculos fraternales entre hombres y mujeres”. Nada para agregar a las palabras de Marcelino.
Respecto de la obra de Ana María Garasino, Román se percató de que “ha merecido juicios consagratorios de más allá de los límites nacionales. Sus creaciones han tenido triunfal acogida en los principales centros culturales del continente, pero pocas veces se ha alzado en el propio ambiente entrerriano, para destacar su obra como merece”. Parece entonces que, en tiempo real ya, en vida, había como una cuesta arriba en la comarca de escritores.
Y sobre Carmen Segovia García ha querido destacar su escritura, pero también su musculatura intelectual, ofrecida como motor de una institución enorme que quienes indagan en la cultura entrerriana de hace varias décadas encuentran que fue la Agrupación Vértice. En torno a Vértice orbitaba buena parte de la intelectualidad entrerriana de aquellos años. Y ahí estaba esta escritora, Carmen, alimentando las calderas de aquellas locomotoras culturales.
Marcelino destacaba su “labor meritoria en todo sentido” e ilustró con sus acciones para bregar por “la excarcelación de un poeta caído en desgracia”. No lo nombra pero es claro que se refiere a Jacinto Ponciano Zaragoza, poeta, peronista y presidiario al que se lo conocía como el Piojo.
Sigamos con Marcelino: “Además de Ana María Garasino y de Carmen Segovia García, hay en mi tierra muchas otras mujeres plenas del fervor por la cultura, cuyo cerebro, cuyo espíritu, cuyo corazón fructifican en el arte, en las letras, en la docencia. En Paraná hay veinte, treinta, cincuenta mujeres que aunque muchas de ellas no figuren como artistas o como escritoras, han dado muestras de inquietud espiritual, de inteligencia y capacidad dignas de estímulo. Y otras muchas mujeres valiosas hay en Concordia, Concepción del Uruguay, Gualeguaychú, Gualeguay y demás centros de Entre Ríos”.
Pide Marcelino, allá por 1942, justicia para las escritoras y “reconocer que la intelectualidad entrerriana no está constituida sólo por hombres”.
Volvamos a Garasino, si es que nos escabullimos de ella, obnubilados por la preclaridad del escritor que pedía con sus letras justicia con los pobres y con las mujeres, en un tiempo en que los fascismos nublaban los horizontes.
Ana María Garasino habla de un mundo vasto, multicolor, pero que también conoce los tonos más oscuros. El mundo que vive una niña de la década de 1930 en una provincia culta, que todavía no era capaz, empero, de aceptar otros grupos sociales que no por carecer de oportunidades iban a desdeñar el concepto de mejorar a través de la cultura.
En eso llegó el peronismo. Garasino no habla estrictamente de política pero lo hace, en definitiva, cuando orienta su referencia literaria hacia “los humildes”, allá por 1947. Y habla también de las injusticias sociales y del mundo atribulado de los adultos oprimidos.
La novela de esta escritora que invitamos a venir al presente y a la que queremos, desde estas páginas, dejar de olvidar, concentra la mirada diáfana, pero profunda, de una niña. Muestra también cómo esa mirada se da de bruces con un mundo adulto, cuya existencia, advierte, está hecha también de penurias, tribulaciones y violencias.
Garasino, en ese estado del mundo, cuenta cómo su papá sufre los latigazos del capitalismo mientras sueña con un mundo mejor para su hija. No duda en describir a su padre como un “hombre blando y sumiso” y de esa manera sacarlo del lugar donde ella no quisiera verlo y por suerte no lo ve: en el lugar de los opresores.
“El esquema es frío y terrible; un alma que atraviesa el mar y a su regreso acusa: acusa impíamente sobre la honradez, porque ayer como hoy, el ingenio forense, esa clase temida de abogados que los rusos llaman ‘ablakat’ (conciencia alquilada), cuando está dispuesta a enriquecerse con el embrollo, sabe también cuando vale la pena litigar, y cómo hacer para que el proceso se alargue, aunque en él se vayan consumiendo poco a poco la tranquilidad, vida y hacienda”.
Qué dura y qué literaria. No es contra un colectivo llamado abogados sino en contra de otro llamado bandidos. Esta escritora los desafía en ese mundo de abogados, literatos, periodistas, profesores que habrán de aplaudirla por nobleza o por hipocresía. Su estrella fue fugaz. Iluminó mucho en poco tiempo. Qué interesante si se pudieran traer aquellas luces para que alumbren algunas penumbras presentes.
Ana María Garasino le da una importancia central a sus muñecas. Porque ella juega y hace justicia en ese mundo que puede manejar a su antojo. Representa el mundo adulto y trata de que su papá, en ese universo de juguete, no pierda, como el de carne y hueso pierde bajo los dictados de las hipotecas y los intereses. Al escribir sobre el mundo de fantasía infantil y sus representaciones, muestra conocer a Henrik Ibsen, el creador de Casa de muñecas, que en su tiempo se convirtió en bandera del feminismo.
Ana María es una artista. Puede relacionar sensaciones desde una sustancialidad hacia otra. Por ejemplo: un sonido, como el pito de la estación, para ella será más que un sonido. Será un tiempo. Una fotografía movediza de su infancia.
“Puedo decir que la primera sensación fue de sorpresa y espanto: el primer anuncio de agitación, de preocupación directa hacia los avisos de la vida parte, para mí, del silbato de un tren”. Así empezó uno de sus libros.
Esta escritora logró escapar de los cómodos cojines que hay en la quietud. Cojines o sillas que están al borde del camino, como dijo el cubano aquel. “Opino que el artista debe ser siempre un disconforme, un batallador, con el único orgullo de su suficiencia para alzar el vuelo”, dijo al pasar por ahí, Ana María Garasino.
Un aspecto interesante de la novela que comentamos de Garasino es su carácter introspectivo. La escritora cuenta lo que pasa por su cabeza. Es decir que para que su libro sea interesante, interesante debe ser lo que pasa por su cabeza y cómo lo cuente. Con arpones de cazadora, caza historias en su propia historia y las cuenta como lo hacen las grandes escritoras.
–¿Se puede hablar de mujeres, escritoras, buenas y olvidadas en la literatura entrerriana? –le acercamos como inquietud a Armándola.
–Absolutamente. Absolutamente sí. Cualquiera que se aproxime a la obra de Carmen, por ejemplo, o desde ya a la de Ana María Garasino, o a las tres (Carmen, Ana y Ruth), se da cuenta de que verdaderamente tienen, no solo valor desde lo subjetivo, sino que tienen indudablemente el rigor de la creación, del trabajo poético y artístico.
Desde ahí, Armándola salta a una observación que compartimos. Ana María Garasino escribe novelas con la misma pasión en las palabras, que las que un poeta imprime en sus poesías y sin embargo no se puede decir que su prosa tenga el pesado lastre de lo barroco. “Ana María llegó a publicar bastante en vida. Ruth publicó dos libros, de doce o trece”, cuenta quien tiene esos originales para rescatarlos de un destino de olvido. Allí esperan.
–¿A qué cree usted que obedece el olvido sobre estas autoras?
–Yo creo que hay una cuestión particular. Pensemos que en 1955, Luis Alberto Ruiz publica Entre Ríos cantada, que es la primera antología, y no aparecen ni Carmen ni Ruth. Carmen aparece solo mencionada en el prólogo, es decir, en la introducción. Lo mismo pasa en 1985, cuando Ruiz termina Historia de la literatura entrerriana. Ahí apenas aparecen mencionadas Carmen y Ruth. Ana María no. No sé bien a qué obedece. Es muy curioso eso porque era un momento en el cual ellas tuvieron mucha visibilidad y mucha resonancia, aunque siempre mínimo en relación con los varones. Por ejemplo, el efecto de (Guillermo) Saraví en lo público es contrastable, digamos. Pero es curioso por qué no se ha prestado atención a estas escritoras.
–Usted habla de la visibilización que lograron estas escritoras en su tiempo… ¿En qué ámbitos?
–Ana María tuvo reconocimiento en Cuba, publicada en la Universidad de La Habana, y aparece en uno de los libros de historia de la literatura dominicana. Carmen fue publicada en República Dominicana y Ruth en Brasil, traducida al portugués. Considero que a Carmen lo que le faltó fue consolidar su obra en una publicación. Ella no tiene libros publicados, más allá de la publicación en la revista Presencias, del Instituto Superior del Profesorado, que publicó, cuando falleció, una separata con un cuento inédito suyo, llamado Sombra de higuera, que habla sobre un gaucho suicida.
Armándola le apuntó a Cicatriz que Ana María Garasino tuvo reconocimiento fuera del país, que llegó a intercambiar correspondencias con Miguel de Unamuno y que el diario La Nación, que solía armar bibliotecas que proponía a sus lectores, publicó un trabajo de ella referido a la producción del escritor modernista dominicano Fabio Fiallo.
Pioneras en la vanguardia
El entrevistado sostiene que hay una discursividad en relación con el paisaje que es preexistente a la obra de Juan L. Ortiz. “La forma que Juan L. empezó a adoptar en su escritura en 1957, cuando vuelve de los países socialistas y escribe El junco y la corriente, que es algo que ya venía elaborando, muestra una disposición del texto bastante distinta a cómo se venía leyendo, que es básicamente la estructura de una espiral concéntrica, una forma espiralada de escribir. Lo cierto es que encontramos, dentro de la obra inédita de Ruth, ya desde 1953, una forma, un trazo similar”, afirma Armándola mientras repasa el mundo que dejaron estas autoras y otras, y que espera a ser redescubierto y que el polvo del olvido se sacuda de su superficie.