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▪ Crónica ▪

La obra que componen los lectores

¿Cuánto dice sobre una persona la biblioteca que armó a lo largo de su vida? ¿Cuánto sobre su generación y su época? Biblioteca y lector crecen juntos, cada uno es la memoria del otro, cada uno habla del otro, pero las bibliotecas corren con ventaja: seguirán hablando cuando el lector ya no pueda. ¿Qué hacer con los libros cuando su dueño muere? La decisión no es de fácil resolución para los familiares que reciben como herencia aquello que para su ser querido fue un tesoro y que lleva inscripto el rastro de sus intereses, sus búsquedas, sus obsesiones.

Por: VIOLETA MEYER

La obra que componen los lectores

“Se puede ver cómo es uno a lo largo del tiempo solo con hacer un recorrido por los muros de la biblioteca”. La sentencia es de Ricardo Piglia y se la encuentra en un texto titulado Los libros de mi vida. Páginas de una autobiografía futura, que escribió especialmente para la Biblioteca Nacional. No se refiere a los libros que escribió sino a los que leyó.

¿Qué es una biblioteca? ¿Una colección? ¿Un mueble lleno de libros? ¿Una historia de las lecturas realizadas y, por lo tanto, la memoria de un pasado? ¿Un acopio de lo que falta leer y entonces un programa a futuro? Todo eso y también otra cosa. Porque hablar de una biblioteca es hablar del lector que la construyó. De sus pasiones u obsesiones, de sus hábitos lectores, de sus proyectos y sus búsquedas, que se cifran en esa selección personalísima de libros y documentos con que fue llenando anaqueles a lo largo de la vida.

Nos referimos aquí a las bibliotecas personales, que se levantan en el interior de una casa, en una habitación especialmente acondicionada o invadiendo espacios que no le pertenecen, trepando las paredes o llenando cajas a la espera de un mejor soporte. Las bibliotecas que crecen alimentadas por la voracidad lectora de su dueño, generalmente desordenadas, porque, dice el filósofo Walter Benjamin en Desempacando mi biblioteca, toda pasión linda con el caos y la de los libros linda con el caos del recuerdo.

¿Qué va a ser de mis libros cuando yo no esté? Es una pregunta que casi todos los lectores se hacen alguna vez frente a una biblioteca que rebalsa volúmenes. Encontrar la respuesta es una tarea que queda casi siempre a cargo de familiares, y no es sencilla. El tesoro recibido no puede ir a la vitrina o al cajón de la mesa de luz. Una biblioteca es, hay que decirlo, una herencia pesada. Atravesada por la tensión que se impone entre la relación afectiva con esos libros y las urgencias propias de las vicisitudes cotidianas, la decisión toma tiempo. A veces, muchos años.

Cada biblioteca es un todo

María Elena Lothringer, docente universitaria y ex directora de la Editorial de la Universidad Nacional de Entre Ríos (Eduner), ha formado a generaciones de lectores en Paraná, aunque ese título a ella le resulte ampuloso. “¿Formadora de lectores? No… Yo he intentado contagiar el entusiasmo por la lectura”, relativiza. No obstante, admite que, por “andadora de librerías y bibliotecas”, conoció muchas bibliotecas personales y ha sido consultada al momento de disponer de ellas cuando el dueño ya no está.

“Todas las etapas de la vida están en la biblioteca: a qué te dedicaste, en qué andabas pensando”, dice María Elena, mientras recorre los estantes de la suya, una biblioteca que armó de cero cuando empezó a estudiar el Profesorado en Literatura. La elección de la carrera y la biblioteca que sigue creciendo en su casa nacieron juntas y tienen una escena fundacional: un viaje escolar a Buenos Aires, en la secundaria, que incluyó entrevistas a escritores. En su despacho del diario La Nación, la jovencita alumna del Colegio del Huerto conoció a Manuel Mujica Lainez, un hombre un poco agrio. Volvió de ese viaje con un libro dedicado: “A María Elena, que no me quiere. Con afecto…”, y la firma de Manucho, que percibió que no había captado la simpatía de la estudiante.

María Elena advierte sobre lo singular de una biblioteca personal. Cada una es única y es un todo, más que una suma de libros. Ese es, precisamente, el concepto con el que se trabaja en la Biblioteca Provincial de Entre Ríos. La casona de avenida Alameda de la Federación atesora 170 mil libros. Ninguno fue comprado. Su origen y crecimiento es resultado de la donación de bibliotecas personales que se conservan íntegras. La primera fue la del profesor Antonio Serrano y la más grande, con 15 mil ejemplares, la de Beatriz Bosch.

Los libros de una persona “no pueden estar desperdigados, mandar unos para allá y otros a otro lado, porque así dejan de ser una biblioteca para ser unos cuantos libros”, dice Lothringer. Y precisa: “Son fondos bibliográficos que permiten con el paso del tiempo, conocer a una persona, estudiar sus ideas preguntándole a su biblioteca qué leía”.

“Que las bibliotecas no se desguazan”. Eso fue lo primero que le dijo a la familia de Eduardo Broguet cuando la llamaron, en 2014. Su amigo, El Gordo, había muerto y la familia quería saber cómo tratar con una biblioteca descomunal.

Marcas personales de una lectura

La hija de Eduardo Broguet, antiguo dirigente del Partido Comunista, abogado y lector empedernido, recuerda la habitación en la que su papá estudiaba y leía. Era el escritorio y un lugar imposible, dice Celina. “Siempre estaba la mesa llena de libros, papeles, cosas subrayadas, la computadora, cosas que imprimía…”, evoca. Después se ríe y completa la atmósfera: “Eso generaba un poco de tensión con mi vieja”. Para aliviar ese clima se construyó un espacio en el fondo de la casa destinado a la biblioteca, donde Broguet pasaba buena parte del día. Leyendo.

En los anaqueles que encargó a medida de ese espacio, Broguet tenía, sobre todo, libros de política y economía, sus pasiones. Su hija recuerda las obras completas de Marx y Engels, ediciones de El Capital en varios idiomas y los títulos que hablaban de “desarrollo y subdesarrollo, la función del Estado en la economía… esos eran sus temas”. Había reunido además una cantidad enorme de libros de Historia argentina y entrerriana, y muchos diccionarios.

Entre los hábitos lectores, el de marcar o no marcar los libros es toda una tipología. Hay lectores que no lo hacen y para quienes pertenecen al otro team es difícil entender cómo resisten a la tentación de imprimir su marca en la obra ajena, de llamar la atención de otros sobre lo que ha despertado la propia. Broguet subrayaba y no escatimaba en anotaciones al margen, usaba marcadores de distintos colores y regla. No obstante, su hija advierte que fue una costumbre que adquirió con el tiempo, un hábito del lector maduro. “Los libros que leyó cuando era más joven no están marcados”, sostiene.

¿Cómo explicar esa voracidad por la lectura? Celina no duda en vincular al lector con el político. “Perteneció a una generación muy lectora, muy ávida por entender. Él quería entender para transformar las cosas; estaba muy convencido de eso”, dice.

Cuando Broguet murió, en 2014, todos los libros se alojaron en una habitación. “Yo al principio no me quería desprender”, recuerda Celina. Y así, aún con la insistencia de su mamá por darle algún destino, los años pasaron. Finalmente, en 2021, se tomó una decisión que dejó conforme a la familia y agradecida a la Facultad de Trabajo Social de la UNER. La biblioteca de esa facultad se interesó por los libros y lo primero que hicieron fue un inventario, tarea que demandó casi cuatro meses: de agosto a diciembre. En Trabajo Social hicieron un ex libris que identifica los libros de la “Biblioteca Eduardo Broguet”. En la imagen, una caricatura de Gito Petersen publicada originalmente en El Diario, se lo ve sentado sobre una pila de libros.

Los libros y su potencia militante

Prestar o no prestar los libros es también un andarivel que divide aguas en el universo de las personas que leen. Están las que se prometen dejar de hacerlo, sobre todo cuando van a buscar un libro y en su lugar encuentran un hueco. La bronca trepa desde las tripas y se exhala en forma de sentencia: “No presto ni uno más”. La promesa casi nunca se cumple y el cuadernito donde se registran las salidas ha demostrado ser un instrumento poco eficaz. Prestar o no prestar los libros puede ser también una decisión política.

Federico Soñez, dirigente político de izquierda que fue diputado provincial y nacional, era también un lector voraz. Y compraba libros. Los compraba de a muchos y regularmente. Destinaba a eso una parte importante de sus ingresos, según su hijo, “una parte desproporcionada”. En 2014, cuando murió, en las estanterías de su departamento –hechas a medida de piso a techo para aprovechar hasta el último milímetro de espacio–, se contabilizaban unos 10 mil libros. “El los usaba. Sus libros están marcados, escritos, con anotaciones y papelitos. Y también los prestaba, sí. Obvio que le chorearon muchos”. El comentario es de Camilo, el hijo de Federico, quien entiende que algo de la militancia se jugaba en los libros que su padre, al prestarlos, ponía a circular. “Quienes tenemos cierta tendencia ideológica lo que queremos hacer es difundir ideas. Entonces viene eso de ‘llevate esto y leelo’”. Y considera que hoy se ha perdido un poco la potencia política y militante del libro; “esa potencia panfletaria que tuvieron el Manifiesto Comunista o La razón de mi vida”.

La biblioteca de Soñez, hija de una biblioteca familiar que tuvo junto a su esposa, se armó durante mucho tiempo y creció al calor de las conversaciones que el político mantenía con otros que, como él, tenían inquietudes que se traducían en y se alimentaban de lecturas. Camilo recuerda particularmente a Gustavo Lambruschini, Eduardo Broguet, Miguel Pita, con opiniones y miradas distintas pero abiertas al debate. Así también eran sus bibliotecas: “No eran bibliotecas sesgadas”, sintetiza.

Los 10 mil libros de Federico llevan varios años guardados en un depósito alquilado para eso. El proyecto de la familia es rearmar la biblioteca tal como estaba y para eso Camilo hizo un registro de los libros y el orden que tenían. Seguirá siendo una biblioteca familiar, aunque está la idea de digitalizar algunos materiales para ponerlos a circular, sobre todo cosas que hoy no se consiguen. Como ejemplo, Camilo menciona el libro Hombres y mujeres del PRT, de Luis Mattini, o los libros de la editorial Pasado Presente, de la década de 1960.

Besos al pan: al rescate de los libros

Desde el sindicalismo, Edgardo Massarotti, dirigente histórico de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), también es un exponente de una generación que, vinculada al ámbito de lo público y la política, buscó en las lecturas algunas claves para entender y herramientas para pensar la provincia, el país, la época. Su biblioteca es difícil de escudriñar: algunos libros están bien acomodados en una estantería en el living, pero otros, muchos otros, se guardan en decenas de cajas apiladas en distintos sectores de la casa.

Ir de compras a la librería es la forma habitual de abastecer una biblioteca. Pero hay otras. La de Massarotti es bien particular. Entre quien acumula libros con un afán compulsivo y quien lo hace con el fin de leerlos después, el sindicalista se ubica “a mitad de camino entre las dos”, afirma y se ríe. Es que dice sentir por los libros “una veneración casi religiosa” que lo obliga a rescatar cualquier libro que encuentre tirado. De esa forma, juntándolos de la basura, han llegado a sus anaqueles muchos de los libros que posee. “Yo lo relaciono con el pan. Cuando éramos chicos, si encontrábamos un pan en la calle, había que juntarlo, darle un beso y, a lo sumo, dejarlo en una ventana, pero no se tiraba. Con los libros me pasa lo mismo. ¿Cómo se puede tirar un libro?”, explica Massarotti, que además recuerda de qué contenedor sacó algunos de sus más preciados hallazgos. Con particular entusiasmo muestra la Enciclopedia Argentina, de Diego Abad de Santillan, que consiguió completa en un contenedor en la esquina de Colón y Pasaje Baucis.

Claro que no es su único método; también compra los libros que le interesan, una gran cantidad de volúmenes sobre el peronismo, de historia del movimiento obrero y de religión. Ahora está leyendo un autor que trabaja la relación de Juan Domingo Perón con las inmigraciones y que publicó Los muchachos árabes peronistas. “Cuando me invitan a dar charlas siempre aporto algo que viene de mis lecturas, algo de Historia, que no solamente enriquece una charla, sino que le da sentido, porque a veces no se hilvana, no se conoce la propia historia”, comenta.

–¿Te preocupa qué va a ser de tus libros cuando no estés?
–No es algo en lo que piense mucho, pero te diría que no tengo otra herencia afectiva que dejar a mi familia. Algunos, los entrañables, les pediré que los conserven para su propia lectura. Los demás, para que otros lean.

¿Cuánto es mucho tiempo?

En el libro Bibliotecas, una publicación reciente que reúne escritos de diversos autores sobre sus bibliotecas personales, el escritor Martín Kohan describe la suya como una “paciente acumulación de fervores”. Con esa fórmula podría calificarse la biblioteca de Enrique Pereira, según la cuenta su hijo Ramiro.

Pereira, a quien su hijo describe como “un personaje del paisaje local, un tipo excéntrico y jocoso”, nutrió su biblioteca de sus grandes obsesiones: la Unión Cívica Radical, partido al que dedicó buena parte de su vida y del que llegó a convertirse en un minucioso historiador; y la Guerra Civil Española. “La imagen de mi viejo leyendo es la que tengo yo y la que tienen muchos. Y esas eran sus manías”, refiere.

La biblioteca de Enrique no estaba en la casa familiar sino en su espacio de trabajo, el escritorio de Malvinas y Córdoba, y durante casi 20 años llegó a reunir varios miles de volúmenes; más de la mitad, sobre la Segunda República Española. En ese lugar, Enrique Pereira se suicidó en mayo de 2009. “El radicalismo era una estructura muy fuerte y antes de ser un partido era una identidad. Cuando el partido cae, en 2001, mi viejo no estaba en condiciones de superar ese colapso; no tenía ninguna chance”, reflexiona hoy su hijo.

Llevó mucho tiempo a la familia decidir algo sobre esa biblioteca. “En los primeros años no la pudimos ni tocar. Para mi mamá, los libros eran mi viejo; y para mí era inconcebible desprenderme de un solo libro”, expresa Ramiro. Hace pocos meses, 14 años después de la muerte de Enrique, la familia decidió un destino para esos libros. En el estudio de Ramiro quedó un tercio de la biblioteca; lo demás fue a la Facultad de Trabajo Social de la UNER. “Vi ahí un trato tan lindo hacia los libros que dije: ‘Ese es el lugar’”, dice.

¿Cuánto tiempo se tarda en disponer de una biblioteca? El tiempo necesario, que a veces toma la forma de un duelo, tan único y singular como una biblioteca. Ramiro explica ese proceso en pocas palabras: “En algún momento pude entender que está todo bien con los libros, pero yo lo extraño a él. Eso, que es una obviedad, lo incorporé hace poquito”.

Una colección siempre incompleta

Las bibliotecas no se llevan bien con la idea de completud, eso las diferencia de otras colecciones; de un álbum de figuritas, por ejemplo. Este, con suerte, se llena, y al llenarlo se termina. ¿Cuándo está completa una biblioteca? Por ser una construcción de toda la vida, biblioteca y lector crecen juntos, y cuando el lector muere, la biblioteca queda, ¿completa o definitivamente interrumpida?
La muerte de Claudia Rosa, en 2018, fue un mazazo. Docente universitaria y crítica literaria, fue por sobre todas las cosas una gran lectora. Una lectora apasionada de la literatura de Entre Ríos que se ocupó de explorar, reunir y reeditar. “No hay quien haya leído la literatura entrerriana como lo hizo Claudia”. La afirmación es de Daniela Godoy, docente de la Facultad de Ciencias de la Educación que trabajó con ella en la cátedra Procesos culturales argentinos y latinoamericanos, ahora a su cargo.

Daniela repasa la biblioteca de Claudia como si estuviera caminando por la casa de calle Feliciano que tantas veces le abrió puertas y páginas. “Ingresabas por ese largo pasillo y, ni bien entrabas, tenías toda esa biblioteca de libros teóricos que ella conocía al dedillo. A mano derecha tenía todo lo que era literatura argentina y latinoamericana; después, pasando el living, tenías de frente toda su biblioteca de arte; y en el pasillo que unía las dos habitaciones estaba toda la biblioteca de literatura de Entre Ríos”. Era una biblioteca importante. Así la recuerda Daniela y sobre todo destaca que “es mucha la gente que llegó a la lectura a partir de la biblioteca de Claudia, y eso habla de su generosidad, pero también de un modo de concebir la literatura, como quien siembra una semilla”.

Quienes la conocieron saben que Claudia Rosa era un torbellino. Sin embargo, estaba convencida de que la lectura es un trabajo lento. Sostenía que conocer a un autor lleva cinco o siete años, y se tomaba ese tiempo. “Lo de Claudia era un método de lectura. Para ella, el lector no era ese de corrido, de cantidad, sino aquel que se detiene. Y esa es su mayor enseñanza: sos lector porque te detenés a leer”, aporta Daniela.

La biblioteca de Claudia Rosa permanece hasta hoy en la que fue su casa. En los últimos meses, sus hijos iniciaron contacto con facultades donde ella trabajó como posible destino, pero es un proceso que recién se inicia.