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▪ Historia ▪

La provincia petrolera

Algo más que una ilusión alienta la posibilidad de que Entre Ríos se cuele en el mapa de provincias con potencialidad hidrocarburífera. Estudios geológicos realizados por YPF sostienen las posibilidades de encontrar hidrocarburos no convencionales en el subsuelo y los antecedentes de dos exploraciones arrojaron resultados que sustentan científicamente esa potencialidad. Mitos y verdades de una ¿Entre Ríos petrolera?

Por: JUAN CRUZ VARELA

La provincia petrolera

Entre Ríos tiene una larga tradición minera. Había caleras antes de que hubiera ciudades. Había fósiles, arcilla, arena antes de que hubiera humanos. En la actualidad, la provincia provee de arenas, yeso, piedra partida y ripio en casi todo el litoral para la construcción de viviendas, obras de infraestructura, caminos rurales, rutas pavimentadas. También para la fabricación de filtros de distinta naturaleza (para piletas, plantas potabilizadoras, industrias alimenticias y de la salud y varios etcéteras).

Se calcula que anualmente se extraen de las profundidades de los ríos unas 25 millones de toneladas de arena para comercializar.

La vedette en la industria minera entrerriana es la arena silícea, un insumo imprescindible para la extracción de hidrocarburos a través del fracking, y que la provincia provee al yacimiento de Vaca Muerta.

Pero, ¿podría ser Entre Ríos una provincia petrolera? Es una hipótesis o acaso el esbozo de una hipótesis.

El geólogo paranaense José Sanguinetti afirma tajantemente que sí, e ubica geográficamente las expectativas desde el centro hacia el norte de la provincia; del mismo modo lo asegura Florencio Aceñolaza, otro geólogo entrerriano, docente e investigador superior del Conicet, que es más específico al ubicar la zona de mayor prospectiva entre las localidades de Cerrito, Estacas, Los Conquistadores, Federal y la cuenca del río Gualeguay.

Ambos se apoyan en estudios científicos realizados por YPF que sostienen que las posibilidades petroleras de Entre Ríos dependen de la secuencia estratigráfica existente en el subsuelo y hablan de “algunos asomos de rocas ígneas”.

La roca madre que se encontró en el subsuelo entrerriano es una roca sedimentaria, normalmente arcillas negras, con una alta concentración de materia orgánica debido a la incorporación de organismos vivos durante el depósito de la roca. La presencia de esa roca es uno de los requisitos esenciales para la generación de hidrocarburos. Si no existe roca madre, no habrá hidrocarburos; si existe, podría haberlos.

Siguiendo aquella hipótesis podría decirse que el potencial entrerriano aparece encerrado en una contradicción: la provincia está asentada sobre el Acuífero Guaraní, uno de los mayores recursos de agua dulce del planeta; pero también sobre la cuenca Chaco-Paranaense, que se presume podría ser uno de los mayores reservorios de hidrocarburos no convencionales de la Argentina, aunque se trate de una zona escasamente explorada, debido al gran espesor de basaltos, que no solo torna de elevados costos la perforación, sino que también perjudica la calidad de los estudios sísmicos, esenciales para la búsqueda de hidrocarburos.

Sanguinetti, sin embargo, asegura que “en la provincia se han hecho estudios geoeléctricos, que permiten leer y calcular algunas propiedades físicas del suelo, roca o fluidos mediante la inyección de corriente eléctrica y determinar a qué profundidad se encuentran los acuíferos. Eso ha permitido trazar un perfil sobre la forma que tiene la cuenca y pensar que hay posibilidades de hallar hidrocarburos”, aunque admite la necesidad de profundizar esos estudios y hacer perforaciones que permitan obtener resultados concluyentes, algo que choca con dos inconvenientes, uno económico y otro vinculado con la prédica ambientalista.

Aceñolaza, por su parte, explica que “no es algo remoto que haya petróleo en Entre Ríos porque está a mitad de camino entre dos cuencas y es casi una lógica que se repitan las condiciones de generación y almacenamiento. La cuenca Chaco-Paranaense está vinculada en la llanura pampeana con la cuenca brasileña de Iratí, que ya tiene probada la existencia, fundamentalmente de gas, pero también de petróleo; y con la cuenca Andina, del borde salteño, que tiene ambos. Si en la provincia se determina que existe ese espesor sedimentario y las rocas madres en las que se inicia el proceso de licuefacción del petróleo o del gas, habría buenas perspectivas”.

El subsuelo de la patria

Eduardo Galeano escribió en Las venas abiertas de América Latina que no hay imán que atraiga la inversión extranjera ni produzca tantas utilidades como el oro negro, como describía al petróleo, y la historia no ha parado de darle la razón. De hecho, los hidrocarburos constituyen una de las fuentes principales de la matriz energética y, por lo tanto, un factor de conflicto en todo el globo.

En la Argentina, la historia comienza a escribirse en 1907, a partir del hallazgo de un pozo surgente en Comodoro Rivadavia. Buscando agua se encontró petróleo, se decía entonces. Lo cierto es que los pueblos americanos que habitaban las provincias del noroeste ya conocían el petróleo desde mucho antes.

En sus orígenes, la explotación de hidrocarburos se destinaba a la demanda de kerosene para iluminación y calefacción de las grandes ciudades.

Sin embargo, aquellos emprendimientos particulares anteriores a 1907 no perduraron y el proceso de explotación sistemática comenzó con la perforación de ese pozo en tierras fiscales de Comodoro Rivadavia.

Aquel hallazgo no fue casual, sino que hubo una etapa anterior de previsiones, investigaciones, planificación técnica, adquisición de material y búsqueda en la que participaron científicos argentinos.

Pero el cambio más significativo se produjo a partir del 3 de junio de 1922, cuando el presidente Hipólito Yrigoyen creó por decreto la Dirección General de Yacimientos Petrolíferos Fiscales; y continuó durante la gestión de Marcelo T. de Alvear, con la designación del ingeniero Enrique Mosconi al frente de la empresa estatal.

Mosconi era un militar nacionalista que puso proa al objetivo de revitalizar la industria y restringir el accionar de las compañías extranjeras. Así, por ejemplo, se anularon concesiones y permisos hasta entonces en manos privadas; se expandió territorialmente la presencia de YPF; se construyó la primera destilería, a pesar de las fuertes presiones de los trusts internacionales; se descubrieron reservas en el norte, en el oeste y en el sur; y consecuentemente se crearon pueblos alrededor de esos pozos exploratorios, algunos de ellos en zonas desérticas.

Su renuncia se produjo tras el golpe militar derrocó a Yrigoyen, en 1930. Aunque el equipo técnico y administrativo de YPF continuó en sus funciones dos años más, el proyecto de nacionalización petrolera fue abandonado y las compañías norteamericanas que lideraban el mercado de los combustibles aumentaron la producción y desplazaron a las empresas locales.

Durante la década infame se asignó a la Nación y las provincias el dominio compartido de los recursos, se amplió la reserva fiscal para su explotación estatal o privada y se estableció el pago de regalías para todas las concesiones.

En los años siguientes, YPF logró diversificar su producción y duplicar su participación en el mercado de naftas, sin interrumpir la inversión en nuevas exploraciones. Al mismo tiempo, la empresa destinaba gran parte de sus ingresos a solventar al Estado nacional y las provincias, a promover el desarrollo vial y proteger a los consumidores.

El peronismo no introdujo cambios significativos en la política petrolera. En 1947, Juan Domingo Perón anunció que “la política petrolera argentina ha de basarse en los mismos principios en que descansa toda la política económica: conservación absoluta de la soberanía argentina sobre la riqueza de nuestro subsuelo y la explotación racional y científica por parte del Estado” y dos años más tarde esas intenciones de avance estatal sobre el manejo de los yacimientos se plasmaron en la Constitución de 1949, estableciendo la posibilidad de expropiar y monopolizar los recursos hidrocarburíferos y sus derivados; aunque nada de eso ocurrió en los hechos.

Caminos similares transitaron los presidentes radicales Arturo Frondizi y Arturo Illia. Frondizi llegó al gobierno enarbolando un discurso de ideales y banderas del desarrollismo nacionalista, pero terminó concesionando buena parte de los yacimientos argentinos a empresas extranjeras. Illia dio un paso concreto anulando las concesiones y nacionalizando los yacimientos, pero no tuvo la fortaleza política para sostener esa decisión y terminó aislado hasta su derrocamiento por un nuevo golpe militar.

El pueblo que casi fue

La Comisión de Exploración y Desarrollo de Hidrocarburos del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas ha determinado que entre 1950 y 1969 se realizaron 17 perforaciones en busca de hidrocarburos en la cuenca Chaco-Paranaense, que integran Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Santa Fe, Chaco, Formosa, algunas zonas de Córdoba y La Rioja, Paraguay, el norte de Uruguay y el centro y sur de Brasil.

Tal vez habrá que bucear en razones políticas para entender por qué YPF realizó exploraciones en la búsqueda de hidrocarburos en Entre Ríos; pero lo cierto es que entre diciembre de 1961 y mayo de 1962 se instaló un campamento en El Pueblito, un paraje rural del departamento Nogoyá.

El único antecedente hasta ese momento había sido la perforación de un pozo en Gualeguay, en 1907, cuyos resultados acaso sustentaban científicamente la exploración.

El Pueblito era entonces un caserío donde vivía una veintena de familias. La mayoría había emigrado durante el peronismo. No había agua potable ni luz eléctrica, ya no estaban la tienda ni la panadería, tampoco quedaban mecánicos ni herreros. Ni siquiera funcionaba el viejo molino. El almacén de ramos generales que otrora fiaba a un año también había cerrado.

Pero la llegada de los petroleros, como todo el mundo les decía, generó una especie de entusiasmo y expectativas de progreso futuro.

El historiador Fermín Chávez contó alguna vez que Tomás de Rocamora tuvo el propósito de fundar Nogoyá en ese lugar. Pero Nogoyá, como sucedió muchas veces en la historia, nació alrededor de una capilla; y El Pueblito, que era la zona más poblada en la época de la colonia, no pudo ser el centro urbano.

Nogoyá es una voz indígena que quiere decir “río bravo” o “agua brava”. Era un lugar habitado por indígenas hasta que llegaron las campañas de exterminio impulsadas por el Cabildo de Santa Fe, y hacia 1760 ya hubo asentamientos en el paso del arroyo, luego llamado “paso viejo”, que se utilizaba para atravesar el arroyo Nogoyá. Ese primer asentamiento se llamó “Nogoyá de arriba” o “El Pueblito” y este es el origen de la ciudad de Nogoyá, aunque se encuentre 30 kilómetros al sur de la actual localidad.

Al borde de la Ruta Nacional 12, un cartel indica el ingreso a El Pueblito. Para eso es necesario recorrer 27 kilómetros por un camino de ripio, con curvas y contracurvas, resbaladizo en épocas de sequía e intransitable cuando llueve.

El terreno es agreste durante casi todo el camino, cubierto de yuyos y arbustos y en los campos abundan palmeras enanas. Los gauchos a caballo levantan la mano y responden el saludo, como se estila en el campo.

Hoy, El Pueblito es un paraje en el que apenas vive un puñado de familias agricultoras y algún estanciero acomodado. Solo hay una pequeña despensa; una capilla abandonada, algún casco de estancia ostentoso, la comisaría, el centro de salud y la vieja escuela, que lleva el nombre de Fray Reginaldo de la Cruz Saldaña Retamar, un sacerdote, predicador, misionero, docente e historiador a quien en el pueblo llaman “el cura Brochero de Nogoyá”.

En lo que supo ser una cuenca lechera de la provincia, las vacas se hacen espacio entre gallos, gallinas y soja. Pero hubo una época en la que los pobladores soñaron con que se convirtiera en la cuenca petrolera de la región.

El 21 de agosto de 1961, el gerente de Explotación de YPF, Indalecio Peláez, autorizó la perforación; y el 8 de noviembre, el presidente de la empresa, Juan José Bruno, le envió una nota al gobernador Raúl Uranga comunicándole el inicio de los trabajos en el pozo denominado ERN-1: “Ya se encuentra en la zona de Nogoyá el personal especializado que tendrá a su cargo el montaje del equipo y la perforación del primer pozo de exploración en esa provincia” y luego agregó: “Ya se tiene para ello la subestructura, el mástil y el circuito de inyección, como así también herramientas y elementos auxiliares, esperando que en el transcurso de la presente semana puedan llegar el cuadro de maniobras, las bombas de inyección y la transmisión, como así también dos trailers, casillas rodantes y un grupo electrógeno”.

Sobre los motivos de la elección del lugar donde realizar el pozo, hay quienes lo atribuyen a un pedido especial del gobernador Uranga a Frondizi, aunque eso no consta en ningún registro. En la propuesta de perforación elaborada por YPF se planteó la “necesidad de conocer la secuencia estratigráfica del subsuelo de la provincia, con miras a valorar sus posibilidades petroleras” y “ajustar la información sísmica obtenida, ver la utilidad del método en zonas de similares condiciones geológicas y si se justifica continuar con este método en la exploración de esta provincia”.

La perforación se inició el 8 de diciembre en el campo de un tal Clemente Grosso. Antes hubo que cambiar la locación original debido a que se había escogido una zona de bañados. Primero llegó un equipo con media docena de personas y, una vez iniciada la exploración, unas 40 personas trabajaban durante todo el día. Los turnos eran de seis obreros y cada uno trabajaba durante ocho horas. También había un turno de relevo para los francos.

La mayoría de los obreros vivía en Nogoyá y una estanciera de doble tracción los transportaba diariamente, sin importar la lluvia o el viento, hasta que se instalaron varias casillas en el campo alrededor del pozo y las cercaron.

Casi a diario llegaban curiosos de pueblos vecinos para ver el trabajo en el pozo. Todos conocían a los obreros y se relacionaban con ellos.

Y una decena de pobladores también fueron contratados. Amarillo, Caminos, Camusso, Schultz y Hereñú son algunos de los lugareños que trabajaron en el pozo.

Horacio Taborda tenía entonces 25 años y vivía a unos 200 metros del campamento. Un día se presentó ante el encargado y enseguida fue contratado. Comenzó a trabajar en el pozo petrolero desde el primer día y lo hizo para YPF por 15 años, primero como contratado y luego ya como empleado de la petrolera estatal, en Calchaquí, Ceres (Santa Fe), Mariano Boedo, Pirané (Formosa), Santiago del Estero, Chaco, Salta y también en Río Negro y Neuquén, hasta que problemas familiares lo obligaron a volver al pago chico.

“En esa época había mucha gente que se acercaba al pozo, de curiosa nomás, para ver cómo era y qué se hacía. Como se trabajaba durante las 24 horas, la gente se acercaba a toda hora; pero era como todo pozo, no había mucho para ver”, rememora Taborda.

El trabajo parece sencillo: “Se hacía una perforación, se sacaba la tierra y se entubaba. Para eso se utilizaba una máquina mecánica, con una torre de 45 metros, que trabajaba con tres motores de 240 caballos de fuerza cada uno y unas bombas extractoras, que funcionaban con grupos electrógenos porque estaban en marcha permanentemente. En los días de lluvia se trabajaba igual. No se paraba ni por mal tiempo ni por viento ni por nada”, cuenta. La perforación se realizaba con trépano, que es la herramienta de corte que permite perforar, y a medida que se avanzaba en la profundidad, se realizaba el entubado del pozo con cañerías de protección que luego eran cementadas.

Así lo hicieron hasta que surgieron varios problemas, a partir de un cálculo erróneo en los estudios previos. A los 1.131 metros de profundidad apareció una formación rocosa llamada diabasa, que es extremadamente dura, resistente y de características desmoronables en grandes trozos, “lo que provocó varios ‘agarres’ de la herramienta, aunque no llegó al aprisionamiento”, según consta en el informe técnico de YPF.

Ante esas dificultades, y después de numerosos intentos, se inyectó al pozo una mezcla de petróleo y un aditivo de alta presión para provocar la ruptura de las rocas. Las maniobras continuaron sin ningún resultado hasta alcanzar los 2.088 metros, hacia abril de 1962. Una maestra jubilada que conoció al encargado de la exploración asegura que ante tales dificultades “se pidieron otros elementos para continuar perforando y como la empresa no los envió, lo obligaron a levantar el campamento”. El presidente Frondizi había sido derrocado, el país estaba en ebullición y es probable que eso tuviera que ver con la decisión de abandonar el pozo.

Federico Arnst es un agricultor de El Pueblito que entonces recién había vuelto tras cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. Todavía recuerda “el ruido que hacían las máquinas cuando las sacaban para cambiar las coronas… se sentía a varios kilómetros, y a medida que avanzaba la perforación cada vez se gastaba con mayor velocidad y tenían que sacarla más seguido”.

Taborda cuenta que “el pozo se abandonó porque nos encontramos con una piedra durísima y que cada vez se hacía más dura a medida que se avanzaba en la perforación. Hasta que no se pudo continuar más hacia abajo”. Inclusive, recuerda que por aquellos años “había intenciones de hacer un pozo en La Paz, con el mismo equipo, cuando se terminara de trabajar en El Pueblito, porque inicialmente estaba programado hacer dos perforaciones en la provincia, pero no dio por el terreno que se encontraron y consideraron que no era conveniente, así que se decidió continuar el trabajo en el norte santafesino”.

Las actividades en el ERN-1 fueron oficialmente canceladas el 23 de mayo de 1962, a casi seis meses de iniciadas las perforaciones. El pozo de El Pueblito fue entubado y cementado por etapas para proteger las napas acuíferas a fin de evitar su contaminación. El último de los caños está a 216 metros de profundidad y en la boca le soldaron una tapa con un calce. Hoy solo se ve la cabeza de ese caño, que sobresale a no más de un metro y tiene la tapa semiabierta. “Hace un tiempo los vecinos dijeron que se sentía olor a gas y abrieron la tapa que cubría el caño”, cuenta un baqueano descreído. No tiene señalización, tampoco protección ni cerco. Solo está envuelto por un yuyal.

El fracaso de la exploración en Nogoyá hizo que YPF decidiera abortar también la idea inicial de realizar otra perforación en La Paz. Los obreros desembarcaron entonces en la provincia de Santa Fe, en un campamento que se instaló al norte del río Salado. Recién el 30 de septiembre de 1964, la petrolera estatal oficializó el abandono del pozo denominado ERN-1, a través de un informe que decía que “la perforación arrojó mayor y más valiosa información que la esperada” y que “es necesario alcanzar con perforación mayores profundidades que agoten las posibilidades de encontrar sedimentos”.

Entonces se dio paso a la leyenda de la Entre Ríos petrolera.