Ser fiscal significa representar a la sociedad en un proceso judicial. Josefina Minatta es la abogada de los ciudadanos que habitan desde el centro hacia el este de la provincia ante la Justicia Federal. Es quien investiga los delitos más graves, cometidos por las mafias del narcotráfico y la trata de personas, los casos de contrabando, delitos aduaneros y lavado de dinero, por ejemplo. La naturaleza de su trabajo reside en lograr que los delitos lleguen a juicio oral y para eso debe juntar las pruebas y llevárselas al juez para que las evalúe; no se trata de determinar si una persona es culpable o inocente sino individualizar a los responsables, encuadrar su conducta en algún delito y determinar si hay elementos para llevar a esa persona ante un tribunal. Muchas veces lo consigue, pero no siempre.
Hay dos maneras de ser fiscal: detrás de un escritorio, escrutando papeles y libros sobre dogmática o teoría del delito; o saliendo al territorio a enfrentarse cara a cara con los puntos de conflicto. Ella elige esta última: “Me parece una forma más humanizada y más cercana a las necesidades que puede tener la gente”.
La idea se refuerza con un cuadro en su despacho, justo detrás del escritorio principal. Es una foto tomada en una improvisada oficina en un barrio periférico, probablemente de la Ciudad de Buenos Aires, donde se reciben denuncias, se dictan talleres de formación en derechos y se brinda asesoramiento general a las personas buscando generar un vínculo distinto al que puede darse en las frías oficinas de los tribunales. La imagen representa la idea de acortar la distancia entre la población más vulnerable y ese ideal llamado justicia y está acompañada por una leyenda, “una justicia más cerca del pueblo”, que resume aquel concepto que describe la fiscal.
En el camino, algunas veces ha sido testigo del fracaso de la ley para conseguir soluciones justas, pero también ha tenido triunfos en pequeñas batallas que seguramente la llenan de satisfacción, como el testimonio de ese pescador entrado en canas, con el rostro ajado por el sol y los años que la llevó a través de ríos y riachos del delta hasta una quinta que había sido un centro clandestino de detención durante la dictadura; recibir el reconocimiento de las mujeres rescatadas de redes de trata o el llanto emocionado de víctimas de violencia de género por la contención y el apoyo.
Una chica de provincia
María Josefina Minatta es una de cuatro hijos de padres nómades: nació el 22 de octubre de 1978 en Gualeguay, un poco por casualidad y otro poco porque su madre, una profesora de literatura que había nacido en la tierra de los poetas entrerrianos, así lo quiso. Pudo haber sido en Feliciano, Federal, Concordia, donde también vivió y adonde siempre vuelve, o en cualquier otro punto del mapa al que fuera trasladado su padre, un veterinario del Senasa, entre los primeros ochenta y los tormentosos noventa.
En algunos momentos de la charla permite que le radiografíen las entrañas de su intimidad… pero solo cuando ella lo dispone. Se presta a compartir una mañana de trabajo y prefiere escapar a los rigores de una entrevista formal. Incluso la conversación discurre entre las actividades diarias de la fiscalía, cortada por un zoom en el que analiza estrategias que le permitan encarrilar la investigación por los vuelos de la muerte en el delta entrerriano y se afloja una vez que la cinta del viejo grabador deja de correr.
La puerta de la oficina permanece todo el tiempo abierta y en la charla se mezclan las voces de los estudiantes del histórico Colegio Superior del Uruguay Justo José de Urquiza que asoma enfrente.
Mientras habla –siempre mirando a los ojos–, mueve las manos de dedos regordetes y uñas esmaltadas en rojo. A la cara le llegan rebotes de luz en las paredes blancas y le alimentan los ojos.
La charla se acomoda a un ritmo diferente, a un presente atravesado de recuerdos que van y vienen con cierto frenesí: la infancia en Federal, donde andaba “libre como pájaros en un lugar que era como un pueblito”; la nostalgia por la vida en el campo y una decisión que marcó su destino: Yo pensaba estudiar agronomía porque mi infancia había sido siempre en contacto con la naturaleza. Mi papá era veterinario, mi abuelo y mi tía eran ingenieros agrónomos y siempre tuvimos mucha conexión con la tierra y la naturaleza. Mi papá nunca fue militante pero tenía algunas cosas muy claras: por ejemplo, nunca en su vida usó agroquímicos. Recuerdo que cuando íbamos al campo veíamos carteles al costado de la ruta que decían “peligro paratión”, que es un tóxico que después fue prohibido en la Argentina, y papá siempre se quejaba de la irresponsabilidad de esa gente que lo usaba en las plantaciones de naranjas. Estaba a favor de la biodiversidad, hizo lombricultura desde toda la vida, abonaba la tierra con compost orgánico, así que yo tenía eso muy internalizado y me parecía que podía ser el camino. Pero cuando se los planteé a mis viejos intentaron disuadirme para que no lo hiciera porque era mujer y la iba a pasar mal en ese mundo. Entonces hice un test de orientación vocacional y estaba entre sociología, antropología, abogacía y decidí por abogacía.
Con las patas en el barro
A los 18 años, y en los estertores del menemismo, la chica de provincia, de clase media, desembarcó en la metrópolis. “Vivía en un pensionado que se llamaba El Centavo, con otras ochenta chicas del interior, sin televisión y con la plata recontra justa. Era una época muy dura porque todo el tiempo recibíamos noticias que al papá de alguna chica lo habían echado, que otro se había quedado sin trabajo o que lo jubilaban”, recuerda.
Mientras hacía la carrera, trabajó como telemarketer en una empresa de medicina y fue preceptora en el Colegio Carlos Pellegrini. Paralelamente, hizo trabajo social y de escolarización en la Villa 31, Barrio Cildáñez o Ciudad Oculta y recibió por eso el reproche de algunas tías que hubiesen preferido verla en Patio Bullrich y “no ahí donde te llenás de olor a humo”.
Se inició en la profesión en un estudio al que recuerda como “una especie del under jurídico porteño”, en el que confluían distintos abogados que resistían a los noventa, y después fue convocada por Alberto Bovino, abogado reconocido, master en derecho, consultor internacional en materia de reforma del sistema judicial y derechos humanos y crítico de la administración de justicia.
Josefina tiene maestros, o referentes, y no terminales políticas. Así los define cuando se le pregunta. Son varios: el historiador y ensayista Norberto Galasso, con quien estudió la historia de la deuda externa e hizo cursos de formación más allá del derecho; Alberto Bovino; y docentes como Eugenio Zaffaroni, Daniel Rafecas, Lucila Larrandart, Cristina Caamaño y Alberto Binder, que le aportaron “una mirada crítica dentro de la formación conservadora” que ofrecía la UBA (“no es que hice la carrera tratando de zafar sino que intentaba elegir sus cátedras, los buscaba, y me lo agradezco enormemente porque son referentes que me marcaron muchísimo”, dirá). El de Alejandra Gils Carbó es otro nombre que no puede faltar. El vínculo nació en 2012, cuando ella trabajaba en el área legal de la Unidad de Información Financiera (UIF) y Gils Carbó la convocó para sumarse a la Procuración General de la Nación. “Me hizo una entrevista que fue como rendir un examen porque me preguntó sobre criterios y cuestiones jurídicas”, recuerda hoy. Su curriculum dice que fue prosecretaria y subsecretaria letrada, en ambos casos por concurso, pero no que tenía su escritorio en una oficina contigua a la de la procuradora ni el nivel de confianza que fueron construyendo a partir de la responsabilidad que implicaba revisar cada uno de los dictámenes que hacían los otros procuradores para contarle a Gils Carbó de qué iba la cosa antes de remitirlos a la Corte Suprema, o hasta proyectarle sus propios dictámenes. Admite que esa sí “era una tarea mucho más de escritorio”. Al principio abarcaba distintos temas, pero con el tiempo se quedó solo con los asuntos penales y así estrechó también la relación con Eduardo Casal, el procurador interino.
Una foto
En un punto, Minatta parece una típica trabajadora judicial, se cuida de no inmiscuirse en el fango de la discusión política, del cual nadie sale indemne. Ella lo sabe, lo padeció. Le causa gracia el mote de kirchnerista que le han puesto y aclara que si alguna vez tuvo militancia política fue cerca de Franja Morada (“de hecho estuve afiliada durante mucho tiempo al partido radical”, dirá en otro momento), allá lejos, cuando estaba en la universidad y el gobierno de Carlos Menem introducía la posibilidad de establecer restricciones para el ingreso y el arancelamiento de la educación pública.
Aquella es una mochila que carga desde hace años, cuando los diarios y portales viralizaron una foto que la mostraba exhibiendo una remera que decía “Argentina o buitres”, durante una disertación que dio Domingo Cavallo en un foro sobre política monetaria que había organizado la Universidad Católica Argentina (UCA). El 22 de agosto de 2014, “el gran diario argentino” publicó una noticia titulada Dos funcionarios K participaron del escrache a Cavallo. Una de ellas era Josefina Minatta, que ya se desempeñaba como subsecretaria letrada de la Procuración General de la Nación. Clarín estaba desde hacía años en una guerra abierta contra el Gobierno nacional y tenía cuentas por cobrarle a Gils Carbó desde que era fiscal ante la Cámara en lo Contencioso Administrativo y bloqueó la fusión de Cablevisión con Multicanal. Y las esquirlas la salpicaron.
En ese momento, Josefina integraba una agrupación que se llamaba Colectivo por la Justicia Social, que era un espacio de pensamiento crítico que, entre otros temas, estudiaba la criminalidad económica. Era hipercrítica de Cavallo por su rol durante la última dictadura, por la estatización de la deuda privada y por su política económica en los noventa. “Nos parecía muy loco que Cavallo estuviera dando cátedra sobre cómo debía salvarse la Argentina y decidimos asistir a la UCA para interpelarlo desde un lugar intelectual. Ese día, por ejemplo, propuso la dolarización de la economía bajo un modelo similar al de Ecuador y cuestionó que la Argentina no tomara deuda externa. Son dos cosas que a mí siempre me parecieron modelos que dejan a los países sumidos a los mandatos externos y con poca capacidad de autodeterminación. Lo que pasó fue que llegué tarde y no había visto los huevazos que le pegó Quebracho; y durante la disertación queríamos hablar y no nos dejaron porque dijeron que solo lo haría el ex ministro. Quedamos pegados a una situación que había provocado Quebracho y la prensa lo tomó como algo mucho más violento de lo que verdaderamente fue”.
-¿No te arrepentís?
-No me arrepiento porque la prensa debería cuestionarse el modo en que comunicó lo que pasó, y si me preguntás si me arrepiento de haber cuestionado ese tipo de políticas, como las que pregonaba Cavallo, por supuesto que no.
Internet no perdona ni olvida y cuando Cristina Fernández mandó su pliego para la fiscalía federal de Concordia, el senador Alfredo de Angeli sacó aquella foto del cajón para oponerse a su designación. Dijo que existían dudas sobre su imparcialidad, que había “demostrado públicamente ser una militante” y que “su actitud intolerante frente a alguien que piensa distinto es un rasgo preocupante que no nos asegura la objetividad que queremos para la justicia en Entre Ríos”.
Aquel episodio obturaba que había obtenido el puntaje más alto en los exámenes escrito y oral (45 puntos sobre 45 en cada prueba) e incluso desechaba las consideraciones del tribunal evaluador que había valorado “la claridad expositiva, la seguridad, la firmeza y la convicción expresada lo largo de toda la exposición, lo cual aportó persuasión a la argumentación y logró situar claramente a la concursante en el rol del cargo al que aspira”. Ni el título de mediadora ni sus especializaciones en magistratura y en derecho penal, tampoco que hubiera cursado estudios en la Universidad Georg-August de Göttingen (Alemania) y en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Su recorrido se redujo a una foto.
Ella no lo dice pero aprendió de esa experiencia que el mundillo de los medios es un ring al que la subieron sin siquiera un escarbadientes con el cual defenderse; y también que si no establece un vínculo con “la prensa”, la verdad la cuentan otros. Su estrategia puede resumirse así: charlas en off, hablar con todos sin distinción de línea editorial, hacer síntesis de prensa, explicar las resoluciones y elegir las entrevistas con microscopio.
Entre libros, uno propio
Volvió al pago chico a finales de 2017, más de veinte años después de haberse ido, agobiada por el cemento y el stress que propone Buenos Aires, con una pareja, a quien solo presenta como Nico, “contador y músico”, y tres hijos; ya como fiscal federal de Concordia pero a Concepción del Uruguay. La fiscalía de Concordia no había sido puesta en funcionamiento y sigue en lista de espera. Pudo haber sido cualquiera de los otros destinos que le proponía el concurso: Esquel, Neuquén, Río Gallegos, Victoria, Corrientes, Puerto Iguazú, Venado Tuerto. Donde sea, pero lejos de la capital. Si le hubiesen preguntado, tal vez habría elegido Neuquén.
Pero Josefina cree que no hay diferencias fundamentales en su manera de vivir cualquiera sea el lugar donde se encuentre: juega al tenis desde los 6 años –también su pareja e hijos–, anda por la ciudad en bicicleta, sigue volviendo al campo y de vez en cuando se escapa a San Martín de los Andes, de donde es Nico. También ha retomado el hábito de escribir (“poesía, cuentos”, dirá ella), es habitué a los talleres literarios (hizo uno con Hugo Correa Luna, considerado un “escritor secreto” y maestro de muchos escritores; y ahora participa de un taller de poesía a distancia con Mariana Kruk y otro con la reconocida escritora entrerriana Marga Presas en el espacio cultural Alquimistas 222) y acaba de publicar Cubana, sello verde, un libro de cuentos, “casi todo policial, sobre algunos hechos que viví o casos que me tocó llevar adelante y consignas que surgieron del taller”. En la casa de la hija de una profesora de literatura no faltan libros: “Leo un montón, de todo y de los autores que se te ocurra. He ido variando con los años, pero de los clásicos, Neruda me parece hermoso, nunca me aburre; Armando Tejada Gómez, Abelardo Castillo; las mujeres que han irrumpido en el mapa literario, como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Selva Almada; e irlandesas, como Claire Keegan, Edna O’Brien”.
Mientras tanto, se reconfigura. Sabe que los problemas del sistema judicial son obvios y son muchos, y que los resultados de esos problemas también son obvios: descreimiento e incapacidad para resolver los problemas sociales. “Han pasado cosas muy terribles puertas adentro del Poder Judicial como para pretender que siga siendo una institución prestigiosa. En nombre de la justicia se han hecho cosas verdaderamente vergonzosas, como el nombramiento de dos jueces por decreto o que tengamos que discutir el lawfare. La politización de la justicia y la judicialización de la política son dos prácticas que hay que desterrar porque desprestigian a ambas. Hace falta un cambio enorme en la composición judicial porque es totalmente clasista. En el Ministerio Público, por ejemplo, se implementó el sistema de ingreso democrático, que permite el ingreso de personas con un mínimo de capacitación y asegura una composición más heterogénea; también los Atajo, que son oficinas que se encuentran en los barrios periféricos y cuentan con un servicio de atención que es similar al de una fiscalía, y eso hace que los operadores judiciales nos demos un baño de realidad, porque muchas veces pasa que estamos pensando desde una teoría que no tiene nada que ver con lo que pasa en la calle”. Una definición que vuelve al cuadro en la pared: “Una justicia más cerca del pueblo”.